Nadie se explica cómo se puede originar un incendio que arrasa la selva Amazónica, su flora, fauna y la riqueza acuífera.
Por Rafael Sarmiento Coley/AFP/Página12/elpais.es
Los primeros depredadores indirectos de los 5,5 millones de kilómetros cuadrados del Amazonas (cinco veces la extensión de Colombia y dos veces el tamaño de Groenlandia, el país que quiere comprar Donald Trump como quien compra un par de zapatos), fueron los fabricantes de automóviles de Estados Unidos, Reino Unido de Gran Bretaña, Alemania, Francia y Bélgica.
Eran los años finales del Siglo 19 y comienzos del 20, cuando los carros rodaban por carreteras destapadas con neumáticos de caucho. Todavía la industria no había desarrollado el caucho sintético.
Por esa época ya la amazonia era recorrida de la Seca a la Meca por biólogos, botánicos y aventureros al servicio de los principales laboratorios farmacéuticos de la época y de bebidas refrescantes como la Coca-cola, que sacaban sus principales materias primas de esa riqueza que la naturaleza le regaló a la humanidad, no para que la destruyera de manera miserable, sino para que la cuidara como el principal pulmón del Planeta Tierra.
Como había tanto cauchero pirata, a los dueños de la industria automovilística se les estaba complicando la adquisición de una de sus principales materias primas por la competencia desleal de los explotadores del caucho, y por las temibles mafias que cada ‘casa’ cauchera tenía a su servicio, causando matanzas y masacres entre bandos y contra la población indígena esclavizada de nuevo, como en la época de la nefasta colonia española (en Colombia, Venezuela, Perú, Ecuador y Bolivía), y la portuguesa, en Brasil.
En medio de esa guerra sin cuartel, los cerebros de las fábricas de carros se reunieron en Londres y decidieron enviar una comisión que escogiera al más osado de los empresarios caucheros, para que él fuera el gran capo que manejara todo el negocio y le comprara a los demás, más lo que con la más despiadada criminalidad alcanzó a acumular este señor, un peruano que hasta los quince años era un cuidador de puercos, lavador de establos de ganado, mandadero del pueblo y cabrón de puta pobre. Su nombre pasaría a la historia de las tantas infamias que se han cometido en la Amazonia: Julio César Arana del Águila, amo y señor de la tristemente célebre ‘Casa Arana’, que se volvió tan millonario, que hasta se dio el lujo de montar la sede principal de su sanguinaria empresa a Londres, con el pomposo nombre de ‘Amazon Rubber Company’, y como residencia del cuidador de puercos convertido en magnate y gentleman, tuvo el coraje de adquirir un viejo castillo de algún Lord caído en desgracia, ubicado, quien lo creyera, a la vuelta de la esquina del Palacio de Bukckinghan, residencia oficial de los reyes del Reino Unido de Gran Bretaña, según lo describe el Premio Nobel peruano, Mario Vargas Llosa en su novela ‘El sueño del celta’, basado en la vida del investigador inglés (de origen irlandés), Rogert Casement.
Desde entonces la selva del pulmón del mundo empezó a ser descuajada por mercenarios de la peor laya, para obligar a la población indígena esclavizada a derribar el bosque más hermoso que quedaba sobre la tierra para llegar hasta los árboles de caucho que hacían rodar por el suelo para sacarle hasta la última gota de su sangre, de su savia genética.
Y nadie hizo nada
Todo el informe de Casement fue tergiversado, por los abogados de Arana, protegido por los magnates de la industria automovilística de las entonces potencias mundiales. Al final el pobre investigador de acusador terminó de acusado y condenado a la horca.
Nadie hizo nada por tomar en serio los informes del pobre irlandés. Debieron pasar 115 años para que los británicos entendieran la gravedad de las verdades que Casement dejó para la historia. Entonces, tardíamente, fue reivindicado, y el aeropuerto de Dublin (capital de Irlanda) fue bautizado con su nombre.

Chico Mendes, uno de los más fieles y firmes defensores de la amazonía, asesinado por un mercenario en un complot del propio gobierno brasilero de entonces, y los empresarios de Estados Unidos que querían establecer sus industrias en pleno corazón del Amazonas.
