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Los brazos de la Cumbia, Pt 2.

SI EL CARNAVAL TUVIERA MADRE

Exactamente en el mismo sitio, a la misma hora, después de 351 amaneceres y anocheceres esperando que volviera este instante, estaba ella.

Yo con pies rastreros, con “chinelas” puras olor a coco a diferencia de las carmines del pasado año, tenía su color favorito puesto en telas con harto vuelo amarradas a micintura y entre blanco y rojo, flores adornando los rizos, los cuales, uno a uno, ella me hacía de pequeña. Justo ahí, como casi que cada año desde que mis astucias me abordaron con música y danza, estaba ella. 

Comenzaba a retumbar nuevamente el bombo, uno que ya había escuchado.

Contuve el aliento para entrar al “ruedo” una vez más, y mis pupilas como cuadro colgado en la salita de “papa y mama”en el “corralito de piedras”, la enmarcaron a ella.

Un gozo se renueva tras las barandillas que separan el escenario espectador de otra “Testigo de la esencia Tambó”. De pelos indios, con lunares más oscuros que la noche cayendo luego de las seis del 13 de febrero, ya de hojas entre grises blancas, con su franela “galerana” de hacía un mes y pico en apoyo a mi inédita, acordándose de su unión doblemente involucrada en casa (solo por esta vez) y de sonrisa desbordante, estaba la “Niña Mary”. Mujer de casi 68, estatura promedio a las mujeres de la ciudad, madre de dos, abuela de cuatro, pero realmente el número se extiende a seis, porque todos la llamamos mamita.

Mary, una mujer soñadora que, por cuestiones ajenas a su voluntad, tuvo que salir a guerrear la vida, por lo que sus estudios por allá en los 70’s tuvo que soltar, más no abandonar, y así sostener gran parte de su familia como me cuenta ahora, desde “pelaíta” vendiendo tintos y cosas varias con su padre por las calles del centro, a mucho honor. 

Sobresaliente, sensible, hermosa y muy amiguera, gozosa de su familia, que, aunque estricta, la llenó de amor en la medida de sus posibilidades. Una ‘quillera’ de esas que al acercarse a los bonches encontrados en las esquinas de los barrios populares de “invasión” por x argumentos en el país, era aún más preciosa por lo que por dentro llevaría a su vida.

Me comenta la niña Mary, desde el vistazo a mi uso de razón, que ella “tenía” varios sueños, entre ellos, ser cantante y bailarina, características que más tarde Nata, heredaría, no sabiendo a dónde llegaría.

Bueno… ella crece y madura. Tuvo un amorío a escondidas de apellido Escobar, con quien formó un hogar, que, de hecho, para el 14 de febrero de este 2026, cumpliría 45 años. Un hogar que legítimamente no sería llenado con lujos, sino con humildad e ímpetu de seguir adelante y, veintitantos años después, aparecería yo para abanderarme de esos sueños que creyendo que serían míos, realmente también serían de ellos.

Para no alargar el cuento, recordemos que había sangre artística y también “Nostalgia de Alma Candelariera”, todo circulando por mí sin saber que sucedería algo más grande. 

Álvaro y “la niña Mary” (como de cariño le llamaban Adelfa y Antonio, mis bisabuelitos), con su primera nieta, o más bien tercera hija jejeje, pronto notaron que aquella pequeña tenía algo especial.

Desde muy temprano cantaba rondas infantiles y de películas Barbies. Mostraba tener un interés curioso por música tropical como la del “Joe” (con la cual Álvaro alimentó su oído), tocar las pampas de Mary (es decir, los cucharones de la cocina con ollas de distintos tamaños, que convertía en una batería). Detalles curiosos para una niña de 2 o 3 añitos (2005- 2006). 

Y luego en el colegio, empezó a fortalecer esa curiosidad con academia; procesos que forjaron su carácter y desarrollaron estas habilidades en las artes.

Lo más bueno es que, tengo una imagen intacta:

¿Ustedes nunca durante las lluvias, salían con sus padres a hacer barquitos de papel y los ponían sobre arroyos al lado de sus casitas no tan grandes, oliendo a tierra mojada y ya no tan árida por las aguas sensibles que corrían?

La casita tal vez era tan grande, pero allí aprendí varias cosas que, ese 13 de febrero, me hicieron vibrar y eclipsar mi propio momento.

Una joven mujer, desde temprano se levanta, se encuentra haciendo sus prácticas universitarias, y aunque no quiera que Mary se levante, ya no igual, ya no tan jovial como antes, ella insiste en acompañarla.

De seis a seis ocurrieron muchas cosas, entre ellas el “bip bip” de los carros desesperantes porque el carnaval en su digno y mero furor, hacía que se paralizara tres cuartos de la ciudad, hasta la misma luna del río, la misma luna grande que “Forero” nos dejó. 

Entre el corre, corre, Nata con Álvaro jr. bajan juntos a casa.Los esperan la niña Mary y Álvaro, o papi chiquitico como mi hermanito dice y mi mamá tras él.

– Mami, ¡TENGO NOCHE DE TAMBÓ Y NOCHE DE ORQUESTAS!, ¿Qué hago?

