En estas tres últimas semanas se escuchan en la prensa tres nombres que son: Svetlana Alexievich, Claire Hollingworth y Dorrit Harazim.
Por Estela Monterrosa
Probablemente a muchas personas los nombres de Svetlana Alexievich, Claire Hollingworth y Dorrit Harazim no les dirán nada. Para muchas otras sonaran un poco conocidos; y para aquellos que leen e investigan, seguramente sabrán que son tres mujeres periodistas, reporteras y que cada una en su campo ha logrado éxitos en el periodismo y en la literatura, como premios por su valiosa labor y su aporte al periodismo investigativo, de guerra, de relatos valiosos que le dan voz al hombre común y corriente.
Hoy iniciaremos descubriendo a cada una de estas mujeres, que son ejemplo para las nuevas generaciones de periodistas y por qué no, para periodistas ya veteranos, que todavía pueden aprender del coraje de estas mujeres valientes, guerreras, estudiosas y decididas a hacer del periodismo una hermosa pasión.
Svetlana Aleksijevitj
En su obra, Alexiévich mezcla el ensayo, el periodismo y la narrativa. Es una maestra del reportaje literario, género con el que relata con toda su crudeza el fracaso de la utopía soviética. A la imagen y semejanza de una arqueóloga, Alexiévich se sumerge con la ayuda de cientos de entrevistas en los acontecimientos más traumáticos que han marcado la vida del «homo soviéticus» como la Segunda Guerra Mundial, la Guerra de Afganistán, la catástrofe de Chernóbil y la desintegración de la URSS.
Alexiévich no se queda anclada en el pasado, sino que documenta de manera muy crítica el derrotero que han tomado desde 1991 países como Rusia, a cuyo presidente, Vladímir Putin, acusa de llevar a su país al medievo con su «culto a la fuerza».
también Últimos testigos, relatos que fueron muy alabados por la crítica como precursores de la «nueva prosa bélica» y que recoge las voces de aquellos que vivieron de niños (6-12 años) la contienda. La Guerra de Afganistán, acontecimiento que precipitó la desintegración soviética, es el protagonista de Los chicos del zinc (1989), pero desde el punto de vista de los veteranos y de las madres de las caídas en el país centroasiático.
Alexiévich cerró el ciclo sobre el «homo sovieticus» con Tiempo de segunda mano, publicada en 2013, un año en el que sonó como una de las favoritas. «El hombre soviético no ha desaparecido. Es una mezcla de cárcel y guardería. No toma decisiones y simplemente está a la espera del reparto. Para esa clase de hombre la libertad es tener veinte clases de embutido para elegir», dijo a Efe al recibir el Premio de la Paz de los Libreros Alemanes en el 2013.
«Durante los 30 o 40 últimos años dedicó su tiempo a la cartografía del individuo soviético y postsoviético. Pero no es una historia de los acontecimientos. Es una historia de las emociones, una historia del alma”. El valor de buena parte de la obra de Alexievich está en el hallazgo de un método que siempre estuvo allí y que nadie había explotado con la profundidad de ella en este tipo de temas: la historia oral. Y es que para construir la transmisión de la convulsionada realidad, la autora “organiza las voces como si fuera el coro de una tragedia griega, pero consigue un efecto muy íntimo”.