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Se perdió el Niño Dios

Las niñas lo buscaron por toda la casa, lo lloraron sin dejar en paz al abuelo. Hasta que los regalos de Navidad les hicieron cambiar el chip.

Por Jorge Mario Sarmiento Figueroa

El pesebre de las sobrinas de Rocío no tiene vacas. Tiene ponis. Son unos diminutos sementales multicolores de cuentos de hadas, con cabelleras tornasoladas que brillan del azul celeste al fucsia. «Son unos ponis posmodernos, incluyentes», me dice Rocío.

Sus sobrinas, que tienen tres y cuatro años de edad, vieron en el pesebre el nuevo centro de atención de la casa, con el niño Jesús como protagonista. Su abuelo lo compró en un supermercado donde el pesebre reposaba en los estantes de juguetes, junto a La Liga de la Justicia y una variedad de Barbies, en una caja con el sello de importación americano y de fabricación Made in China. Las instrucciones indican que el pesebre es de piezas ensambladas, el abuelo vio que la almacenista solo tardó dos minutos en tener listo el burro, las vacas, a María y a José en su puesto y el niño en la cuna, y le dijo: «Por fin los chinos hicieron algo bueno, así no crean en Dios. Empaque el pesebre, mijita, me lo llevo».

Cada día al despertar, las niñas van directo al pesebre, a cuyo lado la familia también puso un pequeño pino verde adornado con bolas y guirnaldas navideñas. Hacen el aseo: quitan el polvo, bañan al burro, a las ovejas, también a María y a José y, por último, al Niño, al que dedican especial atención poniéndolo en el cuarto mientras le limpian a fondo la cuna de paja. Rocío me contó que el pesebre vino con vacas y cerdos, pero solo duraron un día porque a las niñas no les gustó tener junto la cuna de Dios animales que son para las hamburguesas y las salchichas. Los cambiaron por sus personajes de My little pony.

«¡Se perdió el Niño Dios!», gritó una de las niñas la mañana del veinticuatro. Papá, mamá, tía y abuelo estaban juntos en casa en ese momento, organizando en secreto los regalos de la Nochebuena. Interrumpieron la labor para socorrer el juego de las niñas. Fue todo un plan de familia buscar al niño de plástico, una versión diminuta del que aparece como divinidad en la estampilla de los escapularios.

-Es rosado, abuelito.

-Yo sé, mijita, yo lo compré.

-No, abuelito, el Niño Dios no se vende en las tiendas; él viene del cielo y vive en el pesebre.

-¿Y qué se habrá hecho?

-No sé. Yo creo que no le gusta el baño, porque lo íbamos a bañar y se nos perdió.

Toda la mañana se concentró el escuadrón de búsqueda, pero resultó infructuoso. El Niño Dios no apareció. Las niñas al principio se divirtieron poniendo patas arriba la casa y la familia. Sin embargo, al no hallar al protagonista de sus juegos y quien además era responsable de traer sus regalos del cielo, la vida se les hizo un llanto incontenible.

«En una tienda de curiosidades que hay sobre la 52, me contaron que ahí venden un Niño Jesús doble faz. De un lado está la cuna vacía, lo volteas y aparece la cuna con el niño Dios. No debe costar mucho. Bueno, más caro debe de ser el pesebre», dijo la mamá de las niñas.

El abuelo decidió ir a la fija: «Malo conocido y no bueno por conocer. Capaz que ese bendito muñeco que dices no es igual al que a las niñas les gusta», dijo, y salió al supermercado a comprar un pesebre nuevo.

Se habían agotado, pero el abuelo no volvió con las manos vacías: «¡Niñas! vengan acá que ya sé lo que pasó. Vengo de la casa de Papá Dios, que es amigo mío y quería que lo visitara. Me dijo que cómo es posible que pusiéramos al Niño Dios en su cuna antes de la Navidad. Me regañó por eso y hasta me regaló él mismo la cuna en la que su hijo Jesús va a nacer. Miren, la voy a poner en el pesebre, así Dios nos perdona y mañana viene el Niño con los regalos».

-Hubieras dejado que ellas mismas pusieran la cuna-, dijo la mamá.

-¿Y entonces para qué me mandaste a comprar una cuna doble faz? Mañana se las volteo, que sirva de algo ser tu papá que ando en las calles buscando pesebres.

Apenas el sol rayó el veinticinco, las niñas se tiraron de la cama rumbo al pesebre. Ahí estaban los regalos, al pie del pino verde. Las niñas cogieron las cajas, dieron media vuelta de inmediato hacia el cuarto de sus padres, poniendo caras de asombro cuando ellos les abrieron los regalos y sacaron las muñecas modelo de la temporada. Diez minutos después estaban en el baño, en la primera ducha que recibieron sus nuevas amigas de plástico. No volvieron a preguntar por el Niño Dios, nadie en la casa se percató de voltear la cuna, que amaneció vacía y se quedó así hasta que el abuelo se acordó de los doce mil pesos que había pagado por el diseño doble faz.

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Practicante del periodismo desde niño, comunicador de profesión, artista por vocación. Email: jorgemariosarfi@gmail.com Móvil: 3185062634
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