Los hechos recientes en Cartagena que involucran a un taxista con una señora en un caso típico de discriminación e intolerancia, nos deben hacer reflexionar.
Por: Padre Rafael Castillo Torrres
*Director del Programa Desarrollo y Paz del Canal del Dique y Zona costera
Los hechos recientes en Cartagena que involucran un taxista con una señora en un caso típico de discriminación e intolerancia, nos deben hacer reflexionar. Todo refleja lo que somos y las relaciones que construimos. Ellas hablan de nuestros prejuicios y de nuestra incivilidad. Lo que sucedió, como algunas reacciones en las redes sociales, nos debe dar vergüenza y llevarnos a creer que detrás de todo hay unas implicaciones morales, sociales, económicas y políticas.
Si algo buscamos los cartageneros, muy a pesar de nuestra pobreza, es el bienestar y la comodidad. Pero llama la atención cómo en la ciudad aumentó el «estrés». Este es un caso típico del desequilibrio de ese estilo de vida marcado únicamente por el activismo, la agitación, la dispersión y el querer hacerlo todo “bólidamente”.
Frente a la fatiga de la ciudad y el desespero que la agita, viene bien que nos interroguemos sobre el agotamiento, factor asociado a ese mal ejemplo que nos tocó ver. Vamos a precisarlos para no confundirlos.
El cansancio del cartagenero medio le viene de ese esfuerzo intenso y largo, por sobrevivir en medio de la informalidad. Todo lo que hacemos trae una dosis de cansancio que debemos mantener dentro de unos límites que nos permitan estimular nuestro organismo, incitar nuestro sueño, y hacernos experimentar esa sensación de vitalidad. El cansancio no podemos evitarlo, pero sí debemos dosificarlo sabiendo dormir y reposar.
El agotamiento es otra cosa. La gente se agota cuando, sin recuperarse de sus cansancios, actúa por encima de sus límites. Hoy todos emprendemos una tarea detrás de otra sin respiro;siempre tenemos algo que hacer. El taxista su carrera…la señora con sus citas. Pronto aparecen las «señales de alarma»: no duermen, siempre están irritables, se sienten inseguros, se deterioran sus relaciones y terminan embarrándola. Cuando llegamos a este punto ya estamos enfermos así no lo reconozcamos ni asumamos nuestra responsabilidad. Para liberarnos de este agotamiento no nos basta el descanso normal, sino reposarse y replantear todo. Y todo será mejor si hay la voluntad de recomponer la vida, organizar mejor el trabajo y asegurar el equilibrio entre la actividad y el descanso.
El caso no se resuelve con la Fiscalía sino con la pedagogía. La Fiscalía prolongará un agotamiento que desembocará, inevitablemente, en el desgaste. Los dos se pondrán más viejos antes de tiempo, sentirán apatía por todo, aparecerá la depresión y llegará el decaimiento total. Revisar lo que pasó para que no vuelva a suceder es un deber de la ciudad.
Propongo cuatro buenas prácticas: revisemos nuestra vida, reconozcamos las equivocaciones, respetemos nuestros límites y aprendamos a vivir de manera más humana y decente.