Casi un siglo después de la triste historia del celta Rogert Casement, surge la figura del insobornable defensor de la amazonia, Francisco Alves Mendes Filho, mejor conocido como ‘Chico Méndez’, de quien se han escrito diversos libros biográficos, documentales y una excelente película.
Como siempre, los insaciables empresarios del mundo andan tras la ballena más grande para tragársela entera sin siquiera respirar. Descubrieron un caudal de oro puro, con solo extender unos cuántos kilómetros de carretera por el corazón de la selva virgen, para extraer madera, minerales (principalmente oro, platino, cobre, y, por supuesto, caucho ya para otros usos).
Tan pronto Chico Mendes olió el tocino empezó a organizar a sus colegas ‘singueros’ (caucheros de baja escala, respetando el medio ambiente). Su proselitismo caló. Se fundó primero un sindicato de caucheros regionales, que luego se convirtió en la Gran Central Unitaria de Trabajadores del Brasil.
Era un sencillo campesino nacido en el caserío de Xapuri el 15 de diciembre de 1944. Poco tiempo de estudios. Y a pesar de ser casi un iletrado, se enfrentó en las grandes ciudades brasileras con delegados del gobierno y representantes de las empresas de Estados Unidos que estaban detrás del enorme negocio.
No dio un paso atrás. Siempre dijo NO. Y explicó con palabras sencillas pero certeras y precisas, el daño grave que se le causaría al planeta tierra si le rompían el corazón al Amazonas. Le ofrecieron el oro y el moro. Maletines de plata que él rechazó con respeto y firmeza.
Como no pudieron sobornar a aquel campesino de principios, se fueron por el camino más despreciable y cobarde: pagarle a un matador de mapuches para que lo matara con un tiro de escopeta con la que el cazador regordete y con cara de cerdo, acabara con la vida de Chico Mendes el 22 de diciembre de 1988. A los 44 años. Murió en la misma casa donde vivió casi toda la vida, en Yapuri, al lado de su joven esposa de rasgos indígenas. Era una noche fría y lluviosa. La pareja estaba sola, apenas con el hijo de brazos.
Hoy, mientras las llamas aún consumen lo que queda del pulmón de la humanidad, se quedan dos preguntas sin respuestas: ¿Cuántas especies de la fauna se extinguieron para siempre sin que el mundo las conociera? ¿Cuánta flora que aún el hombre no conocía, desapareció para siempre sin saberse para qué servía?
La eterna catástrofe en el Amazonas
“Nuestra casa está en llamas. Literalmente. La selva amazónica —los pulmones que producen el 20% del oxígeno de nuestro planeta— está en llamas. Es una crisis internacional”, proclamó el jueves el presidente francés, Emmanuel Macron, en su cuenta de Twitter. Algunos expertos consultados son más cautos. “Lo que muestran nuestros datos es que hubo una intensidad diaria de incendios por encima de la media en algunas partes de la Amazonia durante las dos primeras semanas de agosto”, señala Mark Parrington, de Copérnico, el programa europeo de observación de la Tierra. “Pero, en general, las emisiones totales [de CO2 generado por los incendios] estimadas para agosto han estado dentro de los límites normales: más altas que en los últimos seis o siete años, pero más bajas que a principios de la década de 2000”, subraya.
El Instituto Nacional de Investigación Espacial (Inpe) de Brasil ha detectado más de 76.620 focos en lo que va de año, casi el doble que en el mismo periodo de 2018 (41.400), pero una cifra no tan alejada de los 70.625 registrados en 2016. “El número de incendios ha aumentado con respecto a los últimos años y está cerca del promedio a largo plazo”, explica Alberto Setzer, investigador del Inpe.
