Por Fausto Pérez Villarreal
La noche del 23 de mayo, en el auditorio del Hotel Country Norte de Barranquilla, nuestro folclor vivió una de esas veladas que se graban en el alma: la celebración de la memoria musical del Caribe, un abrazo sentido a la obra inmensa de Alfredo Gutiérrez, el más grande de los ejecutores del acordeón en Colombia.
La convocatoria, organizada por Primium, el periodista Víctor López Aroca con su empresa Alco y el canal regional Telecaribe, bajo la dirección de su gerente Ismael Fernández, congregó a un selecto grupo de invitados, artistas y devotos de los aires provincianos que acudieron para rendir tributo al ‘Rebelde del acordeón’, dueño de un repertorio que cabalga sobre generaciones. Tras bambalinas, como el motor silencioso de todo lo que atañe a su padre, el maestro Alfredo, estuvo Noris Cecilia Gutiérrez, su mánager.
Desde temprano, la atmósfera se impregnaba con un aroma de celebración solemne. En cada mesa se percibía un misticismo particular, entretejido con abrazos profundos entre músicos veteranos y esa certeza de estar habitando un instante irrepetible. Porque Alfredo no es solamente un intérprete: es un símbolo cultural del Caribe, un hombre cuyas notas han hilvanado el tapiz de las parrandas y las nostalgias de millones de colombianos.
Cuando apareció en escena, el salón se deshizo en aplausos. El homenajeado, con la sonrisa intacta, empuñó el micrófono con la autoridad de quien ha hecho del escenario su templo y desató la magia de sus éxitos. La noche fluyó entre ovaciones y relámpagos musicales: Juan Piña encendió el entusiasmo con ‘La camisa rayá’; Peter Manjarrés prestó su voz a ‘La cañaguatera’, de Isaac Carrillo, y a esa joya de Freddy Molina, ‘Los novios’.
El desfile de talentos convirtió el tributo en una auténtica cumbre de música de acordeón. El cantante Gussy interpretó ‘La negra’, de Beto Murgas, mientras el rey de reyes Gonzalo Arturo ‘El Cocha’ Molina dejó sobre el teclado el rastro de su virtuosismo. En el intermedio, la plástica se hizo presente cuando el maestro Leonardo Aguaslimpias subió al escenario para entregar un óleo de la figura de Alfredo Gutiérrez, un espejo de color para el hombre que tanto le ha dado al arte. Tuve el honor de acompañarlo en ese instante memorable.
Uno de los momentos más sublimes ocurrió cuando Alfredo interpretó su porro cumbre ‘Majagual’, abrazado por el clarinete mágico de Juventino Ojito. También transitaron por la tarima Álvaro Ricardo y Chane Meza. Este último evocó la memoria de su padre, Lisandro Meza, con piezas como ‘Acordeón pitador’ y ‘Las Tapas’. La emoción alcanzó otro pico cuando el maestro Alfredo entonó ‘Las canas de mi vieja’ ante la mirada conmovida de su autor, Camilo Namén Rapalino.
Pero la nota femenina y sutil de la velada corrió por cuenta de Alejah Peñaloza. Su presencia despertó una expectativa inmediata que floreció en una versión extraordinaria de ‘Ojos indios’, obra del propio Alfredo, escoltada por el fuelle preciso de Julián Rojas. Alejah cantó con una fuerza luminosa; su voz, cálida y rotunda, llenó el salón y renovó el aire de una noche dominada por la nostalgia. Fue tal el poder que transmitió, que el maestro Alfredo se levantó de su silla para cantar un estribillo.
Sobre la actuación de Alejah, el investigador Pascasio Puello señaló: “Con lo observado, fue suficiente para decir que estamos ante la presencia de una hermosa voz, que debe ser cuidada para grandes cosas. Se nota que ha recibido las enseñanzas del maestro Alfredo, a las que pocos tienen el privilegio de acceder. Es mi deseo que ella se convierta en la voz femenina que represente el inmenso legado del Rebelde del Acordeón”.
Entre los asistentes que atestiguaron este hito se encontraban figuras de la talla de Amylkar Acosta Medina, expresidente del Congreso; el estratega de fútbol Julio Comesaña; el investigador Tomás Darío Gutiérrez; el representante Antonio Zabaraín y el exvicepresidente de la República Gustavo Bell Lemus. La institucionalidad también se hizo presente: el alcalde de Los Palmitos, Gabriel Rey Musa, condecoró al juglar, mientras que la organización Carnaval de Barranquilla, representada por su director Juan Carlos Ospino, entregó un trofeo al maestro en gratitud por su invaluable aporte a la fiesta más trascendente de Colombia.
Al final, más que un acto artístico, lo vivido fue una declaración de amor a nuestro acervo sonoro. Alfredo Gutiérrez recibió el afecto de su pueblo con la humildad de los consagrados, mientras el público comprendía que había presenciado una página memorable de la música popular.












