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La Sidra Asturiana: Mucho Más que una Bebida, un Patrimonio Vivo de la Humanidad

Por María V. Mendoza Ojeda

En el corazón del norte español, entre los valles y montañas del Principado de Asturias, se destila una tradición que trasciende lo gastronómico y roza lo sagrado: la sidra. Esta bebida fermentada de manzana, que podría parecer simplemente una opción refrescante en una carta de bar, es en realidad un símbolo profundamente arraigado en la identidad cultural asturiana, un patrimonio que habla de historia, comunidad y ritual.

No es casualidad que, en diciembre de 2024, la Unesco haya otorgado a la cultura sidrera asturiana el reconocimiento como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, una distinción que no solo valida siglos de práctica artesanal, sino que también protege un modo de vida que conecta al ser humano con la tierra, la memoria y la celebración.

El alma de un pueblo, en cada “culín”

La sidra no se limita a ser una bebida popular; es el eje de una compleja red de prácticas sociales, rituales colectivos y saberes ancestrales. Es parte de la cotidianeidad de Asturias, pero también de sus momentos más festivos. Se comparte en reuniones familiares, en tabernas tradicionales y en celebraciones multitudinarias. Su consumo no es un acto individual, sino una experiencia colectiva que refuerza la fraternidad y el sentido de pertenencia.

“El culín” —ese pequeño sorbo que no debe sobrepasar los tres dedos en el vaso— no se sirve, se escancia, en un acto casi ceremonial donde el escanciador lanza el líquido desde lo alto para que rompa en el vaso y libere su alma carbónica. Este gesto, cargado de técnica y simbolismo, es más que una forma de servir: es un arte que combina el cuerpo, el tiempo y la tradición.

Del campo al llagar: el viaje de la manzana

La sidra asturiana nace de la pomarada, el campo de manzanos donde se cultivan variedades autóctonas con un profundo respeto por la tierra. Desde allí, la fruta inicia un recorrido hacia el llagar —la bodega tradicional— donde se exprime, se fermenta y se transforma en esa bebida ligera, de baja graduación alcohólica y sin burbujas añadidas que la distingue del “vino de manzana” de otras latitudes.

Este proceso, que aún hoy se mantiene en gran parte artesanal, es heredado de generaciones pasadas y representa un ejemplo vivo de sostenibilidad, vínculo rural y respeto por los ciclos naturales.

Una historia milenaria y universal

Aunque sus raíces se asocian comúnmente al pueblo astur, algunos historiadores sitúan los orígenes de la sidra en las antiguas civilizaciones del Próximo Oriente. Los romanos habrían introducido su consumo en Europa, pero existen teorías sólidas que sostienen que en Asturias ya se fermentaban manzanas mucho antes de su llegada.

Su nombre proviene del latín sicera, que significa “bebida embriagadora”, una etimología que revela su uso ritual y su valor simbólico más allá del simple placer sensorial.

Celebraciones que reafirman la identidad

En agosto, España entera celebra el Día Mundial de la Sidra, pero es en Gijón donde este homenaje alcanza dimensiones históricas. En 2025, se batió el récord mundial de escanciado simultáneo con 9.833 personas “echando un culín” en la playa de Poniente. Esta cifra no es solo un logro logístico, sino una declaración de amor a una tradición que sigue viva y vibrante.

La ciudad también acogió la edición número 34 de la Fiesta de la Sidra Natural, declarada de Interés Turístico Regional, un evento que reúne música de gaitas, gastronomía típica —como los tortos de maíz, chorizos y quesos asturianos— y espacios que permiten al visitante sumergirse en la rica cultura sidrera.

Un viaje sensorial y cultural

Hoy existen rutas temáticas conocidas como el “viaje sidrero”, que invitan a locales y turistas a conocer de cerca cada paso de esta tradición: desde la recolección de la manzana hasta el escanciado final. Estas experiencias no solo promueven el turismo cultural, sino que también contribuyen a la transmisión intergeneracional del conocimiento, un aspecto crucial para la conservación del patrimonio inmaterial.

La sidra asturiana es apenas una de las miles de manifestaciones que en todo el planeta reclaman ser vistas, valoradas y transmitidas. Porque en cada vaso compartido, en cada escanciado, lo que realmente se preserva es la esencia de un pueblo.

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