Recuento de un mito en el que, por obra y gracia de una mujer, resulta como consecuencia la invención de las cuatro estaciones: Verano, Otoño, Invierno y Primavera.
Por: William Castro A.
Durante siglos se creyó que los dioses no podían amar. El amor era un capricho que siempre acababa en tragedia. No se sabe con certeza la fuente que denigra la omnipresencia e inmortalidad, que ahora ponen en duda las acepciones en torno a su existencia. Porque, si bien, el conocimiento es algo que menos les preocupa, también es un engaño que paren los sentidos, haciéndoles creer, hasta luego lamentarlo, que un dios no puede ser un dios sin su diosa.
Eras, Plutón, peor que el abismo, y a través del Leteo transportabas las almas que, sin ninguna clase de perdón, o consentimiento, se fueron tornando tu única compañía. Hasta que Ella nació y volviste a estar solo: A falta del pecado detrás de esa belleza que debía ser tuya sin importar lo que costara.
Fue así Plutón como te volviste un ser colmado de angustia, convencido de la muerte y su destino irreparable, pequeña luz portabas en la inmensidad de las tinieblas; hasta que la miseria, al igual que la desdicha, acabaron sumergidas en el fondo de un abismo que siempre ocupó el lugar de tu corazón.
Supiste entonces que los días no eran eternos en la tierra imperfecta, sino porque Ella se había convertido en su luz constante, en la mismísima Luz que la ilumina con su irradiante sexo, hasta el punto de ser considerada la más hermosa de las mujeres del Panteón, sin importar, acaso, que fuese sólo una niña.
Grato respeto impartía al que osara mencionarla, exaltando su capacidad de razonar, pero nunca de invocar a la muerte. «Es tan sabia -decían- que toca todo lo que se mueve«.
Otros cantos, sin embargo, referían prosperidad, que del seno de su madre muy temprano heredaría, para luego derramarla sobre todo aquel mortal que esperase con paciencia la cosecha de su vida. «Quizás -se rumoraba- el arte significa irradiación: La cura espiritual de toda una raza«.

Sin embargo, Plutón habría olvidado su tentativa de llevársela, con el tiempo que fue observando las figuras de una juventud esquiva, que marcada por la indiferencia hacia el amor, y a lo sumo, cualquier muestra de afecto, eran sin duda el reflejo digno de las mujeres en la tierra. ¿Pondría en dudas su perfección?
Ella, que inmersa en un paraíso de incertidumbres, nunca había experimentado la suerte de un amor propio. Ella, que aferrada al cielo, se aferraba también a las leyes divinas. Ella, que una vez despierta, no dormiría jamás.
Plutón, en medio de tales sentimientos, tomó una decisión: llegó a cruzar su belleza por los jardines del Edén, en un tiempo cualquiera, convertida, esta vez, en un mar de desasosiego; observando la soledad que le fluía a caudales, manifiesta en las lágrimas que anegaban la tierra.
Sólo en ese instante supo que lo había logrado y, sin presentarse, arrimósele en forma de tierna gacela, que atraída por su llanto y ensueño, fue clara al preguntarle si quería ser la diosa de su infierno.
Ella nunca respondió, mas, con sólo escucharle, cesáronse las lluvias en todo el firmamento. Y era porque la muerte, desde su malograda tentativa, se había dado cuenta que nunca sembraría en los huesos de una mujer, hasta haber una atmósfera tan propicia que, como aquella, le permitiera sembrar su semilla, aquella con la que le había nombrado diosa y señora de los Diablos.
Durante siglos se creyó que los dioses no podían amar. Ahora que se sabe lo contrario, se prevé un porvenir distinto para los mortales. Uno donde es preciso concebir la infinitud del espacio, la brevedad del paisaje, y el estatismo de las estaciones: Verano y Otoño, época infernal, Invierno y Primavera, paz y compañía. En adelante, cuando las brisas del Día se hayan desvanecido, y soplen ausentes las sombras de la Noche, se sabrá con certeza que ello es Perséfone gestando.











