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Princesa auténtica busca Príncipe, Sapo o Dragón, honesto y valiente ¡Por favor!

Mi amigo me preguntó si yo deseaba tener una relación de pareja «formal» con todas las alegrías y limitaciones que ello implica.

Por Mariangela Mercado Salas

Entre mis nuevos amigos escritores capturados en redes sociales  hace unos meses cuando empecé a escribir, tuve uno muy especial, un mexicano a quien un día copié un texto de su muro, con su permiso, claro. A raíz de eso comenzamos a hablar por inbox y luego whats app, solo mantengo conversaciones de esa forma y por esa vía si soy yo quien las inicia, por si acaso, hago la salvedad para que no me vayan a bombardear por msn.

Mi amigo Mexicano y yo, sin notarlo, comenzamos a conversar tanto y tan continuamente que hasta nos extrañábamos, ambos teníamos en ese momento situaciones personales algo complejas, así que se desarrolló espontáneamente una dinámica de  apoyo mutuo a pesar de la distancia y entre risas, poemas, escritos, fotos familiares y mucho respeto, construimos una bonita amistad mostrándonos sin filtros y tal cual somos.

Yo tenía claro que aquello no iría más allá, no sé si él también. El asunto es que mi amigo lleva un diario interesante y exquisitamente redactado que publica en su FB casi todos los días al terminar su jornada laboral, me le he copiado y lo recuerdo cada vez que caigo en el sofá como un mango maduro a punto de explotar, con la cabeza llena de ideas y de letras por organizar, tipo 7 pm celular en mano y lista para escribir. Como hoy.

Esta tarde me tomé un cafecito con un amigo  a quien aprecio un montón, respeto más todavía y que, además, se ha convertido en parte fundamental de varios procesos importantes de mi vida. Hablábamos de varias cosas, nos detuvimos en otras tantas, entre ellas hablamos mucho de mí. ¡Tan rico que es hablar de uno mismo! aunque se toquen aspectos no tan bonitos o defectos, en cuanto decimos: «es que yo»  o escuchamos «cuéntame de ti», nuestro ego se baila un rock  y  acto seguido se sienta en un gigante sillón de cuero, piernas cruzadas, espalda arqueada, ojos bien abiertos y manos en la barbilla a disfrutar del lugar honorífico que ocupa en la conversación. Solo que esta vez, a diferencia de otras, después del café con mi amigo no quedé relajada y llena de conclusiones positivas como sucede usualmente después de esos encuentros, sino que por el contrario salí “embolatá”, como decimos en mi tierra. Tanto, que sentí la imperiosa necesidad de escribir para desenmarañar un poco mi mente y  llegar a algunas conclusiones solita y por mi cuenta.

Entre otras cosas, mi amigo hizo referencia a esa tendencia mía a subir fotos en las redes: mirando el techo, en la escalera cuando se me pierden las llaves, en el carro, en la oficina. A esa costumbre de escribir mis impresiones de la vida, de publicar momentos felices (ya que los tristes nadie los publica), videos cantando Sabina y Cerati, locuras y en resumen a lo que transmito con todo lo anterior, en especial a  lo que percibe y concluye el público masculino sobre una mujer que expone sus emociones, pensamientos y también algunas curvas en vestido de baño en un perfil  de Instagram o Facebook, asumo que a eso hay que agregarle mi edad,  no es lo mismo hacerlo a los 20 que a los 40.

Mi amigo a quien llamaré X para no repetir, me preguntaba si yo deseaba tener una relación de pareja «formal» con todas las alegrías y limitaciones que ello implica, por supuesto le contesté que sí y me pregunté sin expresarlo: ¿porque lo duda?.

