Desprecia a los pobres y ama a los poderosos y militares. No habla de las travesuras de los hijos de Uribe. Y confunde el apostolado de quienes trabajan con los sectores populares.
Por El Propio Búho
Para Tranquilidad de la colega Mabel Morales, en esta columna se respetará la veteranía de mil guerras de la periodista española Salud Hernández. Aunque a decir verdad, Rodrigo ‘El Pana’ Meléndez se refirió a ella en el término coloquial con que los barranquilleros tratamos a nuestros abuelos ‘¡hombe, tate quieta vieja!’. Con toda seguridad el Pana no le dijo ‘vieja’ en término agresivo.
En lo que tal vez se equivoca el Pana, es en que tal vez eso sea consecuencia de una esquizofrenia senil avanzada. Ese sería ya un tema para médicos especialistas en esas enfermedades catastróficas, que ojalá no sea el caso de la colega Hernández. Que le haga honor a su nombre: Salud, y no al antónimo, ‘Enferma’.
Lo cierto es que sus catilinarias, sus cantaletas en defensa de una ultraderecha rancia que heredaron los nietos y bisnietos del ‘Generalísimo’ Francisco Franco, quien masacró a más de 100 mil españoles dizque para restaurar el poder de la corona española y la ‘democracia’ que ellos confunden con la ‘dictocracia’ mezclada con la teocracia. Su tesis es control sobre la población desde la infancia y la juventud: no pensar, no opinar, no reflexionar, no protestar. Eunucos de tiempo completo. La comentarista ibérica anclada en Colombia es tan escasa de visión contemporánea, que critica al dirigente de los profesores por confesar los fines políticos de la protesta utilizando a los jóvenes y su condición de dirigente sindical, ignorando que esa es la esencia del sindicalismo y de todos los sectores con cierto poder sobre las masas. Son políticos los terratenientes, quienes, obvio, se dedican a la política, no para defender al pueblo, sino sus grandes haciendas y cultivos. Los narcotraficantes siempre han estado metidos de cabeza en la política defendiendo sus intereses. El ejemplo a la mano es Pablo Escobar, que se regodeó como Congresista de esta República inmortal. Y como políticos también han sido testaferros de Pablo Escobar que luego pasaron por cargos de mucha importancia para los narcos como la dirección de Aerocivil para autorizar 26 pistas clandestinas y un hangar exclusivo para almacenamiento de droga en las barbas de las autoridades aeroportuarios de Eldorado.
Los dueños de los grandes medios (Eduardo Santos, El Tiempo), Alberto Lleras Camargo (fundador y primer director de Semana), y los más ricos de Colombia que no son candidatos pero financian las campañas de sus compinches o cómplices, todos bailan alrededor del barril de los marranos, como llaman los gringos la actividad política.
No habla de la corrupción
Doña Salud Hernández lamenta, casi con lágrimas en los ojos (aunque parece que los tiene resecos, como debe tener el alma), que los indígenas misak hayan derribado las estatuas de Sebastián de Belalcázar (fundador y saqueador de Popayán); de Gonzalo Jiménez de Quezada (fundador de Bogotá, y quien mató más de mil indios enloquecido porque no le decían dónde estaba escondido el oro de Eldorado). Y para cerrar con broche de oro los valerosos aborígenes misak intentaron derribar y destruir las estatuas de Isabel I La Católica y de su calanchín Cristóbal Colón, por cuya culpa se nos vino de España lo peor de la raza humana: hampones, malandrines, asesinos, presidiarios, gonorrientos, tísicos, piojosos, enfermos sexuales, homosexuales, y ladrones de siete suela.
Esa gentuza saqueó todas estas tierras. Y las sigue saqueando, aún 200 años después, como sucedió con el caso de la Triple A de Barranquilla que se la robaron dos veces y todavía la están peleando; o como lo ocurrido con el sector eléctrico que cuando ganaron la concesión lo primero que hicieron fue robarse todo el alambrado de cobre forrado (un excelente y confiable conductor de energía eléctrica) y lo reemplazaron por aluminio, que es pésimo e inseguro transmisor, tanto así que los daños en vidas y enseres domésticos son incalculables.
Pero Salud Hernández no se refiere a eso, ni por equivocación. Así como tampoco habla acerca de los más de 6.000 jóvenes asesinados y presentados como falsos positivos. Como tampoco menciona para nada lo de la corrupción en el caso de Odebrecht; del robo de Reficar; del descarado hurto con el programa Agro Ingreso Seguro. Del robo de la plata de la niñez del programa Plan de Alimentación Escolar (PAE); del paseo de la muerte. En fin, de esa tan visible corrupción galopante en Colombia.
Todo parece indicar que, con el paso de los años –y los abuelos dicen que los años no pasan en balde—doña Salud Hernández permanece en los tiempos de la Reina Isabel I y cree que todavía los habitantes de estas tierras somos seres inferiores, que aún andamos con taparrabos; y que no tenemos alma, y por lo tanto carecemos de la capacidad de pensar y desarrollar la política desde los púlpitos de las religiones, desde los sindicatos de los educadores y de toda la clase obrera, en fin, los sectores de la sociedad civil más jodidos, explotados y pisoteados por quienes desde la época de la colonia detentan el poder económico, político y social.
Las ‘joyitas’ que ignora doña Salud
En este país del Sagrado Corazón de Jesús suceden las cosas más insólitas. Cuando Álvaro Uribe Vélez llegó por primera vez a la presidencia sus hijos Tomás y Jerónimo eran unos ‘culicagaitos’ de 14 y 16 años. Sus carteras solo tenían lo de la merienda que la dulce progenitora doña Lina Moreno les daba para que los ‘niños no pasaran hambre’.
En menos de lo que canta un gallo las dos joyitas descubren su primera mina de oro: el negocio de la chatarra, que estaba en manos del Rey de la Chatarra James Arias. Como en todos estos negocios sucios, alguien trata de tumbar a otro y el que se siente tumbado se va de ‘pajarito cantor’ ante la Fiscalía (menos mal que no estaba el Fiscal de bolsillo actual). Y veamos la vergonzante historia. Y en Colombia no pasa nada.
No olvidemos a Platón
Recordar uno de los brillantes pensamientos de Platón le cae como anillo al dedo a doña Salud Hernández. ¿Habrá leído ella a los griegos? A lo mejor ha pasado vacaciones bronceándose en las islas atenienses pero no ha tenido tiempo de pasearse por las bibliotecas.
Escuchemos con atención lo que las posteriores generaciones han debido aplicar desde hace 2.400 años.











