Por: Francisco Figueroa Turcios
Todavía no ha salido completamente el sol en la mañana del domingo 13 de septiembre 2026 y ya hay hombres y mujeres caminando por las carreteras de la Costa Caribe. No llevan equipaje. Algunos apenas cargan una botella de agua, una gorra, un rosario entre las manos y la promesa que hicieron hace meses, quizá años, cuando la enfermedad, la angustia o la desesperación golpearon las puertas de sus casas.
Van hacia San Benito Abad. Van hacia el Cristo Milagroso de la Villa. Y van caminando porque así lo prometieron. Desde Corozal, por ejemplo, algunos peregrinos emprenden una travesía que no se mide solamente en kilómetros, sino en sacrificios. El asfalto caliente, el polvo de la carretera, las ampollas en los pies, el cansancio que comienza a pesar en las piernas y ese sol inclemente de septiembre que parece caer a plomo sobre la piel son apenas parte de la prueba.

Pero nadie se queja. O, si se queja, continúa caminando. Porque manda es manda y hay que cumplirla. Hay quienes llevan años repitiendo el mismo ritual. Cada septiembre vuelven a ponerse los zapatos, salen de sus pueblos y toman el camino hacia San Benito Abad para pagar una deuda que no consideran deuda, sino gratitud. Una promesa hecha al Cristo Milagroso cuando la vida parecía cerrarse y que ahora se convierte en una peregrinación que ya forma parte de sus propias existencias.
Quizá nadie pueda explicar exactamente dónde comienza la fe. Tal vez empieza en una habitación de hospital, frente a una cama donde alguien lucha por vivir. Tal vez nace en la desesperación de una madre. Quizá aparece cuando un médico dice que las posibilidades son pocas y alguien, mirando hacia el cielo, pronuncia una promesa:
“Si se salva, voy caminando a San Benito”. Y después ocurre el milagro. Entonces llega el momento de pagar la palabra empeñada. Y la palabra, para el creyente, tiene un peso que no se puede medir. Por eso, cuando llega septiembre, las carreteras de la Costa Caribe comienzan a llenarse de peregrinos. Salen de Corozal, Sincelejo, Sampués, Chinú, Sahagún, Lorica y de muchos otros pueblos y ciudades. Algunos recorren distancias relativamente cortas; otros desafían largas jornadas bajo el sol para encontrarse con el Cristo Milagroso.
No importa cuánto duelan los pies. No importa cuánto caliente el pavimento. No importa cuántas veces haya que detenerse a tomar agua. La promesa está por encima del cansancio. El destino es San Benito Abad. Y el lunes 14 de septiembre será el día del encuentro.

La Villa San Benito Abad, se convertirá entonces en un inmenso escenario de fe. Miles de peregrinos llegarán después de haber desafiado el cansancio, el calor y las distancias. En la Villa hay un gran anfitrión Manuel Cadrazco Salcedo, exalcalde de esta población que vive una gran devoción por el Milagroso … Algunos visitantes entrarán a la iglesia con los pies adoloridos. Otros llegarán de rodillas. Habrá quienes lloren. Algunos encenderán una vela. Otros buscarán tocar la imagen del Cristo o simplemente permanecerán unos segundos frente a ella, en silencio.
Cada uno llegará con su propia historia. Nadie conocerá completamente el milagro del otro. Porque detrás de cada peregrino hay una historia que no siempre se cuenta: una enfermedad vencida, un hijo recuperado, una operación exitosa, una súplica escuchada, una familia que volvió a reunirse, una esperanza que parecía perdida y que, de repente, regresó.

El camino se convierte entonces en un libro escrito con los pies. Cada paso es una página. Cada ampolla, una palabra. Cada gota de sudor, una línea de agradecimiento. Y cuando finalmente aparece San Benito Abad en el horizonte, el peregrino sabe que la parte más difícil ya terminó. Pero también entiende que lo verdaderamente importante no era llegar. Era cumplir. Porque la manda no se negocia. La manda no se aplaza. La manda se cumple.
Durante años, generación tras generación, los habitantes de la Costa Caribe han mantenido viva esta tradición. Padres que caminaron alguna vez junto a sus hijos; hijos que ahora regresan con sus propios hijos; familias enteras que han convertido la peregrinación en una especie de herencia espiritual.Y así, mientras el calendario marca septiembre y el sol vuelve a castigar los caminos, los peregrinos continúan apareciendo.
Antonio Pérez Aldana, al camino de la fe…
Antonio Pérez Aldana, ese hombre que durante tantos años ha prestado su voz Rural para contar las historias de la ruralidad, quiso esta vez dejar de contarlas para vivirlas.
No quiso mirar la peregrinación desde la distancia ni narrarla desde la comodidad de quien observa cómo otros caminan. Quiso ponerse en los zapatos de esos hombres y mujeres que cada septiembre abandonan sus pueblos para emprender, a pie, el largo camino hacia el Milagroso de la Villa de San Benito Abad. Y se fue con ellos.
Desde Corozal tomó el camino hacia San Benito Abad, hombro a hombro con los peregrinos que cumplen sus mandas. Quiso sentir en carne propia lo que significa desafiar el sol, el calor, el cansancio y el dolor de los pies para llegar hasta el Cristo al que un día le hicieron una promesa.Porque una cosa es hablar de la fe de los demás y otra muy diferente es caminar sobre el mismo asfalto, sentir cómo el sol va calentando el cuerpo y comprobar que cada kilómetro recorrido tiene detrás una historia.

Antonio quiso vivir esa experiencia. Fue, de alguna manera, un ejercicio de empatía. Ponerse en los zapatos del otro para entender por qué camina. Cada peregrino lleva una historia diferente. Uno quizá pidió por la salud de un hijo; otro por la recuperación de un familiar; alguien más llegó hasta el Cristo después de atravesar una enfermedad o una situación que parecía no tener salida.
Y cuando el milagro ocurre, aparece la promesa. “Si me concedes esto, voy caminando hasta San Benito”. Después llega septiembre. Y hay que cumplir. La palabra empeñada se transforma entonces en kilómetros. La gratitud se convierte en sudor. La fe adquiere forma de pies cansados avanzando por la carretera.
Antonio Pérez Aldana quiso descubrir precisamente eso: qué siente un peregrino cuando el camino comienza a pesar, cuando el sol parece no dar tregua y todavía faltan kilómetros para llegar a la Villa. Quizá entonces comprendió que la peregrinación no empieza cuando se da el primer paso.
Empieza mucho antes. Empieza en el instante en que alguien, frente a una necesidad, eleva una oración y hace una promesa. El camino solamente es la manera de cumplirla. Por eso Antonio no fue simplemente un acompañante de los peregrinos de Corozal. Se convirtió, por unas horas, en uno de ellos.

Y esa experiencia le permitió comprobar algo que ninguna entrevista, ninguna grabación y ninguna narración pueden explicar completamente: la fe también se siente en los pies. Se siente en el cansancio. En el calor. En las ampollas. En el agua compartida al borde del camino. En el saludo de quienes vienen en sentido contrario.
Y, sobre todo, en esa fuerza inexplicable que hace que una persona cansada siga caminando cuando cualquier razón humana le aconsejaría detenerse. El lunes 14 de septiembre, cuando San Benito Abad reciba nuevamente a sus peregrinos, Antonio llegará con una historia diferente para contar.
Esta vez no será la historia de alguien que caminó. Será la historia de alguien que caminó con ellos.Porque para entender verdaderamente la fe de un pueblo, algunas veces no basta con escuchar sus voces. Hay que caminar sus caminos. Y Antonio Pérez Aldana decidió hacerlo.











