Ganar y perder se convierten en sinónimos de éxito y fracaso. Nos interesamos por llegar y no por cómo se llega, entonces perdemos la perspectiva de lo positivo y lo negativo.
Por Ever Mejía
Vivimos en una sociedad acelerada, un poco convulsionada. Cuando nos encontramos en un escenario lúdico, tenemos la necesidad de ganar, de festejar. Los análisis se hacen en base a si se ganó o se perdió y se olvidan los caminos.
En alguna entrevista le preguntaron a Juan Gossaín qué se sentía haber alcanzado el éxito en el periodismo. Él respondió que no le gustaba esa palabra, y se comparó con un alpinista, lo más importante para el alpinista no es llegar a la cima de la montaña porque cuando llega ya no queda más nada, solo resta bajarse; lo realmente importante es el camino, las caídas, los raspones, las superaciones.
Ganar y perder se convierten en sinónimos de éxito y fracaso. Se nos olvidan los cómo, perdemos la perspectiva de lo que se hizo bien y de lo que se hizo mal. Olvidamos que lo más importante no es llegar, sino cómo llegar.
En estas últimas semanas se ha presentado el fenómeno del exitismo futbolero. Junior de Barranquilla perdió nuevamente la final del fútbol colombiano, y a partir de esa derrota para mucha gente el equipo pasó a ser un desastre, sin jugadores de jerarquía, con una pésima dirigencia y con un técnico que no tiene ni la más mínima idea de fútbol.
Incluso, el pasado viernes, alrededor de 300 hinchas se manifestaron en la Plaza de la Paz protestando porque Junior no tiene jugadores de jerarquía. Si el equipo rojiblanco fue el segundo mejor del campeonato y hubo protestas por el mal plantel, no me imagino lo que tienen que hacer los otros 18 equipos que no llegaron a la final.
Desde mi consideración algo positivo se debe estar haciendo para llegar a tres finales en tres años y además ganar una Copa Águila. Seguro se cometieron errores, pero si hacemos un análisis profundo sobre el juego de Junior podemos encontrar que las cosas destacables son muchas más que las cuestionables. Pero se hizo una protesta… ¡Increíble!
Ahora vayamos a la Copa América, específicamente a la derrota de la Selección Argentina que provocó la renuncia de Lionel Messi. En 2014 la albiceleste llegó a la final de la Copa del Mundo, en 2015 a la final de la Copa América y el domingo a la final de la Copa América Centenario. Todas las finales perdidas.
Tras cada final perdida la catarata de comentarios negativos contra los jugadores argentinos son desproporcionadas, sin argumentación sólida más allá del “no se ganó”. En la previa de está última final Diego Armando Maradona le tiró aún más presión al plantel: “Si no ganan que no vuelvan”. Messi cargado de un montón de presiones que lo llevan a la frustración de no poder ganar, de no alcanzar el éxito, lo llevaron a renunciar a su Selección.
Este plantel de Argentina ha tenido aciertos y errores, pero han sido los segundos mejores del mundo y del continente. Podemos entrar en matices y resaltar errores de la Selección Argentina, pero no es la intención de este escrito. De lo que estoy seguro es que el fracaso se asemeja más a la humillante derrota por cuatro goles que Alemania le propinó a Argentina en el 2010 cuando dirigía Maradona, que llegar a tres finales en tres años.
“Solo me haría feliz ganar”, esto declaró Diego Simeone en la previa de la final de la Champions entre Real Madrid y Atlético de Madrid. Simeone perdió, pero al término del juego al entrenador argentino se lo veía emocionado por la actuación de sus jugadores. A pesar de haber perdido dos finales de Champions, la hinchada del Atlético de Madrid, los colchoneros, recordarán por siempre al equipo de Simeone, aunque Carlos Salvador Bilardo repita permanentemente que “del segundo nadie se acuerda”.
No es que yo sea mediocre, todo lo contrario, pienso que hay que prepararse para ser el mejor en cada actividad que uno realice. Este artículo no es más que un llamado a valorar los caminos, y analizar precisamente los procesos, a mermar el exitismo descontrolado. Ser segundo no es un fracaso.