Creo, no sé si equivocadamente, que todos los seres humanos deseamos tener al final del camino y a nuestro lado al viejito(a) con el que arrastraremos los años, los achaques  e intercambiaremos la chapa y los recuerdos. Ese alguien que decidió quedarse para cuando se durmieran las mariposas del estómago, se cayera la piel del alma  y de los glúteos, ese ser imperfecto al que llegamos a querer y a acostumbrarnos tanto que deseamos sostenerle la mano hasta que encuentre sus lentes y que sostenga la nuestra mientras logramos el equilibrio suficiente  para sentarnos en la silla más cercana. Particularmente no puedo decir que crecí al lado de unos  padres unidos y amorosos que se entendían perfectamente, no, mis padres fueron algo así como el conflicto del medio oriente pero disputándose  la cocina de la casa y  la soberanía sobre  la totalidad del territorio hogareño (entre otros múltiples motivos de conflicto) lastimosamente eso fue lo que vi y escuché durante toda mi infancia y adolescencia, pero eso es tema de otro escrito, el asunto aquí es que  aunque no puedo jactarme de aquello, sí puedo afirmar con propiedad que esos mismos padres se amaron poética y apasionadamente  en su juventud y que al final, a pesar de tantos años de contienda,  envejecieron unidos, sosteniéndose el uno al otro en la calle, en la vida e incluso en esa misma cocina en la que pelearon tantas veces.

En cuanto mi papa enfermó no pudo desprenderse ni un segundo de mi madre y ella a su vez se hizo cargo de su salud y su enfermedad, hasta que la muerte  los separó. Y sé que hoy día, ella lo extraña tanto o más que yo. Ellos eran absolutamente diferentes, agua y aceite, pero se conocieron y se enamoraron así como eran, sin engaños, ni estrategias, 100% auténticos, las diferencias de personalidades empezaron a estorbar a mitad del camino y por otras razones que no vienen al caso.

Según X  el «mensaje» que yo proyecto y confirmo a través de las redes, no coincide o no es compatible con ese deseo de mi corazón de llegar, en algún punto de mi vida, a construir una relación  que termine con chapas cruzadas y lentes perdidos.

Es decir: «Soltera, asidua al gimnasio, mamá y papá, independiente, espontánea, que a veces llora, que a veces grita, que se enamora, que toma vino, que sube mil fotos en redes, escribe poemas, se equivoca más de lo que acierta y que además no le da pena mostrar lo que es y bla bla bla »  no es el clasificado que debe resaltarse en negrilla si uno quiere una relación que vaya más allá de un par de salidas sin sexo o muchas salidas de solo sexo.

De acuerdo a lo dicho por X,  aunque no literal, tengo tres opciones:

Uno: Dejar de comportarme de esa forma.

Dos: Condenarme a envejecer sola, regar plantas y hablar con pajaritos mientras hago un recuento mental de los hombres maravillosos que pasaron por mi vida sin quedarse en ella.

Tres: La mas descabellada, que si los dioses me bendicen y me tropiezo por estas tierras con un hombre que logre ignorar el ruido externo y vea solo lo valiosa que soy, al punto de enamorarse, no asustarse y decidirse a continuar, lo mas probable es que el susodicho me termine induciendo a cambiar el estilo de mis redes y en ultimas…de mi personalidad.

Por un segundo contemplé la idea y asentí con la cabeza, para luego salir interiormente espantada ¡chanfle! nooo…eso sería matar parte de mi esencia, por Dios, con tantos años de desaciertos, esfuerzo, rebeldía y relaciones familiares fracturadas que me costó encontrarme a mí misma ¿cambiarme o limitar mi forma de expresarlo? ¡que crimen! homicidio y suicidio a la vez.

¿Y eso sería por no querer estar sola?  ¿Por el amor de un hombre?  ¿Y eso sí es amor? ¿Amor a quién?  ¿A mí o a la que NO soy?

Mi amigo hizo la salvedad de que si se trataba de alguien procedente de una ciudad y/o país más civilizado con un pensamiento evolucionado, ya no se ejecutaría la matanza y el prospecto probablemente no se incomodaría si seguía siendo «yo». ¡Vaya consuelo!

Ahí fue se detuvo mi mente y dejé de entender el resto.

