Diferentes representantes de las víctimas, organizaciones y civiles firmaron el ‘Espacio Regional de Construcción de Paz en los Montes de María’.
«No es necesario estar en La Habana para dar cátedra de paz».
Por: Estela Monterrosa Cabarcas
La mañana del 15 de marzo era especial en los Montes de María. Los niños de diferentes veredas fueron llegando, llevaban pendones pidiendo paz. Mujeres de Mampuján venían en grupo cantando un lumbalú. Los indígenas con sus gaitas expresaban sus tradiciones. Campesinos portando unos pequeños ataúdes con letreros en los que se leía: Guerra, violencia, injusticia, maltrato contra las mujeres, corrupción.
Todos llegaron a una loma y los enterraron para dejar el dolor en el olvido. Para enterrar el momento en que a principio de los noventa entraron los paramilitares a los Montes de María y se revolvió la historia de ese pueblo. El tiempo en que las reglas las puso un ejército que decidía sobre la vida y la muerte. Varios municipios de la región enfrentaban la creación de pequeños grupos de autodefensa —muchos alcanzaron a formalizarse como cooperativas privadas de seguridad “Convivir”— que guardaban una estrecha cercanía con empresarios y dirigentes políticos con claros intereses en el territorio.
En los Montes de María se dio la presencia del Frente Jaime Bateman Cayón del Ejército de Liberación Nacional (ELN); la Compañía Jaider Jiménez del Ejército Popular de Liberación (EPL); los Frentes 35 (“Antonio José de Sucre”) y 37 (“Benkos Biohó”) de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC Bloque Caribe); el Partido Revolucionario de Trabajadores (PRT), la Corriente de Renovación Socialista (CRS) que surgió en 1991 al interior de la Unión Camilista – Ejército de Liberación Nacional (UC–ELN) y el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) con la Compañía Ernesto Che Guevara, disidencia del ELN creada en 1996.
Esa reunión de grupos insurgentes fue el origen de una confrontación que hizo de los Montes de María el escenario de algunos de los episodios más macabros de la historia reciente del conflicto colombiano. A partir de 1995 aparecen los grupos de paramilitares del Bloque Norte, miembros de las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (AUCC) con el objetivo de controlar los corredores ubicados en la región, frenar la influencia y el accionar de los grupos guerrilleros.
En el año de 1998 se conforma el Bloque Héroes de los Montes de María de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), compuesto por el Frente Canal del Dique, el Frente Central Bolívar y el Frente Golfo de Morrosquillo. Además de los grupos de guerrilleros y paramilitares, desde la década de los ochenta, los narcotraficantes fueron comprando tierras en la zona del Litoral Caribe situada alrededor del Golfo de Morrosquillo, al norte de Sucre, entre el valle de la Sierra Flor y el Mar Caribe, ubicado en Toluviejo, Palmitos, Coveñas y San Onofre, y en Sampués, en el centro de Sucre.
Es así como en los Montes de María, desde la segunda mitad de la década de los noventa, se generó un período de agudización de la violencia con relación a los años anteriores. Así aumentaron las desapariciones forzadas, los asesinatos selectivos, las masacres (Pichillín, Colosó, El Salado, Macayepo, Chengue, Las Brisas, entre otras), secuestros, desplazamientos forzados, retenes ilegales, extorsión a los ganaderos y agricultores, destrucción de equipamiento de transporte, de infraestructura eléctrica y de infraestructura de la administración pública, cooptación de las instituciones estatales, apropiación de recursos de los entes territoriales y la coacción al elector.
Pero hoy todo esto va a quedar atrás. Los corazones están abiertos, unos en proceso de curación, y otros muchos ya reconstruidos, logrando lo que nunca se pensó: la reconstrucción total de una región profundamente golpeada y firmando una paz, la verdadera paz. He aquí como se expresan hoy sus líderes y lideresas.
“Hoy podemos interpretar lo que está sucediendo en La Habana, lo que nos lleva a entender los retos de la construcción de paz en el territorio. Hay una incertidumbre de encontrarnos con personas que hicieron daño en el territorio. Tenemos el gran reto de la reconciliación y el perdón, aún hay heridas sin cicatrizar, aún hay llantos, no va a ser fácil este encuentro, porque han hecho daños grandes, aún el dolor está en nuestras comunidades, aún las personas no han encontrado sus desaparecidos, hay grandes dolores, muchos niños que no pudieron conocer a sus papás. Necesitamos transformar el dolor en tranquilidad. Necesitamos que nos sigan apoyando”, dice Carmen Sierra, lideresa de San Onofre, Sucre.
“Hay unos grandes retos, entre estos la implementación misma en el territorio: la implementación debe ser concertada. Otro es la corrupción: las comunidades son conscientes que la implementación debe pasar por las administraciones, la alcaldía municipal. La comunidad se siente en peligro porque no hay garantía de que los recursos sean usados correctamente, la única forma de enfrentar este problema es empoderarnos como veedores», dice Joel Cerpa de San Jacinto, Bolívar.
“El Gobierno tiene que enmendar todo lo que se rompió, sociedad desequilibrada, sin equidad, tenemos que trabajar la paz en los hogares, nuevas generaciones no se están enamorando del campo prefieren irse, no ven la agricultura como un modo de vida porque no es rentable, debemos organizarnos y ser escuchados. A los Montes de María deben responder por nuestras víctimas, sin proceso de paz o con proceso nosotros vamos a luchar por la paz, que no se quede solo en el papel”, Haroldo Canoles, Líder de Alta Montaña, Carmen de Bolívar.
