Quizás no sea el piropo más popular de Latinoamérica, pero sí debe ser uno de los más invocados en el canto de nuestros países. Aunque, por supuesto, no lo adornan con la palabra “cucayo”, tradicional de nuestra Costa Caribe, sino con varias otras que, sin embargo, se refieren a la misma y deliciosa costra de arroz
La escena en la que aplica puede ser la siguiente:
Imaginemos a una dama que avanza lentamente sobre sus dos pies, pero lo hace de tal manera que, a usted, creativo caballero, le parece un maravilloso espectáculo. La ve pasar a ella erguida y orgullosa. Usted sabe, entonces, que aquella la mujer no está caminando, sino danzando sobre su propia hermosura.
A su juicio, ese solo desplazamiento lo dice todo, y se proyecta al resto de la dama: si así camina, así es toda ella, y así de mágicas han de ser todas sus virtudes y habilidades. Eso se llama “efecto halo” en sicología.
Es entonces, caballero, cuando a la mente suya viene ese piropo, y lo suelta creyendo que es la idea más estupenda: “si cocinas como caminas, mami, yo me como hasta el cucayo”.
En primer lugar, la escena que acabo de describir es, como mínimo, riesgosa.
Quizás hace medio siglo, usted hubiese pasado como un poeta callejero digno de admiración: atrevido, inspirado, y capaz de expresar una impresión legítima con apoyo en los recursos retóricos. En los tiempos actuales, sin embargo, este piropo y cualquier otro (hasta el más inofensivo de ellos) puede ser interpretado por la dama como un acto violencia contra ella.
Hay, al respecto, montones de estudios y pronunciamientos en todos los idiomas y desde todas las disciplinas, con fundamento en la denominada ‘perspectiva de género’, que vale la pena considerar antes de lanzarse a un ejercicio de estos.
Por mencionar solo un ejemplo, Patricia Piñones, investigadora del Programa Universitario de Derechos Humanos (PUDH) de la Universidad Nacional Autónoma de México, dijo en 2021, que todo piropo callejero “representa un ejercicio de poder que no sólo incomoda y atemoriza a las receptoras, sino que legitima la masculinidad del emisor ante otros varones”.
Pero supongamos que la situación entre esa mujer que avanza y usted está muy clara. El contexto es de confianza. Son amigos, llaves, y la consecuencia, después del piropo, es la carcajada y el festejo. Y luego, se pasa a otro tema. ¿Cómo así? ¿A nadie se le ocurre, acaso, ponerse a pensar en el alcance del piropo? ¿Cómo tomamos al cucayo en la expresión? ¿Estamos hablando de un residuo, de un error de cocción que, en el caso de una buena cocinera, debería tener la misma calidad y ricura que el arroz suelto?
Y si fuera solo eso, pero, ¿Qué le estamos diciendo a la mujer? ¿Con esta suerte de broma –manejémoslo así para no empeorar el asunto- estamos reforzando, acaso, el supuesto vínculo “natural” entre el género femenino y la cocina? Porque el poeta, al lanzar su elogio, está dando por sentado que ella sabe cocinar. ¿De dónde saca tal seguridad?
Como podemos apreciar, la dama de nuestro ejemplo inicial, si la asumimos reaccionando frente al acto que acaba de interpretar como violencia, tendría, por lo menos, dos razones para oponerse al piropo y abofetear al autor: por un lado, esta siendo blanco de un elogio no pedido en espacio público; y, por el otro, le están atribuyendo, entre sus habilidades “obvias”, la de cocinar.
Pero, bueno: todo esto puede equivaler a ponerle demasiada tiza al taco, como dirá alguno de mis lectores amante del billar. A la final, después del momento en confianza, queda el bienestar de la risa y la cerveza helada. Además -como ya lo anuncié al principio- en nuestras canciones populares, ese piropo aparece una y otra vez, algunas veces invocado como parte del contenido: y otras, como tema central desarrollado y reforzado a lo largo de la letra.
Porque de algo sí podemos estar seguros: este piropo parece invulnerable al paso del tiempo y a los cuestionamientos en su contra, porque ni los llamados géneros urbanos se han resistido a invocarlo.
