Un hincha de un equipo es como una hormiga en un hormiguero, pequeño pero valioso. Esta es la despedida de un hincha del Junior de Barranquilla.
Por Juan Pablo Osman
Ha existido un eterno e inconcluso debate en torno al fútbol y los deportes en general: ¿por qué nos hacemos hinchas de un determinado equipo; por qué vamos a los estadios a apoyar, criticar, disfrutar, sufrir, gritar, padecer y celebrar; por qué nos ponemos determinada camiseta?
Hay quienes afirman que el amor hacia un equipo es impuesto por el destino, así como el nombre que nos asignan, la familia que nos corresponde al nacer, los gentilicios que nos otorgan a partir de nuestro primer llanto, de la misma forma debemos apoyar un equipo específico al venir al mundo de acuerdo al entorno donde nacemos.
Creo que esta interpretación surge porque el fútbol, y el deporte en general, tiene grandes parecidos con la guerra, una guerra que intenta ser civilizada (sin conseguirlo siempre), en donde no hay armas o muertos (con desgraciadas y demasiadas excepciones) y en donde absolutamente toda la simbología y la parafernalia se asemejan enormemente a las características que tiene la guerra: defensa/invasión de territorios; lucha por defender una ciudad, región y/o nación; deseo de demostrar una supuesta superioridad; el empleo de soldados (jugadores), banderas, escudos, uniformes, estrategias, tácticas para alcanzar los objetivos. ¿Les suena observar todos estos elementos en los estadios deportivos?
Solo hay que repasar la terminología que se aplica en el fútbol y los deportes en general para confirmar esta premisa: guerra, batalla, ataque, disparo, soldados, capitán, guerreros, lucha, duelo, defensa de colores y decenas de expresiones despectivas hacia el contrincante y su lugar de origen. Creo que por eso nos sentimos obligados a ponernos una camiseta específica, porque en esa guerra «civilizada» que es el fútbol sentimos que debemos, tenemos que defender cierto territorio, ciertos colores, ciertos símbolos que nos ha impuesto el destino al ponernos en determinado lugar del globo terráqueo cuando nacemos. ¿Cómo se juzga a alguien que decide ir a defender el otro lado de la frontera en una auténtica guerra? Creo que lo mismo ocurre con el fútbol y los otros deportes.
Yo personalmente no interpreto el deporte de esta manera. Creo que el fútbol, los deportes, son una expresión cultural, sin más, ni menos y, como tal, uno se debe hacer de un equipo, no nacer de ese equipo. Creo que los sentimientos no se deben imponer, el amor hacia algo o alguien surge voluntariamente, no se impone, ni siquiera sentimientos por la patria o la familia, pero esa es otra discusión más compleja. Volviendo al fútbol y los deportes, repito, creo que se deben interpretar como manifestaciones culturales.
Permanentemente sentimos empatía por fenómenos culturales aparentemente ajenos a nosotros; por eso podemos enamorarnos de géneros y grupos musicales que no tienen relación alguna con el contexto donde nacemos y crecemos; continuamente nos cautivan expresiones de la cultura aparentemente inconexas con nuestras realidades cotidianas; nos sentimos identificados con ciudades, países y sociedades que nada tienen que ver con nuestra idiosincrasia nativa. Creo que lo mismo debe ocurrir con el fútbol. En ese sentido, uno debe ser libre de escoger qué equipo de fútbol apoyar, detectar con qué equipo uno logra identificarse y desarrollar un sentimiento por esa institución. Uno debe preguntarse antes de ponerse una camiseta qué estilo de juego practica ese equipo, qué perfil de jugadores contrata, cuál es el comportamiento ético, moral y legal tanto de los propietarios y dirigentes que manejan el club como de los jugadores que usualmente conforman la plantilla; cómo se maneja administrativamente el equipo, qué valores se promueven desde dicha institución; y, en último lugar, qué resultados deportivos se alcanzan.
En ese sentido, siempre me ha costado mucho trabajo enamorarme plenamente del equipo de fútbol que representa la ciudad donde crecí: Junior de Barranquilla. Ha sido un amor indeciso y tormentoso, lo debo confesar. Como aquella novia que quieren imponer los padres, el entorno muchas veces me “obligó” a seguir, apoyar, sufrir, gozar con la rojiblanca puesta. Ahora entiendo que en ese seguimiento forzado había mucho de temor a verme como un “vendepatria” que se iba a defender el otro lado de la frontera y confirmo que nunca estuve plenamente convencido, siempre supe que algo no estaba del todo bien en ese amor, que no era un amor verdadero y sincero.
