Crónicas

Una noche borracha en la capital en medio de cocteles baratos y champeta.

Por: Randy Gómez Africano “El Gonzolombiano”

Cuarta parte del especial Estudiantado After Hours: Reportajes en Gonzo sobre la rumba universitaria bogotana.

Este capítulo es una continuación con estilo gastronómico del capítulo anterior “La rumba universitaria se reserva el derecho de admisión en un segundo (es decir, te saca hagas algo o no)”

Prólogo (donde las ganas de fiesta van a la baja)

11:30 PM (si, apenas pasó media hora)

Deja Vu se ve todavía en funcionamiento desde aquí, en la esquina de su acera, con el paisano de Will-un joven flaco, barbado al estilo de Anuel AA y de ojos claros al que llamaré El Varón– vigilando y uno de los barmans vestidos como escoltas del lugarcharlando con él, mientras que ambos parecen esperar a la llegada, aparentemente sin éxito, de más gente joven a su entrada.

A pesar de eso, nada indica que la gente de adentro haya comenzado a irse. Así que yo, con esperanzas de que al menos hay una hora de juerga restante, paso de la punta de la carrera 11 a la mitad, y llego a ese antro oculto entre paredes pintadas de negro y locales cerrados con poca luz.

-Aja varón, ¿Cómo te va? -pregunta el paisano de Will

-Bien compadre. Ve ¿todavía hay rumba?

-Nada mano, ya está todo el mundo de salida y ya es la hora del cierre. Llegas tarde

– ¿Qué? ¿Y eso?

-Ya todo el mundo se empezó a ir, hoy como que la cosa no funcionó

-¿En serio?-pregunto

-Si quieres entra y miras como está la cosa. No hay casi nadie

Aquellas palabras y toda esta escena terminan por confundirme. Pues a diferencia del local sellado al cruzar la calle, Deja Vu si está abierto hoy, funcionando como cada día pero sin tener el movimiento y situaciones de esas jornadas hedonistas. Esas que siempre a Will, a El Paisano o a El Varón siempre los tienen entregando boletas, revisando cédulas, cobrando cifras por encima de los 5 mil pesos para entrar y deteniendo peleas entre machos celosos y tomados.

Esa confusión propia también la nota, y comparte, El Varon, y aunque su actitud no cambia de la pasividad con la que actúa hasta en los momentos más violentos en esta entrada que siempre tiene bajo su observación, trata de teorizar el porqué de la ausencia de la masa de cada viernes.

-Yo creo que no tuvieron ganas de venir. Tal vez andan en parciales

-Pero no se supone que la gente aquí viene hasta en los huecos de las clases

-Si, pero no sé qué pasó. Aquí los días de semana los estudiantes vienen hasta las 10 y media, y luego se van. Pero en un viernes eso no es así

-Aquí los pelaos no aguantan nada por lo que veo-digo

-Jeje, si

Creyendo que la duda está respondida, aquel hombre del vecino país cambia su cara y emulando a Will y su amistosa confianza, busca saber que me trajo por aquí a una hora tan cercana al día nuevo. Mi respuesta, desconfiada y avergonzada al mismo tiempo, solo consiste en decirle:

-Nada, quería salir y nada está movido hoy. Aparte el vale de la Ü me dijo que me vetaron

– ¿Por qué?

-Porque me puse a mirar a la novia del dueño-respondo

Justo ahí, su cara, que estaba metida en la sonrisa tranquila, se transforma. Adquiriendo una actitud burlona con la que comienza a reírse picaron. Parece que saber de la situación dará para que, merecidamente, se burle de mí y no conmigo, hasta que, de un momento a otro, en una conclusión inesperada y sexista propia de una comedia negra, me exonera de toda culpa.

-Es que ella se viste así para que la vean-dice

-…

-Si, ella se suele vestir así, ja ja ja. No colabora-agrega el barman

-Bueno, es imposible mirarla a ella-digo incómodo

En consecuencia, disgustado por eso y consciente de que al entrar me hallaría sólo en una sala vacía, me despido del flaco y dejó atrás ese lugar, marchándome hacia el norte en medio de las ganas de devolverme a mi casa.