Una Nasa timorata
La Administración Nacional de la Aeronáutica del Espacio (Nasa, por sus siglas en inglés) también es cautelosa. «No es inusual ver incendios en Brasil en esta época del año, debido a las altas temperaturas y a la baja humedad. El tiempo dirá si este año es un récord o simplemente está dentro de los límites normales», tranquiliza la agencia espacial estadounidense en su web. La Nasa recuerda que los incendios en la cuenca amazónica son rarísimos el resto del año, pero su número aumenta a partir de julio, durante la estación seca, cuando muchas personas utilizan el fuego para mantener sus cultivos o para despejar la tierra para pastos u otros fines. Los incendios suelen alcanzar su pico en septiembre y desaparecen en noviembre.
«La Amazonia arde durante las sequías, pero no por las sequías», advierte la bióloga brasileña Manoela Machado

Los ocho países que tienen potestad sobre la Amazonia, no han sido capaces de unirse con carácter para defender una riqueza natural que no es propiedad única de ellos, sino de todo el universo. Y, por lo tanto, deberían ser celosos guardianes para responderle al resto del mundo.
“Es cierto que el bosque amazónico sufre incendios regularmente, pero de ninguna manera esto significa que sea normal. La Amazonia no evolucionó con incendios frecuentes. Los fuegos recurrentes no son un elemento natural en la dinámica de la selva tropical, como sí lo son en otros entornos, como El Cerrado [una región de sabana ubicada principalmente en Brasil]”, advierte la bióloga brasileña Manoela Machado.
“La Amazonia arde durante las sequías, pero no por las sequías. Se quema porque hay una demanda de pastos y tierras de cultivo, y el Gobierno actual [presidido por Jair Bolsonaro] no solo no incluye el desarrollo sostenible en sus planes, sino que alienta la deforestación y restringe las acciones sistémicas contra ella”, lamenta Machado, investigadora de la Universidad de Sheffield (Reino Unido) que estudia los impactos de las actividades humanas en las selvas tropicales. “No podemos saber exactamente y de inmediato cómo son los patrones actuales de incendios comparados con los de otros años, pero no deberíamos ver esto como algo normal, en absoluto”, alerta.
“Creo que este año, hasta ahora, es normal en promedio, aunque la gravedad de los incendios varía por regiones. La diferencia es que este año los medios de comunicación se han hecho eco de la quema de la Amazonia, lo cual es genial”, opina el ecólogo David Edwards, jefe del mismo laboratorio de la Universidad de Sheffield. El investigador recuerda que los incendios en la cuenca amazónica son especialmente graves cuando ocurre El Niño, un fenómeno meteorológico natural y cíclico, vinculado a un incremento de las temperaturas en la parte oriental del Pacífico tropical. Los 70.625 focos registrados en 2016 coincidieron con un evento de El Niño potente. Este año, sin embargo, el fenómeno es débil y, pese a ello, se han detectado más incendios.
La eterna catástrofe en el Amazonas
La selva amazónica alberga el 10% de todas las especies conocidas de animales y plantas y almacena 100.000 millones de toneladas de carbono, una cantidad 10 veces superior a la emitida cada año por el uso de combustibles fósiles, según los cálculos de la Universidad del Estado de Oregon (Estados Unidos). Edwards advierte de que es una pescadilla que se muerde la cola. “El problema es que los bosques incendiados pierden carbono a medida que los árboles quemados van muriendo lentamente, lo que provoca un mayor cambio climático y una mayor pérdida de la biodiversidad”, apunta.
«Podríamos acabar viendo cómo esos bosques húmedos tropicales se transforman en sabanas», lamenta el ecólogo David Edwards
“En última instancia, el fuego significa que las selvas tienen más probabilidades de volver a arder. Y podríamos acabar viendo cómo esos bosques húmedos tropicales se transforman en un sistema de sabanas”, lamenta Edwards, que recuerda que el problema no es exclusivo de la cuenca amazónica. “Enormes superficies de Borneo y Sumatra también sufren incendios, especialmente durante años con un fenómeno potente de El Niño”.
