En los últimos tiempos los representantes de Dios en la tierra meten más las narices en los temas neurálgicos de las sociedades de cada época. Y guían a los gobiernos a enderezar el rumbo erróneo que llevan.
Por Rafael Sarmiento Coley
Aunque no se crea, estamos rodeados de ateos, algunos conscientes, y otros porque, simplemente consideran que un Sumo Pontífice de la Iglesia Católica nada tiene que ver con la economía, la política, el trabajo, el colegio de los niños, el arriendo, la compra en el supermercado, el aumento del IVA y el que viene (porque todos los días el Estado se inventa una película para estrangular el raquítico ingreso de una familia de clase media-baja).
Dejemos a los ateos por fuera de esta crónica, con la debida aclaración que ellos, siendo una minoría, deben participar en un debate y en una sociedad incluyente para que pueda haber democracia. De lo contrario sería vivir en un indeseable Estado troglodita.

Y digámosle que sí, que desde los años 50 hacia acá el pequeño Estado Vaticano ha metido sus manos en muchas delicadas situaciones de tensiones entre naciones, entre grupos de ellas, frente a genocidas potenciales, sistemas políticos omnímodos y criminales y dictaduras férreas que violan sin miramiento alguno todos los derechos humanos.
Buenos visitantes
El primer Papa que pisó y besó tierra colombiana fue su Santidad Pablo VI (Giovanni Battista Enrico Antonio María Montini). Llegó a la capital colombiana el 22 agosto de 1968 para una visita de tres días. Muy fructífera. Más de un millón de personas lo esperaron en el aeropuerto El Dorado, en donde lo aguardaba una comitiva encabezada por el entonces presidente de la República, Carlos Lleras Restrepo, quien ese día, como pocas veces en su vida, tenía una sonrisa de oreja a oreja. Sobra decir que era cascarrabias y trompeador. En su juventud había sido boxeador peso mini-mosca.

Esa visita movió bastante la economía y dejó obras que marcan la diferencia de Bogotá como capital: el extenso y moderno Parque Simón Bolívar, en donde, precisamente hará una misa campal su sucesor actual el Papa Francisco I. También forjó la idea de hacer una enorme urbanización para gente pobre, una ciudadela con casas a muy bajos precios y dotada de iglesia, colegio gigante con comedor escolar, parques y supermercados. Dejó unos aportes para que se hiciera una gran avenida en Bogotá. La avenida fue bautizada Pablo VI y la Ciudadela también.
Se cree que el país tuvo un movimiento muy positivo en su economía.
Apenas 18 años después, el 1 de julio de 1986, se presentó el carismático Juan Pablo II, en su vida real de origen polaco, llamado Karol Jósef Wojtyla, quien enloqueció a la feligresía colombiana y a la que vino de otros países. Porque en verdad era un personaje de estos tiempos, de un enorme dominio escénico, manejo impecable del lenguaje en radio, cine y televisión. Mejor dicho, toda una estrella mediática.
Momentos distintos
Pablo VI vino cuando estaba Latinoamérica hirviendo en deseos de dejarse arrastrar por el atrayente discurso del falso paraíso socialista.
En Colombia ya la semilla había germinado, con jóvenes guerrilleros preparados en Cuba, con movimientos apoyados con armamento moderno de la extinta Unión Soviética. Las Farc dirigidas por Tirofijo y el ELN de los sanguinarios hermanos Vásquez Castaño.
El mayor descontento era de los campesinos. Colombia todavía era un país rural. No urbano, como se ha convertido desde hace unos 40 años. Por lo tanto los problemas eran muy graves en el sector rural por la tenencia de la tierra, problema que aún hoy subsiste.
Y, precisamente, uno de los encuentros al que el Papa Pablo VI le dio la mayor importancia fue con los campesinos en la población de Mosquera. Los registros de prensa señalan que fue un encuentro muy fructífero por la forma amena y el mensaje profundo del Sumo Pontífice acerca de los valores humanos y la convivencia social. En palabras mundanas, que el mejor de los mundos era el sistema de economía abierta, con democracia, con oportunidades para todos. Por supuesto cuestionó la concentración de la tierra en pocas manos y el derecho del campesino a tener un huerto en donde cultivar el sustento de su familia.