Siempre fui crítico con la forma cómo se ha manejado el Junior de Barranquilla desde que fui un hincha consciente, por allá en 1991. Tal vez por este desencanto también en esa época me volví hincha ferviente de un equipo del exterior, que si bien está muy lejos de la perfección -¿existe el amor perfecto?- sí me hace sentir mucho más identificado y orgulloso como hincha que el Junior de Barranquilla teniendo en cuenta todas las características que debe tener un escudo que merezca abrirle un espacio en mi pecho. Sin embargo, siempre afloraba en mí una especie de sentimiento de culpa cuando me preguntaban qué equipo apoyaba y yo mencionaba al Real Madrid. La mirada inquisidora y el tono despectivo aparecían en muchos de mis interlocutores. De nuevo, era como el soldado que se marcha a defender la “nación enemiga”. Pero mi corazón no mentía, en medio del amor que profesaba a Junior, nunca estuve de acuerdo con ese caudillismo-feudalismo del máximo accionista, nunca compartí que se usaran los colores rojiblancos primero como motor electoral y luego como trampolín político, siempre cuestioné que ese escudo se usara como fumigador de nefastas y perjudiciales decisiones políticas para la ciudad, jamás compartí esa compinchería interesada entre alguna parte de la prensa deportiva barranquillera y los jugadores del Junior, nunca entendí porqué el equipo, teniendo un aparente fuerte respaldo económico, no podía tener una estructura gerencial y deportiva sólida y, por el contrario, se movía al compás de los caprichos del señor feudal, siempre me disgustó esa fama de “viaje de promoción” que tenía el Junior en toda Colombia: un entorno donde los jugadores podían hacer todo lo que no se les permitía hacer en los demás equipos del país, y así podría seguir enumerando infinitamente aspectos que me atormentaban de este amor.
Hoy, después de estos días tan agitados en torno al Junior, una vez más han surgido mis sospechas de lo poco convencido que es mi amor hacia este equipo. Pero esta vez creo que la gota rebosó el corazón. No sé qué ha sido peor: el irrespeto por parte del caudillo hacia un hombre trabajador, honesto, comprometido; el tono despectivo por parte del propietario hacia los hinchas; el cinismo del día siguiente; o la mezcla de política y fútbol (una más, una de tantas) que armó el mandamás de la ciudad en un acto público al anunciar la contratación del nuevo técnico en medio de aplausos. No sé si esta vez ha sido demasiado, pero sé que ha sido demasiado para mí.
¿Quién soy yo en la vida de Junior, quién soy en la vida de Barranquilla, quién soy en la vida de los dueños del equipo? Absolutamente nadie y nada, solo un hincha que dice no más.
Me independizo de este amor por Junior que en realidad nunca me hizo feliz del todo. Me voy a seguir apoyando ese otro equipo que sí me hace feliz, que sí me hace sentir casi siempre orgulloso y convencido de mi amor, sin imposiciones que vengan simplemente del lugar donde crecí, porque el fútbol, el deporte, lo digo una vez más, no debe ser como un apellido o una nacionalidad. La camiseta se escoge, no se coge. Me independizo, al final de cuentas de algo debería servir que Alexis renunció en las vísperas de un 20 de julio. Me voy, Junior de Barranquilla, hasta quien sabe cuándo.












señor Juan Pablo Osman no creo que usted tenga potestad para hablar de valores deportivos siendo hincha del equipo mas despectivo tanto con los jugadores como con los técnicos, le creo ese cuento si fuera hincha de un equipo de menor valor económico así que toda esta película quedo solo en eso en película.
Precisamente de eso de se trata el artículo, señor Rafael. Lo que intento exponer en el texto es que cada uno debe ser libre de escoger qué equipo apoya, independientemente del lugar donde nazca y crezca, esto no debe dejarnos influenciar. Debemos decidir qué equipo apoyamos de acuerdo a nuestros parámetros subjetivos. Por eso en ningún momento invito a no ser hincha del Junior de Barranquilla, simplemente invito a que cada quien decida qué equipo le parece que debe apoyar de acuerdo a sus opiniones personales. Lo mío fue exponer las razones por las que yo personalmente no deseo continuar apoyando al Junior. En el fútbol, como en la vida, no hay mejores o peores amores, el mejor amor es el que cada cual escoge y entre gustos no debería haber disgustos. Gracias por leer y por opinar. Saludo.
Juan Pablo,
Gracias por escribir y compartir.