Por: Francisco Figueroa Turcios
Hay momentos en la vida en los que el fútbol deja de importar.
El balón puede esperar, el estadio puede esperar, incluso un partido de Liga puede esperar. Cuando la tragedia golpea, cuando la tierra tiembla y deja a su paso dolor, incertidumbre y desolación, lo verdaderamente importante es estar al lado de quienes necesitan una mano. Eso fue lo que entendió Walmer Pacheco.
El fútbol en segundo plano…

Walmer Pacheco, futbolista soledeño, capitán del Deportivo Pereira, se encontraba en Barranquilla con su equipo para disputar el partido contra Junior, correspondiente a la cuarta fecha de la Liga BetPlay.
Pero mientras los jugadores se preparaban para el compromiso deportivo, las noticias que se difundían en las emisoras y la televisión hablaban de una tragedia que había sacudido profundamente a la capital de Risaralda. La tierra había temblado y con ella también la vida cotidiana de miles de personas en Pereira y otras ciudades en Colombia.
Walmer Pacheco no necesitó muchas explicaciones para entender que aquel partido de fútbol había pasado a un segundo plano. Pereira ya no era solamente la ciudad de su club. Era la ciudad donde había construido una nueva parte de su vida, donde vivía con su familia y donde, con el paso del tiempo, había dejado de sentirse un visitante para convertirse en un integrante más de aquella comunidad.
Walmer Pacheco, levantó la voz.

El mensaje que emitió Walmer Pacheco sobre el fuerte terremoto en Colombia fue sencillo, pero poderoso: el fútbol no podía estar por encima de la calamidad que estaba viviendo Pereira. En tiempos en los que el deporte profesional suele estar rodeado de contratos, estadísticas, resultados, calendarios, patrocinadores y obligaciones, Walmer Pacheco recordó algo esencial: detrás de cada camiseta hay un ser humano.
Y ese ser humano también tiene el deber de responder cuando la sociedad lo necesita. Mientras en Barranquilla se hablaba de un partido, en Pereira se hablaba de sobrevivientes, de familias desesperadas, de edificios afectados y de calles convertidas en escenarios de angustia. Para Pacheco, la decisión parecía obvia.
Tomó su vehículo y emprendió el regreso. No esperó a que alguien le dijera qué hacer. No esperó una convocatoria oficial. No esperó cámaras ni fotógrafos. Simplemente entendió que tenía que estar allí. El viaje de regreso fue, en cierta forma, el comienzo de otro partido. Uno sin árbitro. Sin marcador. Sin tribunas. Sin camisetas rivales. Y, sobre todo, sin posibilidad de celebrar un triunfo individual. Cuando finalmente llegó a Pereira, Walmer no se refugió en su casa. Se puso los guantes y salió a las calles.
Allí estaba el capitán...

Walmer Pacheco se convirtió en no en el capitán de campo del Deportivo Pereira en la cancha, asumió el rol de capital para salvar vidas…Walmer no estaba con el balón en los pies, sino con las manos metidas entre los escombros. No buscando una pelota perdida, sino intentando encontrar sobrevivientes. No recibiendo aplausos de una tribuna, sino compartiendo el dolor de una ciudad que había sido golpeada por la naturaleza.
Aquella imagen dice mucho más de un futbolista que cualquier estadística. Porque ser capitán no consiste únicamente en llevar un brazalete en el brazo. Ser capitán significa asumir responsabilidades cuando los demás necesitan orientación. Significa aparecer cuando las circunstancias son adversas. Significa entender que el liderazgo también se ejerce fuera de la cancha.Y Walmer Pacheco lo entendió.
Podía haberse quedado en Barranquilla. Podía haber permanecido con su familia, protegido del caos y del peligro. Podía haber argumentado que su obligación era jugar al fútbol y que para eso estaba contratado. Pero decidió otra cosa. Decidió regresar a la ciudad que ahora también considera suya. Quizá esa sea una de las formas más auténticas de pertenecer a un lugar: no solamente disfrutar de sus días felices, sino acompañarlo cuando llegan los momentos difíciles.
Pereira lo había recibido como futbolista. Ese día Walmer quiso devolverle algo mucho más grande que un gol. Le devolvió solidaridad. En las tragedias, las ciudades suelen descubrir quiénes son realmente sus hijos. Y algunas veces esos hijos no nacieron allí. Llegaron desde otros lugares, hicieron su vida, formaron una familia y terminaron adoptando la ciudad como propia.
Walmer nació en Soledad, Atlántico, tierra de fútbol, música, carnaval y gente trabajadora. Pero ese día su corazón estaba en Pereira. Dos ciudades. Dos raíces. Una misma humanidad.
El gesto de Walmer Pacheco también representa algo que el fútbol colombiano necesita recordar con frecuencia: los futbolistas son figuras públicas, pero antes que eso son ciudadanos. Tienen la posibilidad de inspirar no solamente con sus actuaciones deportivas, sino también con sus comportamientos frente a las dificultades de la sociedad.

Y en medio de la tragedia, Walmer Pacheco ofreció una lección que ningún entrenador necesita explicar en un tablero táctico. Hay partidos que se juegan durante noventa minutos. Hay otros que duran toda una vida.
El partido de Walmer aquel día no tuvo goles ni asistencias. No hubo estadísticas que registrar ni periodistas contabilizando sus intervenciones. Pero hubo algo mucho más importante: manos ayudando, voluntad acompañando y un hombre poniendo su nombre y su esfuerzo al servicio de una comunidad golpeada.
Por eso aquella imagen merece permanecer. El capitán del Deportivo Pereira, con los guantes puestos, entre los escombros de una ciudad herida. El futbolista que dejó por un momento la camiseta, los entrenamientos y el estadio para ponerse otra camiseta invisible: la de la solidaridad.
Porque el verdadero liderazgo no siempre aparece bajo los reflectores. A veces aparece cubierto de polvo. A veces tiene las manos cansadas. A veces no levanta una copa. A veces simplemente ayuda a levantar una piedra con la esperanza de encontrar debajo de ella una vida.
Y ese día, Walmer Pacheco entendió que había un partido mucho más importante que el que debía jugarse en Barranquilla. El partido de la vida. El partido de su gente. El partido de la solidaridad. Este es un capitán.











