El cuentero Romer Peña ayuda desde la psicología y el arte escénico a toda clase de personas y organizaciones en Venezuela y Colombia.
Por Jorge Mario Sarmiento Figueroa
Más de cincuenta jóvenes investigados o condenados por cometer toda clase de delitos rodearon a Romer en un coliseo. Yo llegué al lugar en ese mismo momento. Ahí lo conocí. Era agosto de 2016.
El cabello largo, largo hasta la espalda, le chorreaba de sudor. Igual sudaba su rostro redondo, que es blanco pero parece una roja manzana. Romer es bajito de estatura, de cuerpo grueso aunque ágil como sus 27 años y sus ganas de vivir. «De estar despierto para la vida», me dice él ahora que tengo la oportunidad de verlo nuevamente, en agosto de 2017. Ya luce relajado y mira el calor como parte esencial de la idiosincrasia caótica de Barranquilla.
Vuelve el momento del coliseo. Los jóvenes están sentados a su alrededor, escuchan con atención la impactante historia que les cuenta Romer. Ahora que intento recordar la historia creo que les contó cómo descubrió que su padre no era el piloto de aviones que él soñaba, sino un trabajador que limpiaba al pájaro mecánico mientras este yacía en tierra. Para Romer esa no fue la caída de su héroe sino justamente la proeza de un hombre de apariencia común que le enseñó a su hijo a tener siempre los sueños en alto, tan altos como el cielo.
A varios de los jóvenes internos en el Centro de reeducación del adolescente infractor, El Oasis, ubicado en uno de los áridos extremos de Barranquilla, la historia de Romer sobre su padre se les metió como un punzón en el corazón. Pero no podían expresarlo. Mirándose entre sí en ese coliseo de El Oasis, si se les caía una lágrima se frotaban la cara y decían: «¡Joda, qué calor!». Dejar caer esa lágrima y aceptar que es por sentimiento puede significar entre humanos un motivo de paliza. Un nivel pro en el escalafón del bullying. Esa barrera Romer sabe que tiene que saltarla para que esa mañana no sea una mañana cualquiera en el alma silenciosa de los jóvenes internos en El Oasis.
«Jorge, la historia sobre mi padre no es exactamente como la conté ese día -me confiesa Romer-. Yo la voy cambiando según me viene en el momento. Pero la base sí es la misma. Lo que pasa es que es uno como cuentero puede ir reformulando las historias como una forma de estar en paz con la realidad, y de cambiarla, para llegar mejor a quien la escucha». Esto me lo dijo esta semana, sentados en el patio de Luneta 50, la sede central del Festival Internacional de Cuenteros ‘El Caribe cuenta’. Encima de nosotros un pájaro se deleita picando las frutas de un árbol. Por nuestro lado un poderoso morrocoy pasa llevando en el lomo una bolsa de basura repleta de hojas y ramas. El ambiente de Luneta 50 es un acogedor teatro de humanos… y de naturaleza.
El Festival llega este año a su versión número veinte. Romer es uno de los invitados internacionales. Viene de Venezuela, de Barquisimeto, para ser exactos. Nació en Caracas hace 27 años y desde que estaba en la primaria escolar supo que lo suyo era el teatro. Lo que no sabía es que iba a vivir de contar historias. «Intenté estudiar teatro en Mérida, pero me fue tan dura la vida que dormía toda la mañana para saltarme el desayuno y poder almorzar. A veces esa era la única comida del día». Gracias a ese esfuerzo el avión del arte le trajo un tiquete para estudiar en Barquisimeto la carrera de psicología, en una universidad que por primera vez en su historia becaba a un estudiante por ser artista.
Romer ha venido en cuatro ocasiones al Festival y es uno de los más jóvenes entre los que llevan años de trayectoria. De hecho, él fue escogido para ser parte del equipo de apoyo y para ser uno de los cuenteros que está sirviendo de entrada del ‘Caribe cuenta’ como un festival que trae artistas de Europa, África y, por supuesto, de América Latina, y Colombia como país anfitrión.
Como una cháchara no es una entrevista cualquiera, en La Cháchara le pedimos que de entrada nos contara una historia, para que ustedes midan desde ya el calibre con el que se van a encontrar en el ‘El Caribe Cuenta’, del 27 de agosto al 2 de septiembre, en Barranquilla, municipios del Atlántico y San Andrés Isla.
Señoras y señores, con ustedes Romer Peña, un joven que usa la psicología, el teatro y las historias para que su vida y la de quienes lo rodean sea una creativa realidad:











