ReflexiónSalud

Sanación

Por Albert Peres

En medio de la zozobra y el caos que generó lo ocurrido a nivel mundial el año anterior, nació un sentimiento que nos enseñó más que cualquier compendio selecto de ética de bachillerato o cualquier discurso entusiasta de sadhguru. Este sentimiento fue la maestra vulnerabilidad.

Así es, sentirnos vulnerables nos hizo encarar como nunca antes con la posibilidad de morir, de abandonar esta experiencia en la Tierra sin más tregua ni argumentos.

Ver a Nueva York durmiendo, el ruidoso Carnaval de Río silenciado y leer los constantes estados de nuestros amigos en sus redes lamentando la muerte de sus familiares a causa del virus, de alguna manera nos hizo entender no sólo que esto era en serio, sino que además podíamos ser los próximos, que aún podemos serlo, que somos tan vulnerables que sentimientos como el resentimiento y el orgullo no son más que obsoletos patrones mentales que nos impiden disfrutar del gran milagro de existir y de añadir valiosos momentos a este viaje terrenal donde la vida se reduce a eso, a una serie consecutiva de momentos sucediendo uno tras otro, momentos que no ocurren de nuevo y que muchas veces no pasan porque decimos que mejor mañana, otro día o porque nos rehusamos a pedir o aceptar esa caprichosa disculpa que finalmente no es más que un ungüento para esa vieja herida en nuestro ego.

Aprender gracias a la vulnerabilidad es lo que Don Miguel Ruíz en su libro Los 4 Acuerdos define como aprender del mismo Ángel de la Muerte, es despertar en vida al sueño vanidoso de nuestros planes egoístas al considerar que podríamos desvanecer junto con ellos en cualquier momento y entonces nuestra mejor inversión sería pasar tiempo con los nuestros.

Si están lejos, llamarlos; si están cerca, mirarlos y reír de cualquier cosa; no concibo que luego del 2020 aún exista gente que se de el lujo de seguir guardando sus resentimientos, de ensordecerse ante la voz de ese familiar que sólo quiere escucharle con la noble intención de atesorar ese recuerdo para la eternidad.

La vida es eso que ocurre en estos momentos y no vale la pena vivirla a medias, Dios nos ha dado el enorme privilegio de seguir respirando. ¿Para qué? ¿Para seguir odiando? Podemos ser el siguiente dígito en la cifra de fallecidos por el Covid, o podemos morir por cualquier causa inesperada; antes que eso ocurra, por lo menos intentemos sanar y amar, es la mejor manera de agradecer al cielo por tanta consideración.

Noticias relacionadas
ReflexiónReportajes

Por amenaza de tsunami: ¡Cipote susto vivido en Perú!

OpiniónReflexión

El anticristo

Arte y CulturaSalud

Un inquilino llamado Parkinson

Reflexión

Cosas «feas» que suceden en la vejez y que nadie te advierte

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *