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Papa Francisco presidió celebración de la Pasión del Señor

Hizo un llamado angustioso a la solidaridad de las potencias económicas y a quienes acumulan mayores riquezas materiales para que no haya tanta desigualdad social. ¿Lo escucharían los banqueros colombianos?

Por Chachareros/Cararicaturas Turcios/ACI Prensa/RSC*

 

 

Un Papa Francisco mustio y entristecido, golpeado en el alma por los acontecimientos del mundo, este Viernes Santo 10 de abril, presidió la celebración de la Pasión del Señor en la Basílica de San Pedro en el Vaticano, que en esta ocasión estuvo vacía a causa de la pandemia del coronavirus.

El Papa solo estuvo acompañado del maestro de celebraciones pontificias, Monseñor Guido Marini, los acólitos, un reducido coro y algunos funcionarios del Vaticano.

En la Basílica desprovista de ornamentos e iluminada tenuemente en consonancia con la sobriedad de la ceremonia en la que no se celebró la Eucaristía, el Santo Padre, vestido de púrpura en recuerdo de la sangre de Cristo derramada en la Cruz, se postró en el suelo delante del altar para orar durante unos minutos.

Tras los minutos de oración silenciosa, el Pontífice se puso de nuevo de pie para la liturgia de la Palabra en la que se leyó un pasaje del libro de Isaías (52,13 – 53,12), se recitó el salmo 31, se leyó la Carta a los hebreos 4:14-16, y 5: 7-9; y el Evangelio de San Juan que relata la Pasión de Cristo.

En la oración universal de los fieles, el Papa elevó una especial petición por los enfermos de coronavirus: “Dios omnipotente y eterno, singular protector de la enfermedad humana, mira compasivo la aflicción de tus hijos que padecen esta epidemia; alivia el dolor de los enfermos, da fuerza a quienes los cuidan, acoge en tu paz a los que han muerto y, por todo el tiempo que dura esta tribulación, haz que todos puedan encontrar alivio en tu misericordia. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén”.

Lloró en silencio

¡Qué hermoso y aleccionador mensaje! ¿Lo habrán leído Sarmiento Angulo, los dueños del BBVA, Falabella, Colpatria, Serfinanza, Sudameris y demás? Ojalá lo lean antes de que les suceda lo mismo que al español Vieira Monteiro.

A pesar de que todos los actos fueron muy en solitario, no faltó un alto prelado de la Iglesia Católica que vio derramar un par de lágrimas por el rostro del Supo Pontífice. En esos momentos, en las afueras de la Basílica, algunos periodistas expertos en los asuntos religiosos coincidían en que, como nunca, ha sido una Semana Mayor atípica y de verdad llena de luto.

“El alma de la Iglesia Católica llora en silencio porque una inmensa mayoría se ha apartado del deber ser, por el tener. Se han olvidado de Dios. Han pretendido ser superior a Él. Lo han tratado de suplantar en muchas formas. El afán de riqueza y poder ha alejado a los hombres del sentimiento humanitario. En todos los rincones del mundo la solidaridad ha languidecido. Los ricos cada día son más inhumanos, insolidarios y avarientos”.

Situación a la cual no escapa ningún país en el Universo. El caso de Colombia, que con frecuencia es abordado por el Papa Francisco por conocerlo de cerca dada su condición de argentino, es uno de los más deprimentes en estos momentos, cuando la sociedad civil más necesita de los acaudalados, éstos se hacen los de las orejas sordas y se ríen de la tragedia y la angustia de los demás porque tienen sus fortunas bien aseguradas en paraísos fiscales.

El Gobierno Nacional emite normas, casi que implorándole al sector empresarial y, en especial a la banca y sectores financieros para que por una vez en su vida muestren un poco de misericordia y solidaridad, aplicando mecanismos expeditos para que la mayor parte de sus clientes no afronte una situación tan crítica.

Por desgracia dichos decretos presidenciales se han convertido en un simple texto de burla. En todos estos años se ha sabido que la banca colombiana ha subsistido aumentando de manera exponencial sus caudales gracias a un gravamen especial que les otorgó el gobierno de turno hace varios años, llamado ‘el 4X1.000’, lo que les ha permitido ganarse en estos últimos 10 años en cada trimestre la suma de hasta $20 billones. Ahora cuando el pueblo colombiano necesita de ese sector, se burla, no solo del Gobierno, sino de quienes han sido, por años, el motivo de su existir, sus cuentahabientes, sus tarjetahabientes, sus acreedores.

