Arte y Cultura

Sueño con Borges

Por Leo Castillo

Él está sentado ante mí, en una mecedora de madera pintada de verde. No advierto la posición de sus manos. Mira casi directamente a mis ojos.

[caption id="attachment_31198" align="alignleft" width="212"]Jorge Luis Borges Jorge Luis Borges[/caption]

Quizá haya alguien más en la escena, un espacio amplio, acaso sin piso, ¿un patio?, pero la «presencia» de esta tercera persona es apenas tácita, nunca visible. No se mece, Borges, y yo no sé en qué clase de mueble me encuentro sentado, pero nuestras cabezas están al mismo nivel, acaso estoy en cuclillas simplemente, dado que es indudable que me mira, como tengo dicho, sin tener que levantar la cabeza, ni siquiera dirigir hacia arriba su mirada azul.

Intento, procurando no perder un solo detalle de su persona ni de sus palabras, sentarme en una mecedora a su diestra. Hay una cortina y quizá alguna otra cosa de tela puesta de cualquier modo, en desorden, un bulto, en mi mecedora. Levanto el rollo este y advierto que el otro extremo de la cortina está atascado entre las traviesas de la mecedora de Borges. Asumo que esto lo incomodará o, en todo caso, pudiera distraer un instante la charla, que no se ha interrumpido en ningún momento, pero sólo recuerdo que Borges, sabiéndome colombiano, cosa que no dije, menciona el nombre de Andrés Caicedo. Encuentro insignificante esta referencia, sin embargo empiezo a pensar en un autor francés judío que sé que Borges admira -lo sé en la vigilia, no en el sueño-. En el sueño sólo deseo asociarlo al autor colombiano en razón más bien de su breve vida y, mejor, de su «precocidad», empero más bien tratando de exaltar mediante la comparación, por complacer a Borges, al colombiano.

[caption id="attachment_24889" align="alignright" width="266"]Leo Castillo, escritor costeño. Autor de este sueño. Leo Castillo, escritor costeño. Autor de este sueño.[/caption]

Mientras pienso en este nombre, Borges sigue hablándome, y ya no parece haber tiempo, o mejor, se ha impuesto un nuevo apunte al parecer de mayor entidad en mi mente.

Los ojos de Borges son hermosos, y lo miro a él muy de cerca. Es más joven que en mis otros sueños.  Tengo la sensación de que me está mirando -siempre estimé que su ceguera no fue jamás perfecta, que él mismo la exageraba, asimilándose a Milton, a Homero, con ello. Lo que digo a Borges- y siento una bella vibración emotiva entre ambos, que la veo en su mirada cerúlea-, viene a ser:

──Uno de los más bellos títulos de la literatura en lengua castellana es Luna de enfrente.

En diciéndolo siento, primero, que debí decir no «uno de los más bellos», sino «el más bello» de la lengua castellana, y luego siento que debí haber ido más allá: uno de los más bellos de la literatura universal.

En estas vuelvo a pensar en el nombre del escritor francés de origen judío, y lo recuerdo de inmediato: Marcel Schwob, pero ya no lo digo a Borges y me despierto en mi cuarto del barrio Boston, en Barranquilla, Colombia, con el nombre de Schwob en mi mente. Son las dos en punto de la tarde.

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