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Los truenos son el aplauso de la lluvia

Por: Oscar Flórez Támara Me había ampliado de golpe el mundo de mi niñez al darle un cambio radical a lo que me causaba terror. Era un giro de ciento ochenta grados. Una manera de empezar a sentir diferente. Una aceptación de la naturaleza que nos debía producir agrado y no miedo, porque es cierto, si la lluvia nos da placer cuando estamos disfrutando de ella, entonces ¿por qué no hacerlo con esos otros elementos que casi siempre le acompañan, como es el rayo y el trueno? Así me lo hizo pensar mi hija, al entregarme en un mismo plato componentes diferentes, en el cual resplandecía una nueva versión metafórica que enriquecía el idioma al darme a entender esta otra posibilidad de goce referida a la naturaleza, y quitarme el peso del aprendizaje obsoleto que me robaba la oportunidad plena de admirar este acontecimiento natural. Esa entrega, la revelación de algo antiguo que permanecía en las entrañas ocultas, me prodigaron un estremecimiento asombroso al notar queuna niña de apenas tres años de edad me enseñaba una lección enternecedora de la vida: Cada generación hace aportes al idioma en su dermis y epidermis, dirigida a sentir las cosas con el alma, piel, cerebro y corazón totalmente humanos y rejuvenecidos. En este caso, ya el trueno para mí no podría seguir siendo lo que había sentido y aprendido, sino que debía entenderlo como una alegría que se encuentra en el mismo vientre de la lluvia, porque ella en sí festejaba este hecho, diferente, claro está, a la explicación científica en el por qué se producen los truenos. Era una metáfora recién lavada, salida de unos labios apenas estrenándose a la vida. De un sentir del idioma sin prejuicios de reglas muertas y fosilizadas. Un más allá y más acá, donde se sostiene la espina dorsal de nuestro cuerpo. Un hecho cierto de goce real. La naturaleza convertida en lluvia y una lluvia aplaudida por ella misma. En realidad, a partir de ese momento ya los truenos para mí no podían seguir siendo el ruido o terror que antes me causaban. Luz Ángela había agregado otro aditamento más lúdico y amplio a mi universo de humano, capaz de hacerme disfrutar de los truenos como un aplauso feliz de la lluvia, otra forma de sentir el mundo y de transformar lo negativo en positivo. Otro lenguaje en un mismo idioma, enriquecido dentro de la tolerancia y la aceptación cuando no podemos cambiar la naturaleza de las cosas, sino aceptarlas y vivir con ellas. Ahora la lluvia era integral. Toda agradable y acogedora. En ella se mostraba el mundo equilibrado. Las flaquezas y virtudes extrapoladas en una naturaleza y cultura aparentemente enloquecida por el caos palpitante del conocimiento emocional y lógico de un cerebro y corazón desbordado y frenado por el tiempo congelado. Luz Ángela me había mostrado las diversas caras del universo. El ser en su esencia total de virtudes y flaquezas. Allí estaba lo terriblemente hermoso. Sí. Los truenos son el aplauso de la lluvia en la diversidad sinfónica de una melodía bien ejecutada. La naturaleza en pleno compás mostrándonos su encanto melodioso desde la distancia alta de las nubes. Todos los instrumentos bien ejecutados desde la altura natural del planeta.]]>

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