Los recién casados iban de blanco impecable. Las negritas también. Los recién casados, con atuendos coloniales; las negritas, como esclavas. Estamos en el siglo XXI.
Por Carmen Bonnín
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Cartagena de Indias.[/caption]
Cartagena es mi ciudad favorita de Colombia, por su riqueza estética e histórica. Es el lugar donde mejor se puede experimentar el realismo mágico de Gabo y al mismo tiempo se puede viajar en las épocas y recrear la Colombia Colonial de 1800, ese período tan relevante en nuestra historia.
Me encontraba caminando por la Cartagena Colonial con mi futuro esposo, nacido en España, mostrándole el legado de su imperio en la arquitectura de la ciudad antigua, las iglesias, las plazoletas, la muralla; alardeando al mismo tiempo de la riqueza de colores, texturas y sabores, sintiendo el patriotismo ignorante de esa Cartagena de mostrar.
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‘Vendedor de raspao’. Autor: Edgardo Carmona.[/caption]
Decidimos hacer una parada a ver las esculturas de acero de Edgardo Carmona, esta obra de arte que expresa en sus 11 piezas la caracterización de los personajes “nativos” que puedes encontrar en la cotidianidad de la ciudad, como el vendedor de raspao y el jugador de ajedrez. Luego de la foto obligatoria pretendiendo servirme un raspao, notamos que una ceremonia de matrimonio estaba a punto de culminar en la Iglesia de San Pedro Claver y decidimos acercarnos junto al “tumulto” de gente que iba a presenciar el espectáculo del amor. Cabe confesar que en mí existía la necesidad de saber quién era la persona que se estaba casando, mirar el vestido, la decoración, ya que al año siguiente sería yo la que estaría casándose en Colombia, jugando de local y con el compromiso de moldear la situación teniendo en cuenta las expectativas de mi familia política española.
Mientras esperábamos en la puerta de la iglesia la salida de los novios, noté que dos mujeres negras vestidas con el “traje típico” de servidumbre colonial eran parte de la parafernalia de la boda. Las mujeres criollas tenían ese disfraz blanco con tocado tipo turbante del mismo color, cual copia de la foto del artículo “Las mujeres más poderosas del Valle del Cauca, Colombia, en la formidable mansión hollywoodense de Sonia Zarzur, en el Beverly Hills de Cali” que la revista ¡Hola! de España publicó y de inmediato generó polémica mediática.
La única diferencia entre la foto de la revista y la escena que presencié en Cartagena es que acá sucedió como una puesta teatral en vivo de la sociedad colombiana, sus ansias de estatus y superioridad producto de un trauma de colonización que hasta el día de hoy sigue siendo karma de nuestra inconsciencia.
No quise hacer un comentario al respecto. Tomé mi cámara y comencé a documentar el espectáculo. Fueron unos cuantos segundos de silencios incómodos hasta que mi novio rompió el hielo con su primer comentario: -¿Son necesarias esas mujeres en la puerta de la iglesia?-. Su pregunta fue para mí una forma muy diplomática de dejarme saber que esa opción no estaría contemplada en nuestra celebración.
O tal vez mi interpretación de su comentario fue producto de la vergüenza que sentía en ese momento como mujer mestiza y poderosa. No tengo el poder de Sonia Zarzur, aclaro. No es esa la clase de riqueza que yo siento. El mío es el poder de la educación, el sentido de pertenencia del que conoce su historia, privilegiada por las oportunidades y agradecida porque nuestros ancestros son españoles, mestizos, criollos, indígenas, negros y hasta mujeres que vivieron épocas más primitivas y que su legado nos ha garantizado un poco más de derechos en este presente.
Mi respuesta llegó a los pocos segundos: «Esas negritas se están rebuscando», lo cual no es más que mi reflejo instintivo porque aún seguimos esclavos, con la diferencia que la esclavitud en la colonia era por desigualdad de raza, mientras que la esclavitud contemporánea es mas desigualdad económica y mental, y no es ilegal.
Hasta los caballos reciben palo
Al cabo de lo minutos las puertas de la iglesia se abrieron. El trabajo de mis compatriotas disfrazados de esclavos comienza tocando sus tamboras “típicas”, bailando con polleras y creando una especie de alfombra de flores en medio de curiosos espectadores y hasta del mismo San Pedro Claver -cuyos restos se encuentran en una urna en el fondo de la misma iglesia-.
Los recién casados hacen su aparición en medio de fotógrafos, mientras son esperados por un coche rojo decorado con flores blancas y halado por un caballo al cual se le notan las secuelas de sed y maltrato.
La recién casada luce su vestido de cenicienta y corona de brillantes en medio del calor hostil de la ciudad, procede a montarse en su carruaje y, siendo víctima de su propio invento, pisa la cola de su vestido y cae al suelo en frente de todos, para así terminar este espectáculo.
Yo me pregunto que pensará San Pedro Claver de las cosas que pasan en su santuario. Este mismo Santo nacido en España, más conocido como “El esclavo de los esclavos” por sus esfuerzos en pro de los negros que llegaban de África para ser comercializados como objetos.
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Pintura en homenaje al «esclavo de los esclavos».[/caption]
Cuentan los historiadores que en esta misma plaza a esta misma hora cuatro siglos atrás se sentaba a enseñar la doctrina cristiana a los que vivían en el mundo de la “ignorancia”, a dar esperanza a aquellos que para los de su raza eran diferentes y para él iguales, para inculcar en el corazón de aquellos no afortunados el comienzo de una vida mejor. Me pregunto qué sentirá al ver que a pesar de todos sus esfuerzos aun no entendemos el significado la humildad y aun pensamos que somos diferentes; de cómo en la iglesia -su casa- donde descansa en paz y en donde se conmemora su lucha por los menos afortunados, después de cuatro siglos sea un privilegio de pocos afortunados declararse amor ante los ojos de Dios por los altos costos que representa (aproximadamente dos salarios mínimos mensuales) convirtiéndose en un sueño imposible para los de clase media y baja del país, sin embargo cada septiembre se celebran misas en español, latín y hasta africano en conmemoración de su muerte, olvidando lo más importante del paso de este hombre en este mundo.
Hasta el día de hoy no entiendo cuál es esta intención exagerada de mostrar nuestras raíces y cultura de una forma caricaturesca, como un show, un montaje, en algo tan solemne como una boda, me cuestiono con preocupación lo que representa el significado de cultura, típico y tradicional en una ciudad como Cartagena, protagonista de cinco siglos en la historia del encuentro de las razas.
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