Esto ha conducido a que el sector financiero y bancario colombiano ostente hoy dos despreciables Récords Guinness: el de ser los más insolidarios del mundo, y el de cobrar los más caros intereses del universo por todo tipo de crédito. A la manera de ejemplo, un colombiano compra una modesta vivienda de $50 millones a través de uno de los bancos usureros (que son todos en Colombia), y la termina pagando 10 veces. Es decir, le sale por quinientos millones de pesos la casita. Mientras que, en cualquier otro país, de las grandes potencias o del tercer mundo, esa vivienda solo se paga tres veces ($150 millones), cuando mucho, cuatro veces ($200 millones).

Igual sucede con los préstamos bancarios, en la práctica asimilados a las operaciones extrabancarias que suelen realizar los narcotraficantes: quien le presta $100 millones a un banco colombiano termina pagándole al banco $600 millones, convirtiéndose en ‘eterno’ deudor hasta por 10 y quince años, por los altos intereses y por los sistemas de cobrarse primero los intereses que se producirían durante el tiempo calculado para la recaudación de la deuda, para luego, a partir de ese momento, empezar a abonar a capital. Y si el infortunado deudor se atrasa tres o cuatro veces durante ese larguísimo tiempo de la deuda, es sancionado con intereses triples, sin que la entidad encargada –en el papel- de controlar esos abusos y poner orden en el sector, la Superintendencia Financiera, haga absolutamente nada por el pobre usuario, porque la corrupción en Colombia es tal, que dicha Superintendencia no es la autoridad que controla, sino es una cómplice y amanuense del sector gracias a los nunca ausentes ‘sobornos’ multimillonarios.

En síntesis, la banca colombiana es peor que la francesa, que, según cuenta el brillante escritor y periodista Enrique Santos Calderón en sus Memorias tituladas ‘El país que me tocó’, en mayo de 1981 ganó la presidencia gala el socialista Francois Mitterrand, y “de entrada nacionalizó la banca en un país en donde la gente tiene el corazón a la izquierda, pero la billetera a la derecha. Le tocó dar marcha atrás”.

Parafraseando al General Charles De Gaulle, hoy en Colombia, cualquier dirigente decente, honorable, íntegro, a los pocos meses de estar en la Casa de Nariño, al tomar las primeras medidas, tendría que echar rever y decir: “Es imposible gobernador una nación donde hay 24 millones 600 mil clases de corruptos e insolidarios encabezados por la banca”.

En la misma obra Santos Calderón relata que lo mismo le ocurrió en mayo del 68 al General De Gaulle “pero por diferentes causas, exasperado, en una alocución televisada, dijo: “Es imposible gobernar una nación con 246 clases de queso”.

Al reflexionar más a fondo sobre las sabias palabras del predicador de la Casa Pontificia, sacerdote Raniero Cantalamessa, lo deseable sería que los desalmados dueños del sector financiero colombiano, y en general de todos los corruptos que arruinan al país, se miraran en el espejo de los multimillonarios que, a pesar de sus grandes fortunas, han caído sin clemencia ni perdón frente a un enemigo que ellos no esperaban y mucho menos temían, porque se consideraban semidioses: el Coronavirus.

¡Mirad al árbol de la Cruz!

Después se realizó la adoración de la cruz, aclamada tres veces en latín con las palabras “Mirad el árbol de la Cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo. ¡Venid a adorarlo!”.

En esta ocasión, la adoración se realizó con el crucifijo milagroso de San Marcelo, que ayudó a vencer la peste hace varios siglos y ante el cual el Papa rezó el viernes 27 de marzo por el fin de la pandemia.

Al igual que otros años, el predicador de la Casa Pontificia, P. Rainiero Cantalamessa, pronunció la homilía. Esta vez su prédica llevó por título “Tengo proyectos de paz, no de aflicción”.

San Gregorio Magno decía que la Escritura cum legentibus crescit, crece con quienes la leen. Expresa significados siempre nuevos en función de las preguntas que el hombre lleva en su corazón al leerla. Y nosotros este año leemos el relato de la Pasión con una pregunta —más aún, con un grito— en el corazón que se eleva por toda la tierra. Debemos tratar de captar la respuesta que la palabra de Dios le da.

Causas y defectos

Lo que acabamos de escuchar es el relato del mal objetivamente más grande jamás cometido en la tierra. Podemos mirarlo desde dos perspectivas diferentes: o de frente o por detrás, es decir, o por sus causas o por sus efectos.