En esta noche la fiesta está muerta, todas mis ganas de ella se han caído con aquello y el saber mi reputación no grata en este mundillo, junto a la complicidad de un dicho sexista y degradante, no la hace nada agradable ni merecedora de darle más tiempo de mi noche alta a la estancia por estas calles. Lo mejor para mí, es volver a pesar del aburrimiento.

De la vereda a los cócteles urbanos

Lo opuesto a todas esas escenas de estos reportajes ocurre. En pocos segundos subo la 60, pasó la acera, y con ello, salgo de la vereda de siempre. A cada paso me encuentro aún más solo, y más en esta esquina donde alumbra más la luz que proviene de los locales de El Perrote y Drogas La Rebaja que los postes públicos. Así que, para volver más seguro a la zona acaudalada posterior a la Séptima, decido meterme en el siempre mencionado, pero nunca protagonista, Parque de los Hippies.

Ahí, observo toda la otra acera de la 60, la que está al frente del parque. Ella me llama, se presenta como la chance que, contradictoria a mi conclusión de hace minutos, cumplirá mi deseo guardado en el fondo de que esta noche no muera, pues dentro suyo queda algún tipo de local con luces vivas en su techo y con música a alto volumen, abierto y atendiendo a jóvenes sin distracción en esta noche cada vez más alta como yo.

Queriendo confirmar eso, me devuelvo por la acera del parque, dando prácticamente una vuelta de bobo, y paso a esa acera. Ahí, se levanta ante mí la deforme figura de esta vecindad compuesta por la mezcla de pequeños edificios despintados, casas de apariencia republicana o colonial antiguas propias de La Candelaria o zonas de Chicó, y uno que otro local o bodega sin logo encima y grafitado varias veces, mientras veo cada lugar para caer muerto por la necesidad de bebidas etílicas en la sangre, deseando que me atiendan con chupe barato pagado de mi bolsillo de estudiante.

Sin embargo, lo que hay es escaso. Un local enorme de papas fritas llamado Pa´parchar está en pleno cierre; una tienda de la esquina, a diferencia de cómo son en otras calles, no tiene sillas para tomar, ni música para ambientar charlas borrachas, ni mucha luz en sí; la tienda de empanadas de lechona está llena de gente y solo vende cervezas; y la vendedora callejera de perros guarda sus cosas para irse. Sólo queda abierto y a la espera el pequeño bar Distrito Cóctel en pie, funcionando sin descanso a pesar de la hora.

Este sitio ya lo había visto un par de veces a cada bajada y subida de estas calles hecha por mí, hallando siempre la imagen de grupos de universitarios conversando en medio de ingestas de granizados en vasos plásticos. Tanto el, cómo el mencionado, BlackZeven-otro bar ubicado al cruzar la Séptima-responden a esa parte del mercado de los tomaderos y rumbeaderos donde se venden granizados parecidos al ICE o a un raspao cuando se derrite, pero con mezclas de licores en vez de esencias tan dulces que llegan al nivel de provocar diabetes.

Lo más cercano que había visto, y probado, eran unos cócteles similares en mi ciudad natal, Barranquilla, de un sitio llamado Wet Sunday. Reconocido por vender ese mismo tipo de mezclas en peceras-no, no es un nombre y ya, de verdad son las peceras que se usan para los peces mascota- para que tres o cuatro personas las beban mientras se emborrachan escuchando reggaetón.

-Creo que tocará ir al Distrito Cóctel, pero no sé si confiar en los cocteles de ahí. Primero veré si está abierto BlackZeven-pienso

Así, un titubeo, que se manifiesta en mi subida y bajada de toda la acera comienza. Me voy hacia la esquina y miro si el otro local está funcionando, pero al verlo a oscuras y las mesas en pleno guardado por parte de los meseros dentro su chiquito interior, descarto cualquier chance de ir ahí. Luego me regreso; caminoteo una y otra vez por la acera; cruzo la novena pero me devuelvo y paso de esquina a esquina otra vez; y vuelvo a rondar de un sitio a otro. Así, todo hecho en bucle.