Canciones y vocablo


Entre las canciones más recordadas que dan cuenta del famoso piropo, está una del Gran Combo de Puerto Rico producida en 1974 como parte del trabajo discográfico ‘Disfrútelo hasta el cabo’. Se titula ‘A veces me preguntan’. No se identifica al nombre el autor, pero la voz cantante es de Andy Montañez. Con el tiempo, ha pasado a ser más conocida como “A veces me pregunto” porque, justamente, la voz lírica comienza con esa declaración:
A veces me pregunto, por qué te quiero tanto.
A veces me pregunto, por qué te adoro así.
No puedo comprenderlo, y sigo preguntando
qué cosa hay en tu cuerpo que se prendó de mí.
Por el mundo, he seguido preguntando.
Nadie sabe decirme la razón
Todos dicen que tú me has hechizado
Con el fuego de tu ardiente amor.
Pero resulta que después de tan poética expresión de incertidumbre, donde todo parece consecuencia de un embrujo, o un “fucú” -como dice más adelante la canción- el asunto se resuelve en un grito:
Ay, si cocinas como caminas, mami, yo me como hasta la raspa.
Si bien la canción continúa reforzando el interrogante de partida (“No sé lo que tienes tú. Eso me pregunto yo”) la alusión a la manera de caminar de la dama resulta, por lo menos, reveladora. La letra incluye suposiciones (“¿Será tu forma de ser? ¿Será tu forma de querer, Maribel?”), luego de lo cual vuelve a aparecer lo de la amenaza de comerse “la raspa” en caso de que ella cocine como camina.
Como se habrán dado cuenta, la letra no dice “cucayo” sino “raspa”, pero es lo mismo. De hecho, esta palabra es un poco más reconocida en Latinoamérica para referirse a esa capa de arroz que queda adherida en la base del caldero (y hasta en los costados) cuando se cocina para dejarlo en su presentación más habitual.
Aunque la palabra “raspa” tiene una docena de significados distintos en el Diccionario de la Real Academia Española (desde el cabello hasta el mal genio, pasando por las espinas del pescado y hasta el regaño), ninguna está asociada con el cucayo. Lo de “raspa” parece venir de Cuba, y, a partir de ella, se le dice “raspón” o “raspao” en otros países.
Y otro detalle curioso: hay versiones más recientes de esta canción en las que Montañez -ya en solitario- suprime el nombre de la dama. Pero en todas, aparece otra exclamación donde podríamos encontrar una pista sobre lo que la voz lírica intenta resaltar, y ahí sí, se incorpora el nombre de una mujer:
¡Qué volumen, y qué volumen!,
¡Qué volumen tiene Carlota!
Independiente del origen de esta expresión (algunos dicen que viene del repertorio humorístico de la guaracha cubana, cuya influencia en todo el Caribe hispano fue enorme durante el siglo XX) su propósito único es resaltar las caderas femeninas. El nombre ‘Carlota’ es un genérico. Bien pudo haberse usado otro, pero con ese, la exclamación hizo carrera en la música latinoamericana.
Una de las canciones más antiguas que remite a ese detalle es una guaracha del trompetista puertorriqueño Plácido Acevedo y su cuarteto Mayarí titulada ‘El volumen de Carlota‘. Allí, la voz lírica masculina es enfática: ese “volumen” fue lo que inclinó la balanza en favor de Carlota al tener que decidirse, él, entre varias mujeres.


De manera, pues, que, en la canción del Gran Combo, la letra parece apuntar en dos sentidos: mientras los versos descansan en la incertidumbre, el grito del cantante es un rayo que intenta despejar la oscuridad. El asunto es que no da ningún detalle de la tal forma de caminar. Tendría uno que suponerla.
Quizás una pista adicional aparecerá en 1981, por cuenta de una canción salsera interpretada por Henry Fiol y que es de su propia autoría. Hace parte del trabajo discográfico “El secreto”, donde están algunos de los grandes éxitos de este artista neoyorquino, como ‘Mala suerte’, por ejemplo. La canción que nos ocupa se titula, justamente ´Si tú cocinas como caminas’.
Comienza con los coros directos al mensaje:
Si tú cocinas como caminas, yo me como el pegao.
Si tú cocinas como caminas, yo me como el pegao.
Y luego viene la reiteración de la voz lírica, la insistencia, para que no queden dudas:
Yo me como el pegao,
me como el pegao.
