En estas tres últimas semanas se escuchan en la prensa tres nombres que son: Svetlana Alexievich, Claire Hollingworth y Dorrit Harazim.
Por Estela Monterrosa
Probablemente a muchas personas los nombres de Svetlana Alexievich, Claire Hollingworth y Dorrit Harazim no les dirán nada. Para muchas otras sonaran un poco conocidos; y para aquellos que leen e investigan, seguramente sabrán que son tres mujeres periodistas, reporteras y que cada una en su campo ha logrado éxitos en el periodismo y en la literatura, como premios por su valiosa labor y su aporte al periodismo investigativo, de guerra, de relatos valiosos que le dan voz al hombre común y corriente.
Hoy iniciaremos descubriendo a cada una de estas mujeres, que son ejemplo para las nuevas generaciones de periodistas y por qué no, para periodistas ya veteranos, que todavía pueden aprender del coraje de estas mujeres valientes, guerreras, estudiosas y decididas a hacer del periodismo una hermosa pasión.
Svetlana Aleksijevitj
«La realidad siempre me ha atraído como un imán, me torturaba e hipnotizaba, quería capturarla en papel». Iniciamos hoy con Svetlana Alexievich, premio Nobel de Literatura 2015. De padre bielorruso y madre ucraniana, Alexievich nació el 31 de mayo de 1948 en el oeste de Ucrania, aunque posteriormente su familia emigró a la vecina Bielorrusia. Trabajó como profesora de Historia y de Lengua Alemana, aunque pronto optó por dedicarse a su verdadera pasión, el reportaje, y, de hecho, en 1972 se licenció en la Facultad de Periodismo de Minsk y ejerció como redactora en varios diarios de su país.
En su obra, Alexiévich mezcla el ensayo, el periodismo y la narrativa. Es una maestra del reportaje literario, género con el que relata con toda su crudeza el fracaso de la utopía soviética. A la imagen y semejanza de una arqueóloga, Alexiévich se sumerge con la ayuda de cientos de entrevistas en los acontecimientos más traumáticos que han marcado la vida del «homo soviéticus» como la Segunda Guerra Mundial, la Guerra de Afganistán, la catástrofe de Chernóbil y la desintegración de la URSS.
Alexiévich no se queda anclada en el pasado, sino que documenta de manera muy crítica el derrotero que han tomado desde 1991 países como Rusia, a cuyo presidente, Vladímir Putin, acusa de llevar a su país al medievo con su «culto a la fuerza».
Su primer libro, La guerra no tiene rostro de mujer (1983), le costó ser perseguida de las autoridades soviéticas, que le acusaron de naturalismo y pacifismo, duras críticas en esos tiempos que impidieron su publicación. Aunque ingresó en 1984 en la Unión de Escritores de la Unión Soviética, no pudo publicar hasta la llegada de la Perestroika en 1985 el primer libro de su ciclo El hombre rojo. La voz de la utopía. Traducida a más de veinte idiomas, el libro narra el inconmensurable costo de la victoria sobre la Alemania nazi en la Gran Guerra Patria (1941-45), como se conoce en esa zona del mundo, la Segunda Guerra Mundial. Ese mismo año se publicó
también Últimos testigos, relatos que fueron muy alabados por la crítica como precursores de la «nueva prosa bélica» y que recoge las voces de aquellos que vivieron de niños (6-12 años) la contienda. La Guerra de Afganistán, acontecimiento que precipitó la desintegración soviética, es el protagonista de Los chicos del zinc (1989), pero desde el punto de vista de los veteranos y de las madres de las caídas en el país centroasiático.
Una vez consumada la caída de la Urss, Alexiévich dio una nueva vuelta y en su investigación sobre el fracaso de la utopía comunista con Hechizados por la muerte, un reportaje literario sobre el suicidio de aquellos que no soportaron el fracaso del mito socialista (1994). Voces de Chernóbil (1997) documenta las vivencias orales sobre el trauma que supuso la mayor catástrofe nuclear de la historia de la humanidad (1986) y que puso de manifiesto la amenaza que el fallido proyecto soviético representaba para el resto del mundo.
Alexiévich cerró el ciclo sobre el «homo sovieticus» con Tiempo de segunda mano, publicada en 2013, un año en el que sonó como una de las favoritas. «El hombre soviético no ha desaparecido. Es una mezcla de cárcel y guardería. No toma decisiones y simplemente está a la espera del reparto. Para esa clase de hombre la libertad es tener veinte clases de embutido para elegir», dijo a Efe al recibir el Premio de la Paz de los Libreros Alemanes en el 2013.
Siempre polémica, pero escribiendo con bases firmes, después de inmensos recorridos e investigaciones, sus libros son un grito del hombre común, del que no tiene voz, y es por eso que afirma, que los soviéticos viven de prestado, ya que no estaban preparados ni para la Revolución Bolchevique ni para la Perestroika ni para la pesada carga de libertad que trajo la caída del sistema comunista «El homo sovieticus nunca ha tenido experiencia de libertad o democracia. Creímos que nada más derribar la estatua de (el fundador del KGB, Félix) Dzherzhinski, seríamos Europa. La democracia es un trabajo duro que lleva generaciones».
«Durante los 30 o 40 últimos años dedicó su tiempo a la cartografía del individuo soviético y postsoviético. Pero no es una historia de los acontecimientos. Es una historia de las emociones, una historia del alma”. El valor de buena parte de la obra de Alexievich está en el hallazgo de un método que siempre estuvo allí y que nadie había explotado con la profundidad de ella en este tipo de temas: la historia oral. Y es que para construir la transmisión de la convulsionada realidad, la autora “organiza las voces como si fuera el coro de una tragedia griega, pero consigue un efecto muy íntimo”.












