Desde la noche de los tiempos, en toda comunidad –grande o pequeña- se han cobrado tributos. Por eso empezaron a denominarse los pueblos y ciudades así: como una común unidad. Una comunidad que, para vivir como tal, necesitaba cada ciudadano aportar algo de su peculio para las obras de beneficio común.
Y eso es lo que Fidel Castaño Duque, como si se tratara de un académico de larga barba y pelo blanco, trata de explicar cuando un contribuyente, por lo general exaltado, va a su despacho a reclamar porque el recibo le llegó “por una suma astronómica”.
El caso más simpático que le ha ocurrido a Castaño Duque en estos ya casi ocho años en Barranquilla fue cuando un señor, iracundo y casi botando espuma por la boca como la famosa vieja ‘Camaleona’, entró como un ciclón a su despacho. “Usted es el señor Castaño”, gritó. “Sí, yo soy, siéntese, por favor’, invitó Fidel, como un maestro de escuela de pueblo.
El hombre dijo que no había llegado hasta allí a hacer visita de cortesía sino a advertirle que hablaría con el propio Alcalde, con el Ministro de Hacienda y con un Senador amigo “porque usted me ha perjudicado de manera irreparable. Por su culpa me han embargado mis cuentas bancarias, ahorros y tarjetas de crédito. Usted es un irresponsable”.
Castaño le solicitó los recibos. Vio el monto de deudas acumuladas por más de ocho años de varios inmuebles de lujo por un valor cercano a los $75 millones. Entonces Castaño empezó a explicarle como buen docente frustrado: “sopesemos para ver quién ha perjudicado más a quién. Miremos: por su culpa yo he dejado de girarle a las escuelitas en donde estudian los niños pobres que reciben doble merienda al día. Es decir, esos niños se acuestan con un solo bocadito de comida. Por su culpa no se paga a tiempo a los educadores, a los celadores, se ha tenido que reducir el personal en muchas áreas y cada vez hay más vendedores en los semáforos y pordioseros en las esquinas”. Antes de que Castaño prosiguiera, el hombre le arrebató los papeles, dio media vuelta, un portazo y salió gritando por los pasillos cuanta vulgaridad encontró en su repertorio indeseable.
Cuanta Castaño que a los 15 días regresó el tipo. Sereno. Entró. Saludó. Castaño invitó a sentarse. Y el señor le puso en el escritorio ante los ojos asombrados de Castaños las facturas con los sellos de pago ya efectuado.
Con el mayor respeto el contribuyente le dijo que se convenció del ‘discurso’ de Castaño cuando bajó a la calle y en la puerta de la Alcaldía tres ancianos y una mujer andrajosos le pedían, suplicantes, una monedita para comer. Llegó al primer semáforo y una jauría de vendedores de toda baratija se le abalanzó al carro. Al entrar a la casa a reposarse en su aire acondicionado central para esperar el almuerzo, su doméstica lloraba en la mesa de la cocina. Le preguntó qué le pasaba. Le contó que sus tres hijitos llevaban dos semanas sin clases y sin merienda.
“Historias como esas son a diario. Por eso cada vez que los periodistas me preguntan cómo van los recaudos, digo que bien, pero no lo suficiente como debe ser. Porque lo más importante para toda ciudad o pequeño pueblo es que sus habitantes paguen sus tributos, y que lo hagan a tiempo”.
Fidel Castaño Duque sabe que su tarea no es grata. No es nada agradable. Pero está seguro que, cuando el dinero que entra a las arcas oficiales se maneja bien, el contribuyente paga a gusto. Por lo menos ya no mira al recaudador de impuestos como gallina mirando sal.Por Rafael Sarmiento Coley
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