Por: Francisco Figueroa Turcios

La caricatura le ganó el pulso a la música como proyecto de vida en el mundo de Turcios.
En el universo creativo de mi hermano Omar Figueroa Turcios, caricaturista de talla mundial reconocido con el seudónimo de Turcios, el trazo terminó imponiéndose sobre la cuerda. Antes de que el mundo lo reconociera como Turcios, su sensibilidad artística vibraba en otro lenguaje: el de la guitarra, ese instrumento que acaricia el alma y que, por un tiempo, fue su primera manera de interpretar la vida.
Pero la caricatura —como esas vocaciones inevitables— le ganó el pulso a la música. No fue una renuncia, sino una transformación: las manos que alguna vez buscaron acordes comenzaron a delinear rostros, gestos y realidades con la precisión de quien también escucha el ritmo oculto del mundo.
En su niñez, cuando aún era apenas un soñador en las calles polvorientas de Corozal, cabalgaba sobre un caballito de palo, encarnando al eterno idealista de Don Quijote de la Mancha. En ese juego inocente ya se insinuaba su destino: un hombre dispuesto a reinterpretar la realidad desde la imaginación.
El tiempo, siempre cómplice de los símbolos, lo llevó años después hasta Alcalá de Henares, la misma tierra donde alguna vez caminó Miguel de Cervantes Saavedra. Pero esta vez, Omar no iba montado en su caballito de infancia, sino sobre los lápices de colores con los que empezó a conquistar su propio territorio: el de la sátira, la crítica y la belleza condensada en una viñeta.
Las caricaturas de Jairo Linares fueron el embrujo para Turcios

A Turcios desde niño, le gustaba mucho mirar los dibujos del periódico El Espectador, que por casualidad llegaban a casa o miraba donde el vecino Cristino García, los “paquitos” que le compraba nuestro padre, Olimpo Figueroa Reyes, de Meteoro, Águila solitaria, Kalimán.
Como no sabía dibujar, untaba papel con gasolina para que quedara transparente, y calcaba mapas de un atlas viejo que había en casa. Cuando terminó el bachillerato en el colegio “San Judas Tadeo”, en Barranquilla, tenía mucha inclinación por la guitarra vallenata, pero fue entonces cuando descubrió las caricaturas del maestro Jairo Linares en el diario El Tiempo, y le dijo a nuestra madre Narcisa Turcios: ¡yo quiero dibujar así! «
«A la edad de los 16 años, vi unas caricaturas del maestro Jairo Linares en la revista Elenco, del Diario El Tiempo, que me impresionaron, y dejé el aprendizaje de la guitarra y me dediqué de lleno a la caricatura» enfatiza Turcios sobre sus primeros contactos con la música.
La guitarra su pasión…

La casa de la dinastía Romero no fue solo un lugar de encuentro, fue el primer peldaño de una vocación que aún no tenía nombre. Allí, entre guitarras que parecían hablar y acordes que se colaban por cada rincón, Turcios descubrió que su corazón latía al compás de la música antes que al trazo del lápiz.
En ese ambiente cálido, donde el vallenato se respiraba como el aire mismo, nació su pasión por la guitarra, mucho antes de que la caricatura lo eligiera como su intérprete. Porque antes de dibujar sonrisas y gestos en el papel, Turcios ya aprendía a dibujar emociones en el silencio vibrante de las cuerdas.
«Recuerdo que yo iba mucho a casa de Ana Antonia Romero la «Vieja Nuñe», madre de la dinastía Romero Ospino, y ahí era todo música, y aprendí mis primeros acordes, viendo tocar la guitarra a Rosendo «Chendo» Romero, a su sobrino Jhon y a muchos músicos q por ahí a diario pasaban. También le aprendí cosas básicas a un vecino, Gustavo» el niño» Gutiérrez, sobrino de Dolcey Gutiérrez» destaca Turcios sobre sus primeros paso para aprender a tocar guitarra.
Sin embargo, la guitarra nunca abandonó su historia. Permanece como una memoria viva, como un eco que acompaña su proceso creativo. Para Turcios, la música —y en especial el vallenato— no es ajena a su obra, sino un matiz más de su sensibilidad artística.
«La guitarra para mí es de los instrumentos más mágicos, por la forma de su composición y sonido. Siempre me ha gustado la música vallenata y me parece que la guitarra le da un toque romántico, aunque el estilo del vallenato sea parrandero”, confiesa Turcios dejando entrever que, en el fondo, su arte sigue siendo también una forma de música.
Así, entre trazos y acordes invisibles, Turcios ha construido un lenguaje propio: uno donde la caricatura no solo se ve, sino que también se siente… como una canción que, aunque no se escuche, permanece.
Cada vez que Turcios regresa a Barranquilla, en medio de una agenda apretada por compromisos y exposiciones, se abre un resquicio casi sagrado para volver a ese otro territorio que nunca ha dejado de habitar: la música.
Es entonces cuando se encuentra con Julián Andrés Sarmiento Figueroa (El Hijo del Búho), con quien no solo intercambia acordes, sino también visiones del mundo a través de la guitarra. En esas conversaciones, más cercanas a una tertulia que a un ensayo, Turcios parece reconciliar sus dos pasiones: mientras uno habla en notas, el otro responde en silencios cargados de dibujo, como si entre cuerdas y trazos ambos confirmaran que el arte, sin importar su forma, siempre nace del mismo impulso interior.
«Lo poquito que aprendí de tocar guitarra, no me costó mucho, sé que tengo oído musical, pero como cualquier arte o instrumento, si no se practica, se queda ese sentido sin desarrollar» acota Turcios sobre oído musical.

Y al final, en la obra de Turcios, la caricatura y la guitarra no son caminos separados, sino dos formas de afinar la misma sensibilidad. Sus trazos tienen ritmo, sus silencios dibujados suenan como cuerdas pulsadas en la memoria. Porque Turcios no dejó la música: la transformó en líneas, en gestos, en miradas que vibran como acordes invisibles.
Y así, mientras el mundo observa sus viñetas, quizá sin notarlo, también está escuchando una melodía: la de un artista que aprendió a tocar la vida, unas veces con lápiz… y otras, con el alma hecha guitarra.












Ufff exquisito recorrido que haces de Turcios y entrelazas sus amores de niño que siguen siendo los de adulto: la música y la pintura en toda su extensión. Tu crónica lleva ritmo y mucha música. Felicitaciones FFT.