Yo me como el pegao.
Hasta el pegao.
Baby, tu caminaíto, me tumbó cuando lo vi.
Mami, ese meneíto, me tumbó cuando lo vi.
Si tú cocinas así, me como hasta el pegaíto.
Aquí se usa la palabra “pegao”, otra de las más reconocidas en Latinoamérica para referirse al cucayo. Pero lo más importante, para no apartarnos de la imagen del piropo, es que se comienzan a ofrecer algunos detalles que nos aproximan a la manera de caminar de la dama: la presencia de un “meneíto”. Y este movimiento es lo suficiente impactante para someter al caballero y derribar la poca resistencia que pudiera proporcionarle el uso de su propia razón.
Pero hay más: para la segunda parte, luego de repetir el coro y el estribillo, la voz lírica agrega:
Baby, tu caminaíto, hace la tierra temblar.
Mami, ese meneíto hace mi alma temblar.
Si tú sabes cocinar,
me como hasta el conconcito.
Por lo menos, no da por hecho que ella cocina, sino que lo plantea como un condicional en el ejercicio metafórico. Y le llama “conconcito” al cucayo. Ya hablaremos de esta nueva palabra. Lo más fuerte, sin embargo, está en la exageración (hipérbole en lenguaje retórico), que resalta el impacto de la cadencia de la dama al andar.
Tiene un alcance catastrófico esta parte, con efectos muy negativos para el entorno. Podríamos comparar esta situación con la del paseo vallenato ‘Matilde Lina’ donde el juglar Leandro Díaz hace un ejercicio muy parecido al describir la manera de caminar de su musa. Pero las consecuencias descritas por el poeta ciego van en ruta contraria a lo de Fiol, pues el efecto mágico que logra es de complacencia, muy positivo para la naturaleza. ¿Lo recuerdan?:
Cuando Matilde camina, hasta sonríe la sabana.
Como hemos resaltado líneas atrás, en la canción de Fiol se usa la palabra “conconcito”, diminutivo de “concón”, expresión dominicana para referirse al cucayo.
La historia misma de esta palabra, contada por los propios usuarios, nos conduce a un viaje hasta los tatarabuelos africanos, por lo que su fundamento etimológico es distinto al de nuestro “cucayo”, asociado más con una voz indígena quichua que se refiere a las provisiones de alimento empacadas para un viaje. Pero eso no es tan relevante como el hecho de que, en República Dominicana, esta presentación de arroz tostado es objeto de una reverencia celestial.
En este país del Caribe (que comparte con Haití la isla La Española) hay tratados enteros, estudios antropológicos, documentales y tutoriales que dan cuenta de la importancia del concón y su raigambre. Por mencionar un ejemplo, tenemos el de la historiadora e intelectual dominicana Celsa Albert, quien asegura que: “El concón, es de origen bantú, consumido en países africanos como Nigeria, Guinea Ecuatorial y otros, que además de consumirlo, tiene el mismo significado que en República Dominicana”.
Y a esta definición, el Diccionario del español dominicano (2013) le añade que concón “es una palabra con la que se puede distinguir a leguas a un dominicano, ya que es un alimento que para muchos alcanza la categoría de manjar».
De hecho, esta condición de platillo exclusivo, delicioso y atractivo, la ha venido ganando el cucayo con el pasar de los años también en Colombia. No importa la denominación, pero ya se ha vuelto obligatorio producirlo de manera intencional para presentarlo en el menú de nuestros restaurantes de comida típica.
Hablan los cocineros

Noime García, experimentado y versátil cocinero que ha estado al frente de varios casinos o comedores corporativos en Barranquilla, explica que esa costra que llamamos cucayo está relacionada con la cantidad de aceite que se destina para preparar el arroz.
De esa manera, el cucayo es más grueso, tostado y abundante en la medida en que se usa más aceite en la preparación. Y eso está relacionado con dos hechos químicos: primero, que el agua y el aceite no se mezclan; y segundo, que, a la final, el aceite permanece prácticamente intacto, fritando el arroz en el fondo, porque su punto de ebullición es mucho más alto que el del agua. De todos modos, hasta eso podría controlarse moviendo frecuentemente el arroz, tratando de que el fondo no quede seco del todo.
