Por Jorge Guebely
El poder político no solo corrompe, también momifica. Despierta al chimpancé dormido en el subconsciente. Diseca extrañamente ocultando la podredumbre interior con brillante apariencia exterior. Convierte a lúcidos en bárbaros, a demócratas en autócratas, a seres humanos en implacables gorilas con anhelos de grandeza y perpetuidad.
Momia, Daniel Ortega, presidente de Nicaragua. Libertario en la oposición, autócrata en el poder. Momia similar a la momia de Somoza.
Momia, Maduro, holograma de Chávez. Se momificó triturando la democracia. Empujó a la calle a millones de venezolanos, pueblo que deambula por todo el continente arrastrando su miseria.
En verdad, ningún momio ama a su pueblo. No ama a nadie, no son ciertas sus alocuciones. Solo se droga con el poder político para satisfacer su megalomanía, su patológica auto-idolatría.
Bolívar, primer momificado en Colombia. Revolucionario en su periodo liberal, inteligente luchador contra el colonialismo español, masónico como todo liberal de la época. Se momificó en el poder, promovió el centralismo, fue imagen original del partido conservador. Anheló perpetuarse según Constitución boliviana. Al final de sus días, anheló una monarquía donde posiblemente él sería el primer rey. Excelente paradigma de la momificación liberal, las ideologías también se momifican.
Se momificó el relato liberal: en 13 años, después de la Revolución Francesa, montó en el poder su primer gran momio histórico, el implacable Napoleón Bonaparte. Lo denunció Beethoven en su carta airada al momio francés, y Alejo Carpentier en su novela “El siglo de las luces”, y Goya en su “Sueño de la razón produce monstruos”.
Colombia, tan lenta en sus procesos históricos, entendió la momificación liberal después de tantas guerras internas, tantos colombianos ingenuos asesinados por ser liberal, hasta cuando se firmó el Frente Nacional. Hubo un insólito descubrimiento, no había diferencia entre Pastrana, el conservador, y Turbay Ayala, el liberal. “Dos cucarachas del mismo calabazo”, afirmaba un campesino de la época.
En Estados Unidos, solo diferencias cosméticas entre momios, entre Biden y Trump.
El marxismo también se momificó. A Lenin le momificaron su cuerpo, inquietante metáfora del poder político. Quedó Stalin, pavorosa momia, tan asesina como la alemana, Hitler. Mao Tse-tung murió momificado y Xi Jinping se momifica con el viejo liberalismo. Inaugura la era de las nuevas momias, las de la cuarta revolución industrial.
Triste destino del poder político: momificar feligreses, alienarlos, triturarles cualquier célula de humanismo, solo para defender intrascendencias humanas y propiedades de poderosos.
Momias políticas, aparentemente vivas por fuera, pero muertas por dentro. “Estáis muerto -escribía el poeta Vallejo- / Qué extraña manera de estarse muertos. Quienquiera diría no lo estáis. Pero, en verdad, estáis muertos”. Muertos humanamente.