Era un momento muy delicado en las relaciones internacionales en un mundo bipolar que se mostraban los dientes a cada instante: Estados Unidos vs. La hoy extinta Unión Soviética.
En Barranquilla el Papa polaco Juan Pablo II (Karol Józef Wojtyla) hizo de todo, hasta bailó cumbia con el grupo del Gallo Giro.
Precisamente Karol Wojtyla jugó un papel estelar para derrumbar el muro de Berlín y dinamitar la Unión de Repúblicas Socialsocialistas Soviéticas (Urss).
Juan Pablo II fue un Pontífice incansable. Cuando vino a Colombia estremeció las raíces del país e hizo renacer la esperanza en un país que un año antes había sufrido dos tragedias que le golpearon lo más profundo de su ser.
El 6 de noviembre de 1985 se registró el holocausto del Palacio de Justicia, en un demencial acto terrorista llevado a cabo por el entonces grupo alzado en armas M-19. Murieron casi todos los magistrados de la Corte, jueces, auxiliares, empleados, visitantes y los guerrilleros, en total más de 100 personas.
Y siete días después, el 13 de noviembre, inesperadamente el volcán Nevado del Ruiz hizo una descomunal erupción y arrasó con el municipio de Armero. Fue algo espantoso.
En su visita a Colombia Juan Pablo II visitó la zona del desastre y allí ofició una misa. Su visita, además, produjo una fuerte donación de parte de la Iglesia Católica, y los principales banqueros, industriales y comerciante se comprometieron con el llamado ‘Papa Viajero’ a hacer sus buenos aportes para la reconstrucción de Armero, como en efecto sucedió.
Qué nos trae Francisco
Jorge Mario Bergoglio, Cardenal argentino convertido en Supo Pontífice con el nombre de Francisco I, es un Papa tan carismático como su antecesor, el Papa Juan Pablo II.
Francisco I con más razón, siendo latino. Quienes lo conocen de cerca aseguran que es un Papa que, detrás de esa carita sonriente, maneja un discurso duro en materia política y económica, tanto así, que para los servicios de inteligencia de Estados Unidos “es un Papa de izquierda”, lo cual, hasta ahora, no ha demostrado de manera pública.
Viene a Colombia en momentos en que se tantea con un acuerdo con las guerrillas de las Farc, con una feroz disidencia a cuestas y, para más señas, claramente vinculada con el narcotráfico. También viene en momentos en que se mantiene el diálogo con el otro grupo guerrillero en contienda, el ELN.
Y de ñapa, viene en momentos en que el país no sale de una sorpresa diaria producida por la corrupción a todos los niveles, tanto así que carcomió el vientre de las altas cortes.
En medio de todo, el país tiene una economía estable, con garantías plenas para el inversionista nacional y extranjero y con una democracia digamos que aceptable, sin peligros a la vista.
Se calcula que el país recibirá oleadas de turistas católicos de Brasil, Perú y Centroamérica.
La ocupación hotelera estaría en un 85% en Bogotá, (que además del turismo extranjero recibirá las oleadas de católicos del altiplano cundiboyacense); 90% en Medellín (que recibirá el grueso de la población católica de toda Antioquia, más el EJE Cafetero y el Urabá), 70% Villavicencio (que recibirá a toda la población católica de los Llanos Orientales colombianos y venezolanos), y Cartagena con otro 85% por el turismo extranjero y el de toda la Costa Caribe colombiana.
La industria turística, el sector financiero y el comercio esperan utilidades por cerca de 80 millones de dólares en Bogotá, unos 50 millones en Medellín, unos 40 millones en Cartagena y otros 30 millones en Villavicencio. Serán los sectores más favorecidos, más el servicio de transporte, el sector médico y la logística que moverá cerca de $800 mil millones en las cuatro ciudades que visitará el Papa Francisco desde miércoles cuando llega a Bogotá.











