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Salma Hayek encima de Harvey Weinstein

El poeta Leo Castillo decidió responder a su manera a la carta pública de la actriz mexicana sobre el acoso sexual del productor de Hollywood.

Le recomendamos leer la carta pública de Salma Hayek: Mi monstruo, Harvey Weinstein

Por Leo Castillo

Aunque ella se jacta de su probidad ejemplar: «Estoy orgullosa de mi capacidad para perdonar», ha escrito este descargo para destruir al monstruo que la colocó con ‘Frida’ en el sitial de privilegio que ahora tiene, siendo una novata.

Ella se queja amargamente, puesto que él sólo tenía que acatarla o tenerla por encima de sus intereses y su empresa: «Me dijo que le había ofrecido el papel y mi guión, hecho con años de investigación, a otra actriz… había trabajado demasiado en una película que no tenía la intención de hacer».

Pero ella tenía una indestructible e inmensa dignidad y rompería (¿o no rompería, vaya, con el monstruo? No, pero parece que hizo lo imposible por romper, pero no y no): «Intenté salirme de su empresa». Él «me dio una lista de tareas imposibles» (que consiguió todas gracias al nombre Miramax) Ella entonces como tal era nadie, según sus propias palabras. No se sorprende ella misma de que una mujer acabando de declarar que no le importaba el dinero en seguida escriba quejándose de que él le hacía «conseguir que se reescribiera el guión sin algún pago adicional». Harvey, según ella, gracias al tremendo poder de la doña Nadie «tuvo que hacer una película que no quería hacer».

Cabría preguntarse qué habría sido de un eventual éxito de ‘Frida’ sin los errores de Harvey: «Insistió en que nos deshiciéramos del cojeo y criticó mi actuación». La pobrecilla era tan talentosa que podía prescindir de toda sugestión erótica del personaje que encarnaba sin que ello afectara en lo más mínimo el éxito comercial (léase éxito, a secas): «Me dijo que la única cosa que tenía a mi favor era mi atractivo sexual (…) abrumada por una especie de síndrome de Estocolmo quería que me viera como una artista»… Pero una artista que no se desnudará en la película del monstruo, porque a ella no le interesa el dinero, así que ella solamente «esperaba que me reconociera como productora (…) Me hizo dudar si siquiera era buena actriz». Hasta aquí en su artículo de lo que menos está acusando al monstruo Harvey es de acoso.

«Estaba en el set ese día que íbamos a grabar la escena que pensaba iba a salvar la película cuando, por primera y última vez en mi carrera, me derrumbé. Mi cuerpo empezó a temblar incontrolablemente, me quedé sin aliento y comencé a llorar y llorar sin poder detenerme como si estuviera vomitando lágrimas». Pero ello era patético hasta la repugnancia no por desnudarse, sino porque el veterano cruel monstruo, que arriesgaba su capital y su enorme nombre, era el que se lo pedía para garantizar el éxito de su película. «No era porque iba a estar desnuda con otra mujer. Era porque iba a estar desnuda con otra mujer por Harvey Weinstein». Pero ella no arriesga su carrera por tan poco, así que «no podía decirles eso».

El cuerpo de la Hayek no se sabe a quién obedece, ni siquiera de quién es: «Mi mente entendía que tenía que hacerlo, pero mi cuerpo no dejaba de llorar y convulsionarse». ¿Quién puede con esto: sólo súper Harvey?: «En ese momento empecé a vomitar y todos en el set estaban a la espera de empezar a rodar. Tuve que tomarme un tranquilizante, que logró que dejara de llorar pero empeoró el vómito. Como bien pueden imaginarse, no era nada sexy (no, querida, era poco sexy), pero era la única manera en la que iba a lograr terminar la escena.

Parece que el monstruo tenía un par de virtudes: «Encontré la fuerza para llamarlo y pedirle que estrenara la película también en un cine de Los Ángeles; con eso serían dos salas. Y sin mucho ademán me concedió eso. Tengo que admitir que a veces era amable, gracioso e ingenioso». Cabría preguntarse si las disposiciones del monstruo tuvieron algún valor (ella no se lo pregunta), pues la película «que Harvey nunca quiso hacer, fue un éxito rotundo en taquilla; uno que nunca podría haber predicho. Y, pese a su falta de apoyo, le añadió seis nominaciones a los Oscar a la colección de Harvey, incluida mejor actriz».

¡Eureka! todo ello sin méritos del monstruo sino a pesar suyo. Así que parece normal y vamos a quejarnos de que a pesar de las arcadas de asco en el set «nunca volvió a ofrecerme ser la protagonista de alguna película». No se entiende cómo diablos el monstruo humano Hervey le dijo: “Lo hiciste bien con Frida; hicimos una película hermosa”. De parte de ella, como es de esperarse, se niega a manifestarle algún ningún reconocimiento al monstruo. Se lo calla para decírnoslo -¡Oh privilegio!- a nosotros, lectores del NYT, cierto tiempo después.

Dice que «Le creí. Harvey nunca iba a saber qué tanto me importaron esas palabras» (pero) «Nunca le dejé ver lo mucho que me asustaba». Y la asustada princesita del cuento de hadas de la fama hollywoodense se pregunta perpleja: «Pero ¿por qué tantas de nosotras, las artistas, tenemos que ir a la guerra para poder contar nuestras historias si tenemos tanto que ofrecer? ¿Por qué tenemos que pelear con uñas y dientes para mantener nuestra dignidad?». Nadie le ha dicho que los hombres también van a la guerra, y a una a vida o muerte y en otros países fuera de Estados Unidos, por cierto: que alguien envíe a la Hayek una lista de divas del cine, desde antes de Marlene Dietrich siquiera hasta Angelina Jolie. Ella pide que se valore por sexo, no por talento, «que los hombres y mujeres tengan la misma valía en todos los aspectos de la producción». Ella no discrimina, es genérica y compromete al sexo masculino como tal: «Los hombres acosan sexualmente porque pueden».

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