Por: Francisco Figueroa Turcios
En San Juan de Betulia, Sucre, hay un hombre que lleva medio siglo con las manos puestas sobre un volante, recorriendo los caminos de la vida, mientras por otros senderos, los del humor, ha construido una historia que también merece ser contada.
Su nombre es Pulio Cèsar Mendoza Atencia, pero en el imaginario popular de las sabanas de Sucre y Córdoba todos lo conocen como Puyo Mendoza. Un personaje de esos que parecen haber nacido con una sonrisa dibujada en el rostro y una historia preparada para provocar una carcajada.
El Puyo Mendoza, convirtió las ocurrencias de la vida cotidiana en un espectáculo de humor sabanero, sin necesidad de escenarios, libretos ni grandes reflectores.
El Puyo Mendoza, mientras transporta pasajeros por los caminos de su tierra, también lleva en su equipaje la capacidad de arrancarles una sonrisa a quienes tienen la fortuna de encontrarse con él.
Cincuenta años lleva El Puyo Mendoza conduciendo, no son solamente una cifra. Son cinco décadas de madrugadas, carreteras, caminos polvorientos, destinos diferentes, pasajeros, encuentros y despedidas.
Son incontables jornadas en las que el volante se convirtió en compañero de viaje y la carretera en testigo silencioso de una existencia marcada por el trabajo y la perseverancia.
Mientras muchos encuentran en el automóvil una herramienta para ganarse la vida, El Puyo Mendoza también encontró en cada recorrido una oportunidad para observar, escuchar, conversar y alimentar ese repertorio de historias que después se transforman en materia prima de su humor.
En San Juan de Betulia, un municipio de Sucre donde las historias se cuentan con la picardía propia de la sabana, El Puyo Mendoza es mucho más que un conductor. Es un personaje popular, un contador de cuentos, un humorista espontáneo y un hombre que ha hecho de la risa una manera de relacionarse con la vida.
El pueblo lo conoce como Puyo Mendoza. Su nombre artístico no necesita presentación entre quienes han escuchado sus ocurrencias, sus monólogos y esas historias que parecen sacadas de la imaginación de un escritor, pero que tienen como materia prima las situaciones más sencillas de la cotidianidad.
El humor el ADN de El Puyo Mendoza…
El humor de Puyo Mendoza tiene raíces profundas en la cultura sabanera. Es un humor espontáneo, picaresco, costumbrista, alimentado por las expresiones populares, las vivencias de los pueblos y esa capacidad tan característica de los habitantes de la región para encontrarle el lado gracioso hasta a las situaciones más difíciles.
No necesita grandes escenarios ni sofisticados libretos para despertar una sonrisa. Su principal herramienta es la palabra; su mejor escenario, la cotidianidad; y su mayor virtud, la naturalidad con la que cuenta sus historias.

En sus relatos aparecen personajes, situaciones, ocurrencias y episodios que parecen sacados de la vida misma.
Allí está precisamente la esencia de su gracia: la gente se ríe porque reconoce en sus cuentos algo de su propia existencia, de sus vecinos, de sus amigos y de las costumbres de los pueblos de la sabana.
El Puyo Mendoza tiene esa condición de los buenos cuenteros: sabe encontrar una historia donde otros solamente ven un acontecimiento común. Su estilo, espontáneo y sin artificios, lo ha convertido en un exponente del humor sabanero y costeño. Sus monólogos, chistes y anécdotas han encontrado también en las redes sociales una ventana para llegar a públicos que van más allá de las fronteras de su querido San Juan de Betulia.
El día que Puyo se robó el lapicero del profesor…
Cuando Pulio Cèsar Mendoza, conocido popularmente como El Puyo, nació el 4 de noviembre de 1952 en San Juan de Betulia, el pueblo todavía no conocía las bondades del fluido eléctrico.
En San Juan de Betulia, las noches se alumbraban con lámparas y los alimentos se conservaban como se podía. Apenas dos tiendas tenían neveras de gas, donde se vendían unos deliciosos helados de cono que eran una tentación para los niños: la tienda de Vicente Díaz y la de Ismael Pérez.
Los padres de El Puyo, Alfonso Mendoza y María Fidelia Atencia, eran personas humildes y trabajadoras. Alfonso se desempeñaba como técnico dental, mientras María Fidelia dedicaba sus días a los oficios del hogar. Los recursos económicos apenas alcanzaban para atender las necesidades esenciales de la familia. Por eso, cuando El Puyo Mendoza cursaba la primaria en el colegio San Juan Bautista, no siempre tenía dinero para comprar la merienda durante el recreo.