Si nos detenemos en las causas históricas de la muerte de Cristo nos confundimos y cada uno estará tentado de decir como Pilato: «Yo soy inocente de la sangre de este hombre» (Mt 27,24). La cruz se comprende mejor por sus efectos que por sus causas. Y ¿cuáles han sido los efectos de la muerte de Cristo? ¡Justificados por la fe en Él, reconciliados y en paz con Dios, llenos de la esperanza de una vida eterna! (cf. Rom 5, 1-5).

Pero hay un efecto que la situación en acto nos ayuda a captar en particular. La cruz de Cristo ha cambiado el sentido del dolor y del sufrimiento humano. De todo sufrimiento, físico y moral. Ya no es un castigo, una maldición. Ha sido redimida en raíz desde que el Hijo de Dios la ha tomado sobre sí.

¿Cuál es la prueba más segura de que la bebida que alguien te ofrece no está envenenada? Es si él bebe delante de ti de la misma copa. Así lo ha hecho Dios: en la cruz ha bebido, delante del mundo, el cáliz del dolor hasta las heces. Así ha mostrado que éste no está envenenado, sino que hay una perla en el fondo de él.

Y no solo el dolor de quien tiene la fe, sino de todo dolor humano. Él murió por todos. «Cuando yo sea levantado sobre la tierra —había dicho—, atraeré a todos a mí» (Jn 12,32). ¡Todos, no sólo algunos! «Sufrir —escribía san Juan Pablo II desde su cama de hospital después del atentado— significa hacerse particularmente receptivos, especialmente abiertos a la acción de las fuerzas salvíficas de Dios ofrecidas a la humanidad en Cristo».

Gracias a la cruz de Cristo, el sufrimiento se ha convertido también, a su manera, en una especie de «sacramento universal de salvación» para el género humano

¿Cuál es la luz que todo esto arroja sobre la situación dramática que está viviendo la humanidad? También aquí, más que a las causas, debemos mirar a los efectos. No sólo los negativos, cuyo triste parte escuchamos cada día, sino también los positivos que sólo una observación más atenta nos ayuda a captar.

La pandemia del Coronavirus nos ha despertado bruscamente del peligro mayor que siempre han corrido los individuos y la humanidad: el del delirio de omnipotencia. Tenemos la ocasión —ha escrito un conocido Rabino judío— de celebrar este año un especial éxodo pascual, salir «del exilio de la conciencia».

Ha bastado el más pequeño e informe elemento de la naturaleza, un virus, para recordarnos que somos mortales, que la potencia militar y la tecnología no bastan para salvarnos. «El hombre en la prosperidad no comprende —dice un salmo de la Biblia—, es como los animales que perecen» (Sal 49,21). ¡Qué verdad es!

Mientras pintaba al fresco la catedral de San Pablo en Londres, el pintor James Thornhill, en un cierto momento, se sobrecogió con tanto entusiasmo por su fresco que, retrocediendo para verlo mejor, no se daba cuenta de que se iba a precipitar al vacío desde los andamios. Un asistente, horrorizado, comprendió que un grito de llamada sólo habría acelerado el desastre. Sin pensarlo dos veces, mojó un pincel en el color y lo arrojó en medio del fresco. El maestro, estupefacto, dio un salto hacia adelante. Su obra estaba comprometida, pero él estaba a salvo.

Así actúa a veces Dios con nosotros: trastorna nuestros proyectos y nuestra tranquilidad, para salvarnos del abismo que no vemos. Pero atentos a no engañarnos. No es Dios quien ha arrojado el pincel sobre el fresco de nuestra orgullosa civilización tecnológica. ¡Dios es aliado nuestro, no del virus!

«Tengo proyectos de paz, no de aflicción», nos dice él mismo en la Biblia (Jer 29,11). Si estos flagelos fueran castigos de Dios, no se explicaría por qué se abaten igual sobre buenos y malos, y por qué los pobres son los que más sufren sus consecuencias. ¿Son ellos más pecadores que otros?

¡No! El que lloró un día por la muerte de Lázaro llora hoy por el flagelo que ha caído sobre la humanidad. Sí, Dios «sufre», como cada padre y cada madre. Cuando nos enteremos un día, nos avergonzaremos de todas las acusaciones que hicimos contra él en la vida. Dios participa en nuestro dolor para vencerlo. «Dios —escribe san Agustín—, siendo supremamente bueno, no permitiría jamás que cualquier mal existiera en sus obras, si no fuera lo suficientemente poderoso y bueno, para sacar del mal mismo el bien».