Tanto llego a hacerlo que los comensales de los locales abiertos, los degustadores de empachonas y compradores de alguna pizza callejera, comienzan a mirarme con la propia cara de lado, expresando con sus gestos un qué le pasa a este chino. Tal vez piensan que soy un ratero o algo peor que busca sacarles una pistola por cualquier razón. Así que para evitar un llamado de los policías del CAI, de inmediato me detengo justo en frente del local.

Ahí una chica bajita, de facciones indígenas y delgada figura espera en la mitad de la puerta, viendo quien pasa o llega a su lugar y descansando de servir todo el rato mientras yo me aproximo. Ella ya vio todo mi recorrido, pero en ningún momento me ofreció pasar, por lo que, en medio de mi propia duda de tomar ahí o no, le pregunto:

– ¿Todavía están abiertos?

-Si claro-dice exaltada

Así como ella reacciona, y corre para atenderme y darme el paso como la anfitriona de cualquier restaurante gourmet, un hombre alto y canoso dice lo mismo mientras se va de un círculo de hombres de su misma apariencia con los que habla. Se le nota tan “emocionado” interesado en que yo entre y tan acaudalado con su pinta propia de Gianluca Vacchi, que sin hablar confirma que es el dueño de este sitio mientras se hace el anfitrión.

***

Al pasar, este lugar que siempre había visto iluminado por una luz azul sin importar si era de día, revela su verdadera forma. Es un pequeño pasillo de tres metros de largo, y si acaso metro y medio de largo, que a lo largo de él tiene algunas mesas bajitas y otomanes hechos con barriles de acero; luces azules provenientes de dos lámparas neón con forma de antena; alguno que otro letrero neón con la cara de un alíen; y una barra con sillas altas hecha de una reja negra en una de sus paredes.

Esta última está cubierta por todo tipo de garabatos grafitados con pinturas negra, rosa y verde que se extienden hasta al fondo, donde en una zona un poco más ancha con más mesas y el baño, se encuentra un muro pequeño en el que están las máquinas de granizados, con sus mezclas adentro en pleno batir, y otra muchacha muy parecida a la de la puerta atiende a la gente, justo en el mismo momento en el que llego buscando chupe acompañado de su gemela.

-Estos son cócteles, ¿cierto?

-Si, son granizados con alcohol

-¿Cuáles tienes?

Rápidamente me muestra cada máquina y las cuatro mezclas que tienen. Todos poseen dentro una mezcla de tragos que de solo escucharla ya le da miedo a mi hígado y marea mi cráneo sin necesidad de probarlas: Vodka con whisky, ron y aguardiente con algún jugo amarillo; uno con “jugo de lulo” y a la vez aguardiente; uno de “limonada de coco” con Baileys y otro de vodka y ron mezclados con lo que, o es frutos rojos o es sabor a chicle.  

-¿Quieres ese? Es el más fuerte de todos-me dice al pedirle el de los cuatro licores

-Si, ¿Cuánto cuesta?

-10 mil el pequeño y 14 mil el grande-responde

Impresionado por esa cantidad, le pago los 14 con la billetera virtual e inmediatamente saca un vaso de plástico propio de los que se usan para servir jugos y batidos como los Cosechas para servir la bebida. Nunca pensé tomar un cóctel granizado en esta noche, y mucho menos pagando así de barato, así que es válida la sorpresa. Más al pensar que en mi ciudad no bajan de los 16 mil.

Aunque a diferencia de este tomadero de Chapinero Central, los Wet se venden como bares exclusivos para jóvenes adinerados que rondan los barrios con rascacielos o condominios de Barranquilla y estudian en colegios bilingües.

En ese momento, un amarillento menjurje con la textura de un raspao, con olor a té helado y cubierto por una montaña de todas las variantes de gomitas como los gusanos, los trozos de sandía y las tiras acidas multicolor, aparece colmando todo el vaso desechable. Exponiendo ante mi toda la bomba de dulce y alcohol y, por ende, todo el nivel casi que radiactivo de azúcar que hay dentro de cada gota, trago y chorro.