Ahora bien, como la cocina primigenia nació a partir de la leña o el carbón, el cucayo nació precisamente porque, en esas circunstancias, era muy difícil detener instantáneamente el calor. Y aunque la persona encargada retirara parte de las brasas o los palos, desde allí se continuaba irradiando energía durante varios minutos. Como consecuencia, el fondo del caldero continuaba calentándose y la capa inferior del arroz terminaba tostada.
Por eso es que, al hablar del cucayo, el reconocido cocinero sincelejano Alex Quessep, no duda en subrayar que, en su aparición, ocurrió algo similar al de otros accidentes, casualidades o descuidos que terminaron generando un invento maravilloso para la humanidad.
La cocina misma ofrece varios ejemplos, como el horno microondas y el teflón antiadherente. Pasó en la medicina con el marcapasos implantable y la penicilina; y por supuesto, pasó con el cucayo, que surgió cuando el arroz, en algún momento, se tostó accidentalmente en el fondo del caldero por exceso de calor o por las brasas residuales.
Agrega Quessep que al reflexionar él, por su cuenta, respecto de la naturaleza, exaltación y penetración del cucayo en la gastronomía local, ha reparado en la existencia de por lo menos tres modalidades de presentación: una en forma de galletas crujientes, que pueden ser asumidas como “rompe dientes”; una muy pareja que procede del fondo del caldero; y otra más en forma de croquetas, o de largas tostadas que ofrecen una experiencia parecida a la de una empanada.
Esta última se suele llamar “crispy rice”, y se ofrece en algunos restaurantes (hasta de comida asiática) como aperitivo, a la manera de una preparación compacta y simétrica de colores vivos.
Con todo este contexto gastronómico de por medio, se puede ir concluyendo que, si bien los orígenes del cucayo descansan en su condición residual, con el paso del tiempo, fue adquiriendo su propio valor, independiente y distintivo. Esto nos lleva a que su incorporación en el piropo que nos ha traído hasta aquí debería ser, por lo menos, revisada.
O sea, el sentido no debería resaltar que “hasta ese residual cucayo”, cuyo destino natural debería ser el bote de basura, “queda bien” en manos de una mujer cuyas virtudes en la cocina sean tan maravillosas como su movimiento de cadera. No. No debería ser así porque el cucayo, en todas sus denominaciones, es muy apetecido y tiene cada vez mayores reconocimientos como platillo típico.
Y ni siquiera tiene que producirse como derivación del arroz blanco. Ahora, ya todo buen cocinero sabe cómo evitar el cucayo o como fortalecerlo, y hasta puede producirlo intencionalmente fritando el arroz a placer y de manera controlada.
Canciones para el remate


Pareciera como lógico todo esto, pero la realidad de las canciones ha continuado fiel a la intención original del piropo. Así lo demostró, en 1999, la banda musical Fulanito, al incluir, en su álbum de ese año (El Padrino), una canción titulada ‘Mi con cón’ (Un chin del pegao). El tema corresponde con la propuesta musical del grupo, que combina el merengue tradicional dominicano con elementos de house, hip hop y bachata, entre otros.
La autoría de tema (igual que los demás del álbum) es de Rafael Robert Vargas y Winston, los dos fundadores del grupo. Y su comienzo es bien particular, pues se escucha el grito de Tarzán. De inmediato, la voz lírica, en tono de anuncio previo, le pregunta al ‘Rey de la selva’ si se fijó en el “remeneíto” que le había disparado una dama en la pista de baile. Y entonces continúa de esta manera:
La asesina volvió,
she came back.
Oye tiguerita,
si tú cocinas como caminas,
guárdame un chin del pegao
o como dicen mis compatriotas allá:
El concón
¡Que comience la fiesta!
Es importante comprender, antes de entrar a juzgar, que la propuesta no es para nada rigurosa en lo poético. Luce, más bien, como algo espontáneo, sin planificación aparente, con la incorporación de modismos dominicanos, y el cruce entre idiomas, todo en respeto de lo que hoy llaman ‘música urbana’.
Eso de “chin”, por ejemplo, significa “porción pequeña”, y “tiguerita” es el diminutivo femenino de “tíguere”, palabra con la que se designa a una persona astuta, avispada y pícara. De hecho, hay una cantante española, de padre dominicano, que se hace llamar así. Y lo de que “la asesina volvió” es un guiño a un conocido merengue dominicano de Bonny Cepeda titulado así.