La progresiva sabanización de la selva es una amenaza real, según alertó en 2016 un equipo de científicos brasileños encabezado por el climatólogo Carlos Nobre, de la Academia Nacional de Ciencias de EE UU. En un artículo publicado en la revista PNAS, los investigadores advertían de que la región amazónica se ha calentado un grado en los últimos 60 años, mientras perdía un 20% de su superficie por la deforestación. Los modelos matemáticos sugieren que llegar al 40% supondría un punto de inflexión. “Si se transgrede ese límite, podría ocurrir la sabanización a gran escala de la mayoría del sur y el este de la Amazonia”, afirmaban los científicos.
El neerlandés Pepijn Veefkind dirige el instrumento Tropomi, un sensor a bordo del satélite europeo Sentinel-5P que es capaz de identificar puntos calientes de gases contaminantes en la atmósfera. “Es cierto que los incendios a gran escala en la región amazónica ocurren todos los años. Aunque las condiciones meteorológicas puedan desempeñar un papel, hay que recalcar que la mayoría de estos focos están provocados por el ser humano”, señala. “Nuestras observaciones lo respaldan: la mayor parte de los incendios tienen lugar en los bordes de la selva tropical. Si 2019 tendrá una temporada récord de fuegos solo podremos saberlo al final de la estación seca”.
La magnitud del drama ambiental
Cuando se dice que arde la Amazonia todos somos conscientes de que el problema es grave y con repercusiones mundiales pero, ¿hasta qué punto? ¿qué es lo que realmente arde en los incendios que se ceban especialmente con la jungla brasileña y boliviana?
Un bosque en llamas durante la 'Operación Ola Verde' para combatir la tala ilegal en la sureña región del estado de Amazonas.

La magnitud de la tragedia, vista desde el aire, asusta y causa dolor al divisar en el claroscuro de la humareda la riqueza fáunica tratando de escapar, sin éxito, de las llamas.
Un bosque en llamas durante la ‘Operación Ola Verde’ para combatir la tala ilegal en la sureña región del estado de Amazonas.
Esta selva virgen supone un 25% del territorio sudamericano, compartido por ocho países. Posee las mayores reservas de agua dulce del planeta, es el hogar de cientos de miles de especies de plantas, animales e insectos; el de 34 millones de habitantes y 420 tribus indígenas con 86 lenguas diferentes. El 20% de este territorio ya ha sido arrasado por el hombre.
Las alarmas se han disparado en todo el mundo por la importancia medioambiental del que es considerado como el mayor pulmón vegetal del planeta.
El intento macrista de hacer pie en Plaza de Mayo | Perfumes, banderitas y media hora del presidente en el balcón
Estas son algunas claves de un paraíso ecológico que, en parte, está en llamas por causas no aclaradas, pero vinculadas a la sequía, la emergencia climática y la deforestación provocada por el ser humano, aunque según el presidente de Brasil, el ultraderechista Jair Bolsonaro, algunas ONG pudieran haber provocado el desastre.
El 25% de la superficie de América

Científicos que sobrevolaron la zona consideraron que ha sido el peor desastre en ese reserva natural. Uno de ellos exclamó: «Dan ganas de llorar como si se nos hubiera muerto un ser querido».
Los incendios que arrasan la selva amazónica, vistos desde el espacio, capturados por el satélite meteorológico geoestacionario GOES-16 el 21 de agosto de 2019.
Es la mayor floresta tropical del mundo y representa poco más de la mitad del bosque húmedo que existe en el planeta, que junto con las plantas marinas es clave para la generación de oxígeno.
Se extiende sobre 7,4 millones de kilómetros cuadrados, que son equivalentes al 5% de la superficie total de la Tierra y a casi el 25% del continente americano. Un 60% de ese territorio está en suelo brasileño.
Ocho países y un organismo inoperante frente a las crisis. La Amazonía es compartida por Brasil, Bolivia, Colombia, Ecuador, Guayana, Perú, Surinam y Venezuela. Esos ochos países son miembros de la Organización del Tratado de Cooperación Amazónica (OTCA), organismo intergubernamental fundado en 1995 sobre la base de acuerdos firmados en 1978.
Aunque promociona diversos planes de cooperación y protección del medioambiente, la OTCA ha perdido fuerza con los años y se muestra inoperante ante crisis como las desatadas ahora por los incendios.