Ante esta imagen solo alcanzo a pensar:

-Esto me va a matar de borrachera

***

Bebo con los sorbos más tranquilos y eternos que puedo lo que queda de este bebedizo, y un sabor como a maracuyá, pero también de perfume, azúcar, canela y hasta madera se mete en mi tráquea rápidamente a la par que el granizo cortante trata de subir a mi cabeza. Todo mientras intento masticar cada una de esas gomitas que se endurecieron.

Solo siento puras presiones y hundimientos dentro de mi cerebro, mientras los ojos comienzan a ponerse como la imagen de una cámara desenfocada, borrosos, y a cada que intento levantar algún brazo, este se va y cae sobre cualquier cosa como si hubiera pegado algún golpe al aire.

Apenas tomé el primer trago de esta poción, sentado en la barra de reja industrial reutilizada, inmediatamente la caída y el golpe de aquel sabor. Al principio pensé que de verdad corría un riesgo de coma diabético por tanta glucosa ascendente en toda mi sangre, pero después noté que más es el riesgo de quedar noqueado y con un coma etílico. Uno que ahora me persigue en medio de las conversaciones de todos los grupos de jóvenes presentes y la música a toda máquina, sorprendentemente compuesta por puros temas de champeta.

-Me dijiste que tienes unos pinchos en el menú ¿cierto? -pregunto

-Si, son de pollo y vienen con dos salsas-responde La Gemela

-Dámelos ya

-Son 8 mil por cada uno

Rápidamente, la gemela saca su datáfono con forma de Blackberry y el pago con mi tarjeta es aceptado entre protocolos y mensajes de confirmación. Estoy tan borracho que apenas si puedo mantener mí, siempre jorobada, postura de ebrio tambaleante y propensa a tenerme tumbado en todo, hasta en personas. Algo que nota La Vigilante mientras su gemela se va a un cuarto, posiblemente a cocinar los pinchos, pero no hace más que mirarme.

Pocos minutos después, La Gemela me trae, metida en uno de esos platos gourmet con forma de canasto de freidora, el pincho. Es solo uno y se encuentra levemente quemado, mientras observo que, en apariencia, es uno de esos pinchos que se venden en todo supermercado, que esperan a que los agarren después de estar metidos todo el rato en un congelador para pasarlo a otro, pero de una alguna casa familiar.

Ante esto, mientras siento su sabor a pollo procesado con el apanado parecido a un Corn Flakes, y como lo más rápido que puedo ese también azucarado picante similar al sweet chilli que me entregaron con él para pasarme esta borrachera, digo a regañadientes:

-8 mil por esta vaina? No lo puedo creer

Pero, minutos después, poco mejora el inconveniente con el picante a pesar de habérmelo tragado , aunque ahora ya el efecto de ese brebaje ya no me afloja las extremidades. Siento una fatiga en el cuerpo, de las que debería dar pero al día siguiente con la resaca, que me saca de la rejilla ante el poco equilibrio de la silla y me manda a una pared al costado del muro donde atienden las camareras gemelas.

Mientras tanto, un grupo de dos flacas morenas y altas, que por su acento parecen provenir de mi región, mas no de mi pueblo, piden un par de champetas más. La que nos deleitará ahora es La Marea de Zaider, y mientras ese par se extasía con el ritmo y se devuelve a donde su grupo, yo me estampo contra esta pared, incomodando-o eso pienso yo- a otro grupo que está al frente de mí.

Aparte de ellos, un trio de un muchacho delgado vestido en manga corta roja a pesar del frio, una corpulenta muchacha vestida de negro, y una flaca bajita trigueña, hay toda una congregación de jóvenes universitarios. Que en un aire más jocoso y tranquilo se juntan en parches pequeños para, a diferencia de los que andan en los antros, charlar al son de los mismos géneros de estas, pero bebiendo cócteles en un formato de pub urbano callejero.