¿Acaso Dios Padre ha querido la muerte de su Hijo, para sacar un bien de ella? No, simplemente ha permitido que la libertad humana siguiera su curso, haciendo, sin embargo, que sirviera a su plan, no al de los hombres. Esto vale también para los males naturales como los terremotos y las pestes. Él no los suscita.

Él ha dado también de la naturaleza una especie de libertad, cualitativamente diferente, sin duda, de la libertad moral del hombre, pero siempre una forma de libertad. Libertad de evolucionar según sus leyes de desarrollo. No ha creado el mundo como un reloj programado con antelación en cualquier mínimo movimiento suyo. Es lo que algunos llaman la casualidad, y que la Biblia, en cambio, llama «sabiduría de Dios».

La solidaridad humana

El otro fruto positivo de la presente crisis sanitaria es el sentimiento de solidaridad. ¿Cuándo, en la memoria humana, los pueblos de todas las naciones se sintieron tan unidos, tan iguales, tan poco litigiosos, como en este momento de dolor? Nunca como ahora hemos percibido la verdad del grito de un nuestro poeta: «¡Hombres, paz! Sobre la tierra postrada demasiado es el misterio».

Nos hemos olvidado de los muros a construir. El virus no conoce fronteras. En un instante ha derribado todas las barreras y las distinciones: de raza, de religión, de censo, de poder. No debemos volver atrás cuando este momento haya pasado.

Como nos ha exhortado el Santo Padre no debemos desaprovechar esta ocasión. No hagamos que tanto dolor, tantos muertos, tanto compromiso heroico por parte de los agentes sanitarios haya sido en vano. Esta es la «recesión» que más debemos temer.

De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra (Is 2,4).

Es el momento de realizar algo de esta profecía de Isaías cuyo cumplimiento espera desde siempre la humanidad. Digamos basta a la trágica carrera de armamentos. Gritadlo con todas vuestras fuerzas, jóvenes, porque es sobre todo vuestro destino lo que está en juego.

Destinemos los ilimitados recursos empleados para las armas para los fines cuya necesidad y urgencia vemos en estas situaciones: la salud, la higiene, la alimentación, la lucha contra la pobreza, el cuidado de lo creado. Dejemos a la generación que venga un mundo más pobre de cosas y de dinero, si es necesario, pero más rico en humanidad.

¡Señor, ven en nuestra ayuda!

La Palabra de Dios nos dice qué es lo primero que debemos hacer en momentos como estos: gritar a Dios. Es él mismo quien pone en labios de los hombres las palabras que hay que gritarle, a veces incluso palabras duras, de llanto y casi de acusación. «¡Levántate, Señor, ¡ven en nuestra ayuda! ¡Sálvanos por tu misericordia! […] ¡Despierta, no nos rechaces para siempre!» (Sal 44,24.27). «Señor, ¿no te importa que perezcamos?» (Mc 4,38).

¿Acaso a Dios le gusta que se le rece para conceder sus beneficios? ¿Acaso nuestra oración puede hacer cambiar sus planes a Dios? No, pero hay cosas que Dios ha decidido concedernos como fruto conjunto de su gracia y de nuestra oración, casi para compartir con sus criaturas el mérito del beneficio recibido [6]. Es él quien nos impulsa a hacerlo: «Pedid y recibiréis, ha dicho Jesús, llamad y se os abrirá» (Mt 7,7).

Cuando, en el desierto, los judíos eran mordidos por serpientes venenosas, Dios ordenó a Moisés que levantara en un estandarte una serpiente de bronce, y quien lo miraba no moría. Jesús se ha apropiado de este símbolo.

«Como Moisés levantó la serpiente en el desierto —le dijo a Nicodemo— así es preciso que sea levantado el Hijo del hombre, para que todo aquel que cree en él tenga vida eterna» (Jn 3,14-15). También nosotros, en este momento, somos mordidos por una «serpiente» venenosa invisible. Miremos a Aquel que fue «levantado» por nosotros en la cruz. Adorémoslo por nosotros y por todo el género humano. Quien lo mira con fe no muere. Y si muere, será para entrar en la vida eterna.

 

 

 

 

*Agradecemos de manera muy especial el valioso aporte del afamado caricaturista colombiano residente en España, Omar Fifueroa Turcios, quien se firma como ‘Turcios’, ganador de decenas de premios mundiales de caricatura.

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