Por Óscar Arias-Díaz
Los 101 dálmatas (1996), Cenicienta (2015), La bella y la bestia (2017), Dumbo (2019), El Rey León (2019), Aladdin (2019 y ahora La Sirenita (2023) son los títulos que comienzan a abrirse camino en el tránsito de la animación clásica de Disney al denominado “live action”, donde actores de carne y hueso encarnan los personajes más emblemáticos del mundo de Disney.
En esta oportunidad se retrata la historia del cuento clásico de Hans Christian Andersen, famoso por sus cuentos para niños. Fue originalmente publicado el 7 de abril de 1837, donde una sirena que vive en las profundidades del océano busca explorar el mundo con dos pies sobre la tierra.
Al tener una historia tan presente en distintas generaciones, el gana a gana por parte del conglomerado cinematográfico, Disney. Una fórmula donde se sigue exprimiendo cada una de las historias que hacen parte de un universo propio generado bajo la batuta del mismo creador de todo, el legendario Walter Elías Disney.
La película puede dividirse en dos momentos. Una en el agua y otra en la tierra, tal como se desarrollaba en el clásico de la animación como género cinematográfico. Las imágenes que rinden tributo a ese título que fue el germen que se plantó dentro de la semilla del cine y se masificó tanto en salas como en un principio en: video, cable y ahora en plataformas hace que se busque llegar al público principal del maravilloso mundo de Disney quienes son los niños, padres, tíos y abuelos.
Al final, el mismo Disney siempre ideó una forma para llegar a los más pequeños y poder fortalecer su emporio que va desde los parques de recreaciones que se expanden en la mayoría de los continentes, al igual que su división de licencias que hace que podamos ver a los personajes de Disney tanto en juguetes, camisetas, gorras, libretas y cualquier elemento que pueda generar algún tipo de ganancia que tributan directa o indirectamente a una empresa que se especializa en vender sueños e ilusiones.
La sala de cine estaba llena y era mágico poder ver que grandes y chicos se reunían bajo las imágenes del cinematógrafo, esta vez en proyectores digitales que distan mucho de las imágenes y sonidos de la película de animación de 1994. Al fin y al cabo, la tecnología y el cine son un binomio que se nutre de sí mismo y que gracias a todos los dioses son las salas como ese espacio en que se reúnen bajo la oscuridad propios y extraños para dejarse llevar así sea por un poco tiempo del mundo en el que vivimos hoy en día.
Lo bueno: Las actuaciones son creíbles y se rinde homenaje no solo al título de animación, sino también al clásico que genera el ADN de la historia. La música de Lin Manuel Miranda que no solo tiene el crédito de la música y de hacer las canciones, letras que acompañan distintas escenas y también permite contribuir desde el cargo de producción. Las salas de cine están llenas por núcleos familiares que fortalecen la experiencia del consumo cinematográfico en ese espacio que se mantiene desde el principio del cine.
Lo malo: El enfrentamiento final termina siendo fácil y la antagonista no termina de encajar al momento de generar algún tipo de obstáculo. Tal vez, le estoy pidiendo mucho a un título que está pensado, escrito, producido y dirigido para los más pequeños y sus familias.