En realidad, no se trata de las redes en sí, antes de FB e Instagram  y por encima o por fuera del internet, siempre hemos tenido solo dos opciones: mostrar lo que somos o fingir otra cosa.

¿Debe una mujer entonces alterar su forma de ser o aparentar ser otra cosa, para que un hombre quiera algo serio …o viceversa?

En este punto mi ego descruza las piernas, se levanta de la silla y  se retira indignado porque deja de ser protagonista de esta historia. Hablaré  en términos generales.

Eso es precisamente lo que hacen casi todas las personas durante el tiempo del cortejo, engañar o suicidar su esencia para luego dejarla resucitar. Tantas veces he oído la frase: «Niñaaaa, que eso no se lo puedes decir todavía» o «Al principio no puedes hacer eso», mientras mi mente rebelde piensa, pero, ¿porque? si es que eso es lo que quiero decir/hacer. Ese curso, lo perdí.

Hombres y mujeres por igual,  aquí y en la Patagonia, siendo más acentuado en los pueblos por aquello de los estereotipos limitados, pero lo cierto es que desde la Guyana Francesa hasta en el Japón, la gente no sale a venderse  con honestidad (marketing engañoso):  el infiel simula ser fiel, la  que habla mucho disminuye la verborrea (consejo de mi madre que jamás pude aplicar), la celosa  se muerde la lengua  hasta que tiene al tipo atrapa’o, la cantaletera se maquilla más oscuro para esconder los letreros que le salen en la cara y se limita a sonreír,  el que toma mucho licor lo camufla con la frase «es navidad, es semana santa, es mi cumpleaños», el que acostumbra perderse los fines de semana suspende sus excursiones misteriosas hasta que logra convencer a su objetivo femenino, la desordenada corre a ordenar  la sala antes de la visita, la muda se esfuerza por hablar y así, la lista es larga, muy larga, hasta los niveles de apetito sexual o lo cariñosos que pueden ser, los miden y manipulan como si fueran pruebas psicológicas para conseguir un empleo. Como si tarde o temprano no se fueran a caer todas las máscaras. Como si después de 10 ó 5 ó 3 años de matrimonio o convivencia, no se fueran a despertar cualquier mañana observando de reojo y con fastidio al extraño que duerme al lado.

En los finales mas felices, que gracias a Dios también los hay, logran enamorarse de lo que encuentran dentro del paquete chileno. En otros, simplemente se resignan a la estafa. En los mas tristes la parte mas débil cede y asesina su esencia en pro del hogar. ¿No era mas prudente mostrar lo real desde el principio? Enamorarse también es aceptar. Como en todo, como siempre, habrá excepciones.

¿No será por esto que hay tantos divorcios?

Conversaba con  X  sobre el destino de las relaciones: a veces fluyen y se casan y comen perdices (o yuca con suero o bandeja paisa, lo que sea, pero juntos) otras veces  no fluye  algo sólido  y se deja así, de mutuo acuerdo. Por último, están esos casos en los que una sola de las partes se entusiasma y la otra se despide o simplemente huye sin ninguna explicación, en esta  última hipótesis y habiendo  estado en ambas situaciones, creo que desaparecer sin decir adiós es también una falta de honestidad y además un acto de pésima educación.

Por mi parte prefiero decir de frente: «chao, te vi, yo quería pero ajá, te conocí y ya no, what ever», el punto es decir algo, cerrar el círculo, atar el cabo y empujar el sapo fuera del charco (o la rana) con elegancia, especialmente porque casi siempre se puede salvar  una amistad, a menos que el «ex intento de amor» sea medio psicópata o muy intenso y toque bloquearlo hasta en el whats app del vecino.