Las mayores reservas de agua dulce del planeta
La luz del sol se ve sobre el lago de la represa hidroeléctrica Samuel en un área de la selva amazónica cerca de Porto Velho, estado de Rondonia, Brasil, Brasil, 21 de agosto de 2019.
La región atesora casi el 20% de las reservas de agua dulce del planeta, un recurso que, según la ONU, puede ser motivo de «guerras» durante el Siglo XXI. Según la Unesco, el planeta puede tener un déficit hídrico del 40% en 2030 si no cambia el actual modelo de consumo y preservación.
Parte de esa riqueza está en el río Amazonas, declarado en 2011 como una de las «maravillas naturales» del planeta, que es el más caudaloso y largo del mundo, nace en los Andes peruanos y desemboca en el océano Atlántico tras un recorrido de unos 7.000 kilómetros. Descarga 220.000 metros cúbicos por segundo y transporta más agua que los ríos Missouri-Mississippi, Nilo y Yangtsé juntos. Su ciclo hidrológico alimenta un complejo sistema de acuíferos y aguas subterráneas, que puede abarcar un área de casi cuatro millones de kilómetros cuadrados entre Brasil, Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela, según la OTCA.
Sin embargo, muchos de los ríos de la región están contaminados. La OTCA calcula que, en los últimos 50 años, sobre el río Amazonas y sus afluentes se han vertido unas 1.300 toneladas de mercurio, usado en la minería ilegal, que Bolsonaro pretende regularizar.
Biodiversidad única en el planeta
El bioma amazónico contiene unas 30.000 especies de plantas vasculares, muchas de ellas con enormes calidades alimenticias y medicinales. Según la OTCA, alberga también 2,5 millones de especies de insectos, 2.500 especies de peces, más de 1.500 especies de aves, 550 especies de reptiles y 500 especies de mamíferos.
34 millones de habitantes
La Amazonía es una región virtualmente despoblada, pero aun así en ella viven 34 millones de personas, de las cuales un 60% está concentrada en polos urbanos, como la ciudad brasileña de Manaus, que tiene dos millones de habitantes.
420 tribus indígenas y 86 lenguas
De acuerdo con datos de la OTCA, en la Amazonía viven unos tres millones de indígenas, distribuidos en 420 tribus que hablan 86 lenguas diferentes y 650 dialectos.
En Brasil, los indígenas ocupan 600 reservas que en total abarcan 109,6 millones de hectáreas, equivalentes al 13% del territorio nacional.
El Gobierno de Bolsonaro ha dicho que no creará nuevas tierras indígenas, que en su mayoría constituyen zonas de reserva ambiental y cuyos habitantes han denunciado que se sienten amenazados por las políticas del líder de la ultraderecha.
Más del 20% destruido por la acción del hombre
Según cálculos de organizaciones ecologistas, cerca del 20% de la Amazonía ha sido destruida durante los últimos 50 años por la acción depredadora del hombre, que ha avanzado sobre la selva para expandir fronteras agrícolas o explotar riquezas minerales.

El presidente brasilero Bolsonaro, el más cuestionado porque al comienzo no hizo nada para movilizar la solidaridad mundial.
En Brasil, ese proceso se ha acelerado desde la llegada al poder de Bolsonaro, quien está decidido a abrir la Amazonía para empresas privadas en los sectores de minería, agricultura y turismo, entre otros.
La Amazonía está en llamas y las redes sociales hierven por denuncias contra la política ambiental del presidente de Brasil, el ultraderechista Jair Bolsonaro, que sospecha, sin embargo, que muchos incendios pudieron ser provocados por ONGs en «guerra» contra su gobierno.
«Puede estar habiendo, sí, puede, no lo estoy afirmando, una acción criminal de esos ‘oenegeros’ para llamar la atención contra mi persona, contra el gobierno de Brasil. Esa es la guerra que estamos enfrentando», afirmó Bolsonaro en Brasilia, al tiempo que se realizaba en Salvador (Bahía, nordeste) una conferencia regional sobre cambio climático.