“Cuando escuchamos a estas personas, nuestros oídos escuchan música, sí música, porque son palabras sin odio, dispuestas a apostar por un país que requiere esto, gente llena de amor, de perdón, de ganas de volver a vivir con esperanza, que es lo que hoy sucede en Los Montes de María».
«Este precioso suelo, esto era un bello jardín/ Más tarde vino el balín, tiñó de sangre el anhelo de un pueblo que miró al cielo, pidiéndole a Dios bendito/ un pueblo que clamó a gritos: ¡Favor, no nos maten más!/ Hoy se va a firmar la paz, gracias Dios que eso es bendito”.
Versos del juglar montemariano Julio Cárdenas.
El acto
Líderes y representantes de las organizaciones campesinas, de mujeres, de negros, de jóvenes y de indígenas de 15 golpeados municipios de Sucre y Bolívar, lograron ponerse de acuerdo para crear un punto de encuentro llamado ‘Espacio regional de construcción de paz de Montes de María’, oficialmente presentado con la firma simbólica del fin del conflicto.
Es que este movimiento es tan grande en los Montes de María, que aún hoy hay grupos por fuera del Espacio regional de construcción de paz que resultó de esas conversaciones. Se dice informalmente que puede haber más de mil procesos sociales en la región. Y como dijo el alcalde de El Carmen de Bolívar, Rafael Gallo, (quien llegó a ese cargo con apoyo de parte de las víctimas): “Mientras en La Habana dos partes que se conocen bien juegan a negociar la paz, y el pueblo colombiano observa cómo los intereses particulares de cada una de éstas predominan, aquí en Montes de María entendimos que la paz no puede depender sólo de los que han hecho la guerra”.
Todo esto se dio el día 15 de marzo con la presencia de funcionarios de la Oficina del Alto Comisionado para la Paz y del Alto Comisionado para los Derechos Humanos, en el parque principal del municipio de El Carmen de Bolívar, en el norte del departamento. Esta firma simbólica de la paz, que se hizo en un gran libro por parte de las comunidades de la zona, es a su vez un acto de resistencia pacífica de los habitantes monte marianos.
“Esta movilización tiene como fin, además, el lanzamiento del ‘Espacio Regional de Construcción de Paz en los Montes de María’ que se propone, generar una agenda de paz desde las regiones para que sean escuchadas en el centro del país. Los asistentes firmaron un gran libro de la paz y del cual se le envió un documento al presidente Juan Manuel Santos”, aseguró Juana Ruiz, representante legal de las tejedoras de Mampuján y Premio Nacional de Paz 2015.
Esta cita con la paz convocada precisamente en la región que es escenario de las dos únicas sentencias de Justicia y Paz que se llevaron en el país para la desmovilización de los grupos paramilitares, estuvo encabezada por la Defensoría del Pueblo y asociaciones de campesinos como Anuc, Opds, la Mesa de Concertación de Mujeres Indígenas, jóvenes y líderes promotores y constructoras de paz, representantes de iglesias, artistas y organizaciones como Sembrando Paz, la Fundación Paz y Desarrollo, Movice Sucre, Narrar para Vivir, Colectivos y medios de comunicaciones comunitarios y de Memoria, Consejos Comunitarios Negros, Cabildos Indígenas, el Comité de Impulso de Reservas Campesinas, Universidad de Cartagena, Universidad San Buenaventura y Cecar, entre otros gremios.
Premios de Paz
Esta firma simbólica de la paz fue liderada por Juana Ruiz, Premio Nacional de Paz 2015; Soraya Bayuelo, Premio Nacional de Paz 2003; y líderes promotores del fin del conflicto como Ricardo Esquivia, premio de Constructores de Paz de Visión Mundial Internacional 2015, y fundador de Sembrando Paz; Wilmer Venegas, líder campesino y miembro de la Mesa de Concertación, así como más de 35 procesos sociales con organizaciones campesinas, de mujeres, de indígenas, de jóvenes, de víctimas y de iniciativas culturales, con el acompañamiento desde el inicio de la Fundación Semana, la Unidad de Víctimas de Bolívar y Sucre y el PNUD.
“Con este proyecto la costa Caribe colombiana demuestra una vez más que le sigue apostando a la paz, a la construcción social y a la reconciliación”, agregó Juana Ruiz.
“Hoy nuestra región levanta un sola voz a pesar de haber sufrido por muchos años el flagelo de la violencia y declara que no se rinde y que su trabajo por la armonía de sus tierras puede ser tomado como ejemplo”, sumó Soraya Bayuelo, líder del colectivo de comunicaciones de los Montes de María.
Con La liberación del ave cantora tradicional de la región: un mochuelo de las montañas de María, y el canto del poeta Julio Cárdenas:
“Démosle la libertad al mochuelo con su trino/ que lo suelte el campesino y que se acabe la maldad
que resalte la verdad y que se oiga la poesía/ que se sienta la alegría, que se sienta alegre el cielo
ya está volando el mochuelo de los Montes de María”.
Con la finalización del acto simbólico de firma de la paz, todos los actores participantes de este acto, abiertos e incluyentes, son conscientes de su papel, un papel histórico, puesto que son los que van a poner una semilla en la construcción de una paz verdadera en las regiones.
Porque La Paz territorial es un pacto social que necesita de «una educación transformadora, una cristalización de la economía campesina, una recuperación de las tierras campesinas sin impunidad, y una Paz territorial que deje atrás el clientelismo y la corrupción”.