Pero más allá de todos estos asuntos semánticos, que sería largo de ir traduciendo en la canción, está el hecho de que, si bien su mensaje tiene como punto de partida el sentido original del piropo, va incluso un poco más allá.
En un momento, la voz cantante pide a las mujeres que “cocinan como caminan” que griten fuerte. Luego de eso, en efecto, se escucha un grito masivo, y es cuando comienza el canto en firme, en estilo rapero:
Ay qué clase de cocinera eres.
Ya sé que tú me quieres
Ese meneíto mortal que tú me das, sí me conviene.
Vamos a cenar por un par de horas.
Quiero probar lo que está de moda
Esa receta que tú me preparas:
cadera fresca sonrisa de cara
Aperitivo con mucho besito,
antojito de deíto frito
Y cuando aruñas me pongo loco contigo
Tú sudas con los sancochos que pido.
Mmm… mira cómo caminas…
Chequea el meneíto que me dominas
Volvió, entró a la pista.
En realidad, la letra completa es una metralla de ideas asociadas con el meneíto de la dama, y dada la rapidez con que se incorporan, hay espacio de sobra para las sugerencias y llamados propios de la seducción amorosa. Sin embargo, podemos detenernos un poco en el estribillo para apreciar la insistencia en el movimiento del trasero de la dama. O de la “tiguerita”, como se refiere a ella en algunos momentos…
Oye, señorita
Menea la colita.
Ese meneíto
Nadie te lo quita.
Si como tú caminas,
Así tú cocinas
Hazme un favorcito
Guárdame un chin del pegao.
Sí: el piropo sigue intacto. Y como para que no quepan dudas, el turno es para la canción rapera ‘Pana, Pana’ grabada en 2003 por Don Dinero (el cubano norteamericano José Manuel Guitian) y D’mingo (Domingo Ramos, newyorkino de raíces puertorriqueñas).
El tema avanza entre elogios a las mujeres del mundo, se salta de país en país, se invita a varias a la cama, y luego de un monólogo de Ramos, cuando ya ha avanzado más de la mitad de la canción, Don Dinero sale con esto:
Oye mami ven aquí, que volás.
Si cocinas como caminas, ay mamá.
Y cómo mueve esa colita, no parece verdad
Mi mujer está aquí, chica: dale pa’ allá.
Yo te llamo ahorita, mami, ya no jodas más
Y búscate a otro que te saque a bailar.
Podríamos hasta mencionar otra canción de 2017 titulada ‘Kumbia King’, también de género urbano, interpretada por “Ñejo” (en estas modalidades, como se habrá notado, se prefieren los apodos), en colaboración con Bryant Myers y Jamby El Favo. Allí el piropo se incorpora íntegro y textual, pero la manera en que se invoca, asociado con una escena demasiado explícita en lo carnal y sexual, lo vuelven inapropiado para su reproducción en este amable espacio.
Y más localmente, entre varios, hay un pegajoso tema en ritmo vallenato interpretado por Fulgencio ‘El Fencho’ Pérez, que lleva como título el texto del piropo. Es de hace unos tres años, pero frenemos aquí, porque es un poco más de lo mismo que hemos venido examinando.
En todo caso, como para ir concluyendo esta reflexión, las situaciones sociales y culturales van cambiando; algunos asuntos y entendidos respecto de la naturaleza e impacto de los piropos ya no son los mismos de hace medio siglo; y hasta el mismo cucayo (concón, raspa, pegao, incluso el «Nurungji» coreano) goza ahora de un respeto y reconocimientos muy distantes de su condición residual primigenia. Todo bien hasta allí…
Pero, entonces, ¿cómo nuestro piropo a las caderas sigue vivo en esos términos? Aparece vinculado con la misma raspa de siempre, y cantado en igual sentido como si nada hubiera pasado. Su fuerza metafórica original ya desapareció o, como mínimo, ya cambió, pero continúa intacto.
Quizás quien mejor entendió todo esto fue el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, y nos lo está diciendo desde su siglo XIX:
¿Qué es entonces la verdad? Un ejército móvil de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas, adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, a un pueblo le parecen fijas, canónicas, obligatorias: las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son…