En la red Twitter, el hashtag #PrayforAmazonas (reza por la Amazonía») era la primera tendencia mundial el viernes, con 307.000 tuits, seguido por #ONGs, relacionado con las declaraciones del mandatario, un escéptico del calentamiento global.
Muchos mensajes denunciaron la escasa repercusión hasta ahora de la multiplicación de focos de incendio. «El pulmón del planeta desde hace 16 días se está incendiando y nos enteramos por redes porque los medios no hablan de ello», escribió un usuario.
Entre enero y el pasado 19 de agosto se han registrado 72.843 focos de incendios foresales en Brasil, un 83% más que en el mismo período del año pasado, según el Programa de Quemas del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (INPE).
Por los incendios en la Amazonía, la tarde se hizo noche en ciudades brasileñas. Los incendios en la región amazónica se deben a las quemas provocadas para deforestar un terreno, con el objetivo de convertirlo en área de pastoreo, o para limpiar áreas ya deforestadas, generalmente en la temporada seca, que debe acabar dentro de dos meses.
Pero la causa del actual descontrol, según analistas, es el fuerte aumento de la deforestación: 2.254,8 km2 en julio, casi el cuádruple del mismo mes de 2018, según el INPE.

Indígenas huitotos y campesinos de la región arriesgan la vida en la lucha inútil contra las llamas.
WWF-Brasil lamentó «la nueva tentativa del presidente Jair Bolsonaro de desviar el debate legítimo de la sociedad civil sobre la necesidad de proteger la Amazonía y, de combatir, en consecuencia, la deforestación que origina los incendios desproporcionados que asuelan al país y comprometen la calidad del aire en varias regiones»-
El ministro de Medio Ambiente, Ricardo Salles, sostiene en cambio que los vientos fuertes fueron los causantes del fenómeno.
«Tiempo seco, viento y calor hicieron que los incendios aumentasen mucho en todo el país», señaló Salles en su cuenta de Twitter, anunciando el envío de brigadistas para contener los incendios.
Ministro abucheado
Salles fue abucheado al discursar por la mañana en la Semana del Clima de América Latina y el Caribe que se desarrolla en Salvador, un evento preparatorio de la cumbre de la ONU sobre el cambio climático del 23 de septiembre en Nueva York y de la conferencia del clima COP25 que se celebrará en Santiago de Chile en diciembre.
«La reunión que tenemos aquí consolida efectivamente la preocupación, el momento importante que vivimos en el mundo de cambio climático» y sirve «para que Brasil muestre ejemplos de sustentabilidad» y busque oportunidades de inversión», acotó Salles.
Bolsonaro promueve desde su llegada al poder la apertura de reservas indígenas y de áreas protegidas a actividades agropecuarias y de minería.
Discurso antiambientalista
Bolsonaro evitó que Brasil albergara la COP25 desistiendo de organizarla y amenazó con sacar al gigante sudamericano del Acuerdo de París sobre Cambio Climático.
Pero su discurso generó resistencias incluso en sectores económicos, preocupados por eventuales medidas de cierre de mercados en Europa.
Para Antonio Carlos Magalhaes Neto, alcalde de Salvador, Brasil seguirá liderando la lucha contra el cambio climático, más allá del «discurso» del presidente brasileño.
«Tengo esperanza de que el gobierno federal no asuma una postura radical o exagerada para desconstruir esa agenda (ambientalista) tan importante. Si el camino es ese, que espero que no sea, pero si el camino es ese vamos a tener fuerzas políticas en el país que van a enfrentarlas», dijo el alcalde.
Sin embargo, los ambientalistas son pesimistas y consideran que Bolsonaro y sus políticas son una amenaza para el medioambiente.
La conferencia de Salvador «es una farsa, un evento lobbista, empresarial y no tiene presencia de la gente de aquí, no tiene la presencia de brasileños», advirtió Thais Vinhas, integrante de la Fundación Terra Mirim.
«La Amazonía en llamas y ellos hablando de financiamiento climático», denunció Vinhas, en alusión a la discusiones que se producirán hasta el viernes en Salvador para lograr mayor financiamiento a la lucha contra los efectos del calentamiento global.