Entre ellos se pueden encontrar todo tipo de personajes: La amiga atractiva; el muchacho con gorra y camiseta que se cree Feid o Ryan Castro; la pareja de amiga bonita y amigo “afeminado”; el muchacho con cara tipo Maluma hablándole interesado a una muchacha alegre; y yo, es decir, el joven solitario que se toma aburrido su cóctel mientras está solo y aburrido. Todos andan con su maletas en el suelo o en uno de los brazos, y beben en medio de conversaciones de chismes sobre compañeros desdichados o temas virales en la red, donde vuelan los imagínate, sabes lo que le paso, que opinas de lo de y demás frases así para comenzar la habladera.

Eso mismo ocurre ahí en ese grupo de al frente de mí, por lo que me voy al mostrador con tal de no oír sus chismes de lo que le paso a una amiga en un trabajo.

***

Me encierran en un círculo, se ponen a cantar entre sí El Gustico de El Boogaloo, entre risotadas y éxtasis por borrachera, y con sus sonrisas me invitan a bailar con ellos como si yo fuera uno más de su parche. Este grupo, al que pertenecen las dos posibles cartageneras, quiere ver mis pasos, que hasta cuando estaba en la barra los tiraba sentado, desde que me vieron pidiendo Catalina de Mr Black a las gemelas.

En aquel momento me acerqué, en medio de una distribución de muestras de chorros del coctel del coctel limonada con Bailey’s-en vasos de tintos callejeros de 500 pesos, y le pedí ese éxito del presidente mientras tomaba ese trago y agarraba su pequeño recipiente con la actitud propia de alguien que bebe un vaso de vino en medio de una charla.

Ahí, La Gemela,sonriente por verme así de interesado, y tal vez esperando que le comprara otro cóctel, me preguntó:

-¿De dónde eres? ¿Cartagena?

-No, de Barranquilla-respondí

Después de eso, ese mismo vasito me lo llevé a la barra, justo al frente de la mesa bajita donde el grupo de esas chicas, también compuesto por otra morena bajita y con gafas como La Gemela, pero paisa; un chico imitador de Feid pero vestido todo de azul en vez de verde y una flaca blanquita de mirada inocente, se reúne.

Ahí me vieron emocionado con la música, y tan “impresionados” quedaron que, ahora, me tienen aquí, danzando con una cara de recién levantado, y no me dejan salir de su ronda. Mientras que en una mal cierre casi me quiebro

-Este man sabe bailar-dice la morena alta

-Está bien borracho-dice el Feid impostado

En ese momento el lugar entero se enciende. El Feid y la paisa bailan entre ellos; la inocente se mueve a cada ritmo y trata de seguirme el paso; las dos cartageneras hacen el caballito, los demás clientes ven curiosos desde el fondo, las gemelas cantan cada canción; vuelan puros woo y eh-eh-eh-eh; y todos jadean al unísono el la que me prueba se trama.

Yo por otra parte me concentro en el orden de brinco a la derecha-cierre de piernas y dos brincos a la izquierda, muevo cada cadera dos veces en cada lado, pego saltos a cada golpe del ritmo con las piernas juntas, echo cada pierna hacia delante y la giro, y hago cualquier  pase como si estuviera en un picó. Teniendo una sonrisa la sonrisa propia de una traba en mi cara, ya que finalmente, aquí, sin que eso hubiera sido lo esperado y lo cumplidor del objetivo de este lugar, el deseo interno de rumba se manifestó.

***

Tras la borrachera, esa sonrisa queda ahí, intacta. Incluso cuando media hora después las gemelas reciben una llamada y, de un momento a otro, aprietan un switch y le quitan todo el azul neón a este lugar. Tornándolo de blanco mientras le dicen a la gente que ya es hora de cerrar.

En ese momento, todos los jóvenes salimos contentos, hablando entre nosotros y chocando nuestras manos. Unos se van a la 60, tal vez buscando más juerga, y otros, como yo, nos devolvemos borrachos a nuestras residencias con la sonrisa brillando y sin poder caerse, y la ironía sentida y metida en el pensamiento. Pues yo, tengo el riesgo de tener un guayabo paralizante a causa de lo bebido esta noche.

Que importa,pienso confiado, e ideo el cómo pedirle algo de chile a Arge y a Paty, la otra chica mexa de la residencia. Hay que resolver el guayabo, y quiero hacerlo enchilado con habaneros maduros.

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