Por: William Castro A.
A casi un año de la época en que me hallara recogiendo la materia prima de un texto subyacente del Laboratorio de Crónica cultural “La Barranquilla que suena” patrocinado por este medio periodístico, me he vuelto a cruzar recientemente con la amalgama sonora que despide esta ciudad, fenómeno único en su especie, para ahora surgirme la necesidad de contar aquello que existe más allá de la bulla y el ruido: ejes centrales de la pasada experiencia protagonizada por el centro histórico y sus órganos, como por otros lugares sin memoria y sin tiempo. Con ustedes, un breve relato del instante que viví en un articulado del conocidísimo murillo derecho.
Hacinamiento teatral
Luego de una jornada de domingo -cuya calidad ignoro y, por tanto, olvido si habrá sido o no extenuante-, en la que por azares del destino decidí salir sin mi bicicleta tras haber renunciado hace rato a mil rol de peatón, caminaba hacia la esquina de la calle 53 sobre la cra 46, donde diagonal al caos de la estación La Catedral se parquea el murillo derecho, alternativa de transporte nocturno, querido por muchos, repudiado por otros, del que la gente se vale para retornar a sus casas sin importar la condición humana que atraviesen (“peao o mondao”, como suele decirse, pero yo no estaba en ninguna de las dos).
Subir, pagar y sentarse: ritual que se celebra aquí como en la China, resulta precedido por el acto dinámico de esperar dentro del ‘murillito’ el cual, hasta no subir una cantidad prudente de pasajeros, mantiene encendidas sus luces de discoteca bajo los inclementes rayos del alumbrado público, sumado a la ensordecedora música de FM y el vacile de arrancar en más de una ocasión. Se trata de una espera activa, propiciada por el hacinamiento teatral de desconocidos que aprovechan el espacio para interactuar y conocerse entre sí, ya fuera conscientes o no del personaje que pasan a encarnar.
En un momento dado, se levanta una señora de su silla. “Señores pasajeros, tengan ustedes unas muy buenas noches y sano regreso a sus hogares. No saben la pena que me da pararme aquí frente a ustedes, pero estoy necesitando que me brinden una colaboración para pagar los remedios de mi hijo allí sentado -señala al joven muchacho que comía un perro caliente, mientras gritaba en voz alta a su madre que se sentara-, el cual sufre un transtorno que le da ataques de epilepsia. Por lo que cualquier colaboración que les nazca sería una ayuda y una bendición”.
(https://lachachara.org/por-quienes-suenan-las-campanas/ Por quiénes suenan las campanas, 24 enero 2021)
La señora pasa de puesto en puesto recaudando su colaboración, cuando de pronto, en el gesto de entregarle el menudo de mi pantalón, reparo en el estado de un pasajero a mi vera: descalzo, malherido y vendado de pies a cabeza, que de ojos caídos y prendas ensangrentadas recuesta su cabeza sobre el espaldar metálico. Un jóven uniformado sube y se sienta justo al lado del hombre, quien despierta para detallar cada rasgo de la vestimenta del muchacho y leer en voz alta las letras impresas sobre la misma: “Enfermería. Universidad Simón Bolívar”.
“Ey mani, ¿Tú estudias eso, verdad? Por qué no me dices cómo ves mi pie ahí de bien?”. A lo que el chico examina rápidamente la ñoña verdosa y humedecida de pomada, que al igual que la gaza en el abdomen y la frente, aprueba con un “todo bien”, seguido de un qué te pasó y tales. “Joa magínate que iba a atracar a un vale y vamos a ver que este resultó más loco que yo. Me pegó ocho puñaladas, de las que me cogieron unos treinta puntos. Apenas salí de la clínica. Aquí donde me ves no he dormido nada del dolor y el filo”.

Pese a la tragedia, ambos se sonríen como si se conocieran hace mucho. “¿Y tú,dónde vives? Yo, en Las Moras. ¿También vas pa’allá?”. Desde entonces y a todo pasajero que figura por encima del hombre en busca de un asiento al fondo, este les mamagallo fingiendo que le pisan o rozan alguna ‘moneda’ o ‘brocha’ del cuerpo. “Ayyyy. Cuidado. Ey barro me pisaste. Cuál. Por un pelito no te pisé, deja de hablar”, generando risas a su público.
El bus arranca con todo lo que tiene. La gente se aferra a las barandas, cuando el conductor pausa la radio FM para reproducir unos audios de Whatsapp. “¡Ojo, que adelante está la tomba! No te metas por aquí sino por allá”. “¡Ey ey bájale a eso!”, grita el muchacho que había terminado de comer su perro. Una señora a su lado le pide que se calme. El herido se ríe de la escena. El conductor guarda silencio y nuevamente reproduce los audios de la aplicación. “¡Ojo, que adelante está la tomba! No te metas por aquí sino por allá”. “¡Ey ey que le bajes a eso, no oyes!”, se repite la escena del hombre riendo, quien esta vez dice conocer al muchacho. “Ese pelao donde lo veas es cule personaje”.
Para la tranquilidad del conductor, la familia se baja del bus poco más adelante, ante lo cual el hombre de las vendas decide protestar. “¡Ey cómo te vas bajar, quédate!”, y su público vuelve a reírse: Sin apenas proponérselo, los tenía en la palma de sus manos, entre ellos a una mujer que identificó que no paraba de reírse con él, por lo que sirviéndose de la más mínima papaya, aprovechó para sentarse a su lado una vez que pudo. “La vida es un viaje, toca cogerla suave y vacilársela”.
Sin darme cuenta había llegado a mi destino. A la velocidad en que íbamos pedí mi parada un semáforo antes. “Próxima”, anticipó el hombre por mí, aunque yo fuera el único en bajarse. Cruzando la Murillo me fue imposible observarlo bien desde fuera: Parecía ahora recostado en los brazos de alguien.