De acuerdo a lo anterior, procedo oficialmente a  modificar una de mis teorías de vida, aquella que dice que el fracaso no existe, lo cierto es que sí existe y justo en las relaciones amorosas. Algunas relaciones, sin más adornos literarios, resultan  ser una “pérdida de tiempo”  y eso  no puede llamarse de otra forma que fracaso, en mi caso tengo una colección que podría hasta hacer parte de un museo y no me enorgullezco de ello, pero tampoco me da pena decirlo, los que no lo cuentan, también las tienen.

En términos poéticos y energéticos: hay cruces de almas valiosos que alimentan el espíritu aunque no perduren en el tiempo y otros que pasan de largo sin llenar ni el olfato, como caldito de huesos de corrientazo de $3000. Pero  creo que lo más importante en las unas y en las otras, es que se haya sido auténtico desde el principio dando lo mejor y lo «no tan bueno» de sí mismo, sin poses, ni técnicas prefabricadas para atrapar personas del sexo opuesto de esas que salían en Cosmopolitan y que todavía leen en Google. «Perder por conocer, no es perder» y en cambio, sí hay mucho que ganar.

Confieso humildemente y ahora si con un poco de vergüenza, que por un breve instante de soledad decembrina hasta pensé que X tenía razón  y contemplé la opción de cerrar mis redes y/o bajar mis revoluciones reales y cibernéticas, por fortuna recapacité en menos de 10 minutos, consciente de que si nunca aprendí a fingir en esas cosas, ya estoy muy grandecita para intentarlo, ademas de que soy muy feliz siendo «yo». Por otro lado eso sería algo así como tratar de detener un volcán con una mano a sabiendas de  que en cualquier momento, como todo lo que se pretende forzar “contra natura” ¡pum! haría erupción, mandando a volar la mano que intentó taparlo (la mía o la del pobre hombre engañado) sacando a la superficie todo el fuego que hay dentro y convirtiendo en cenizas lo poco que se haya alcanzado a construir, a punta de mentiras o una personalidad mutilada.

Y eso de ir a buscar tipos a otras ciudades y países,  no es lo mío. De igual forma no tengo ningún afán y como dice una amiga, lo que Dios tiene preparado para cada quien, ahí esta esperando…en Nueva York o en Tuchín. Llámese Don Quijote para Dulcinea o el jardín lleno de matas y pajaritos.

Decidir y  preferir  que  lo acepten a uno tal como es, junto con  la maravillosa libertad de ser auténtico, es también una opción que sin duda disminuye el margen de error (y la frase: «¡Es que el-ella no era así!») aunque eso represente correr el riesgo de  que nadie quiera comprar el producto que dice en la etiqueta: «peligro, tenga cuidado al manipular» y una lista  real de precauciones que no excluye sus múltiples cualidades.

Yo sí que prefiero estos producto (Plan A): honestos y defectuosos,  y no los que causan más daño, precisamente, porque no les conocemos los efectos adversos o simulan no tenerlos.

De igual forma y por si acaso (Plan B) ya encargué 3 periquitos, 2 canarios, un gato y 10 veraneras para que me las traigan en unos  20 años  y tener plantas  que regar y pájaros propios con los que hablar antes de que llegue la visita de los nietos, al mejor estilo de las solteronas elegantes. Y bueno, comencé un curso de Francés y otro de Pool Dance, ajá, para  marcar la diferencia con el acento, bautizar al gato «Jacques» y montar fotos en las redes a los 70 años  trepada en un tubo metálico dando vueltas como si tuviera 30 . Y es que con o sin marido mi intención es llegar a esa edad: elástica, feliz y  con mi esencia  intacta. Que maravilla.

¿Mientras? pues seguiré besando sapos a ver si resulta alguno valiente sin miedo a los volcanes y el fuego lo convierta en príncipe…o en dragón.

Sapo, príncipe o dragón, que sea honesto ¡por favor!.

P.D.. Mi amigo mexicano decidió cortar comunicación, no porque yo haya sido intensa o psicópata, ni siquiera tuvimos un romance, lo hizo por razones nobles e importantes que respeto totalmente, pero como todo un caballero: me las dijo y se despidió dulce y cordialmente.

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