– Bueno mija, almuerce y acuéstese un rato, luego te levantas a arreglarte, veré si voy contigo…

Inferencia extrañísima que no tragué entero, es que, por Dios…

¿Tú crees que ella no iba?, si desde pequeña, entre “faroles y luceros”, entre hawaianas bailando, entre velones y polleras, con los de Santa Lucía y gorilas asustándome, estaba yo en Plaza de la Paz al lado de la “María Reina”, y ella detrás viendo mis primeros pasitos. ¿Cómo podía faltar mamita?

Bueno, palabras más o menos, fueron así. 

Ya iban siendo casi las 2 p.m., aunque como me dijeron intrépidamente que llegara a las 5:30, había que ser responsables.

Zzzz, ¡truak! (Natalia se ha levantado luego de hora y media)

– Niña te truena todo. (dice Mary)

(Ya mami Mary le tenía algunas cosas preparadas, notandosu trajín por aquellos días).

– Así es ma’, jajajaja. 

– Mami, ¿irás conmigo? (le pregunté)

Nuevamente insistí, es que, a ver…

Tenía yo casi 20 en la primera noche de tambó que me subí, y casi 5 cuando me llevaron por primera vez. Me vestí de blanco, cantando un coro enriquecedor, “La Rebuscona”, moviéndome al son de “la Guacharaca”, y lo más importante, la mejor “barra” que una niña puede tener, a sus padres en todo el frente de la tarima, animándola luego que la ayudaran a labrar el camino, casi que atrayendo el momento en el que me subiría a ese escenario tan importante para nuestra Cumbia en 2023 y a los posteriores.

La niña Mary hace algunos años me dijo una frase, que aún me conmueve.

– Seré tu bastoncito, y luego, tú el mío.

Y así es, hoy día sin su esfuerzo no hubiese sido igual. Su sudor, su insistencia, sus manos cansadas preparando la mejor comida para que sus amados estemos bien, hicieron que notara su importancia en mi caminar, cuidándome de cualquier peligro alrededor de cualquier evento, sus manos delicadas viendo como ensartar en la aguja, el hilo que todo lo teje para que todo se vea pulcro en mi vestuario… eso, no tiene precio.

– Mami, me voy corriendo, si quieres luego vas con mi papá, pero “Polo” nos dijo que la cita es a las seis.

– Listo mija.

Que voy llegando a la plaza y se me quedó el millo que tocaría mi compañero esa noche. 

Dios mío, mi cara de espanto y mis manos sudorosas del estrés vieron una solución:

Ring

– ¿Aló?

– …

Que sale como correcaminos y los crespos desechos mi madre pa alcanzar a la niña Mary que ya me traía dos nodrizas en su “mariquera” (canguro), casi que de bandera en el bus. Ellas en acción.

Media hora después, luego de hablar con maestros fuera de la rueda, y que el machero de “Alma Gaitera” la ubicara en la filona de ingreso a Tambó con el entrañable Millo, he hecho la oración subiendo las escaleras a tarima a eso de las ocho, fijando en mi mente la bendición que me acompaña siempre. 

No sabía aún entre el mar de gente donde la hallaría, pero recordé que, así como yo de pequeña la miraba hacia arriba mientras me contaba los tres cerditos y me cambiaba para el ballet, posiblemente estaría en el mismo sitio donde pudiésemos vernos directamente. 

Y si… Allí estaba ella.

Con el cielo de encantos cubriéndola, con el echa pa aquí y pa allá de la multitud enmaicenada, junto a Vice Escobar, hermano de Álvaro, el amor de Mary, pues no hacía más que brillar sus ojitos, gritando:

– ¡Esa es mi hija!

Mi medio corazón, mi guerrera, mi guardiana estaba allí. 

Y esta cambambera al igual que ella, cantó representando en su voz, sus manos, sus giros, lo mismo que hacía 50 años atrás, valió la pena pasar para que estuviese donde estoy.

Suspendido en el aire el tiempo, las melodías evocaban cada chasquido, cada llamado de atención, cada ¡wepajé! salido alguna vez de su boca. Cada lágrima de agotamiento de amasar masa en las mañanas, cada peinado y tirón de pelo que pudo hacerme para que fuese a estudiar.

Todo eso, tanto en Tambó como en Orquestas se reflejó dentro mi interpretación, en el mismo lugar y a las mismas horas de casi cada año, estaba mi viejita pa verme.

Los galardones vinieron, felicitaciones desde las 9 que bajé del primer escenario, hasta el traslado hacia la segunda presentación concluida a las 11 p.m., pero lo mejor que hubo, uno de los tesoros más valiosos que Dios me ha dado, fue y es ella, y ahí sigue, a donde vaya. 

Eso, compañero, eso, compañera, no se compara con ningún otro reconocimiento.

Es hermoso cuando tu historia y tus tradiciones alrededor de estos espacios culturales, convergen el mismo lugar, con el mismo sentimiento pleno. Valoraré inmensamente cada instante con “mi corazón”, debido a que estos instantes deberían ser más eternos, nuestras madres deberían serlo.

Te comento que ahí sigue la niña Mary, aún tiene ganas de acompañar mis instantes que son suyos, aunque pasen los días, meses o años, aunque le hayan dicho que no antes.

Ella ha roto una cadena e impulsa a nuevas generaciones a apropiarse de lo que nos pertenece. Continúa con su gentileza, apoyando, abriendo las puertas de su casa para que la música sea una realidad.

Esos son los verdaderos brazos de la Cumbia.

– ¿Y si el Carnaval tuviera madre?

– Tal vez sería como la mía.

Por: Natalia Carolina Herrera Escobar.

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