Pero a los diez años, cuando El Puyo Mendoza, cursaba tercero de primaria la tentación pudo más que la prudencia. Aquel día, con unas ganas inmensas de probar los famosos helados, Pulio Cèsar se acercó a su padre y le pidió dinero para comprar un lapicero. Alfonso, sin imaginar el destino que tendría aquella moneda, le entregó lo solicitado.
El muchacho salió con una misión aparentemente escolar, pero su corazón tenía otro itinerario. Primero pasó por la tienda de Vicente Díaz y se compró dos helados. Después, como si la primera parada no hubiera sido suficiente para satisfacer su antojo, llegó donde Ismael Pérez y se comió otros dos: ¡Cuatro helados en una sola jornada!
El problema apareció cuando recordó que debía regresar a casa con el lapicero que supuestamente había ido a comprar. Se había gastado todo el dinero y ahora tenía que encontrar una explicación para semejante descalabro.
Fue entonces cuando apareció el ingenio. Al regresar al salón de clases, comenzó a reclamar a gritos que alguien le había robado el lapicero. El profesor Rafael Garay escuchó sus protestas y, en lugar de compadecerse, le lanzó una advertencia:
—¡Puyo, eso le pasa por ingenuo! Usted tiene que avisparse- le sentenció el profesor Garay. Aquellas palabras, que parecían una simple reprimenda, terminaron convirtiéndose en la inspiración de una de las primeras travesuras memorables del futuro humorista.
El Puyo Mendoza se quedó pensando. Si el profesor le estaba diciendo que tenía que avisparse, había llegado la hora de poner en práctica la recomendación. Esperó pacientemente el momento de salir al recreo. Cuando los estudiantes abandonaron el salón, aprovechó la ocasión y se apoderó del lapicero del profesor Garay.
Al regresar a clases, el maestro anunció un examen escrito. Los estudiantes prepararon sus útiles, pero El Puyo Mendoza se levantó de su puesto con una expresión de absoluta preocupación.
—Profesor, yo no puedo hacer el examen porque no tengo lapicero.
El profesor Rafael Garay, quizás recordando el incidente anterior, quiso resolverle el problema. —Tranquilo, Puyo. Eso no es excusa. ¡Tome mi lapicero!
Pero cuando el profesor Garay fue a buscar el lapicero, se encontró con la desagradable sorpresa de que tampoco aparecía el suyo. Revisó el escritorio, buscó entre sus pertenencias y, al comprobar que el lapicero había desaparecido, explotó de indignación:
—¡Verdaderamente, aquí en este salón hay una partida de pícaros! Primero se le robaron el lapicero al Puyo y ahora fue el mío. ¡Quedan todos castigados, menos el Puyo!
Y allí estaba Pulio Cèsar Mendoza, el mismo muchacho que había llegado al colegio sin lapicero, que había convertido el dinero de los útiles escolares en cuatro helados y que ahora salía indemne de una travesura que tenía a todo el salón castigado.
Quizás aquel día nadie lo advirtió, pero en ese salón de clases comenzaba a asomarse el personaje que décadas después haría reír a generaciones enteras de sabaneros.
Porque antes de convertirse en El Puyo Mendoza , el hombre que por medio siglo ha recorrido los caminos de la vida y los senderos del humor, fue simplemente Pulio Cèsar , un niño de San Juan de Betulia que descubrió que una buena historia podía salvarlo de un castigo y que una travesura bien contada podía valer mucho más que cuatro helados.
A veces los grandes humoristas no nacen sobre un escenario. Nacen en un salón de clases, entre la inocencia de la infancia, las estrecheces económicas y una travesura que termina convirtiéndose en leyenda.
En las redes sociales…
Pulio Cèsar Mendoza ha sabido aprovechar ese talento natural. Sus relatos y monólogos han encontrado también en las redes sociales una ventana para llegar a públicos que van más allá de las fronteras de San Juan de Betulia.
Lo que antes posiblemente quedaba en las conversaciones de sus paisanos, hoy puede viajar de teléfono en teléfono, de pueblo en pueblo, llevando consigo esa manera particular de hacer humor que caracteriza a los hombres y mujeres de las sabanas de Sucre y Córdoba.
Sin embargo, detrás del personaje que provoca carcajadas existe también un trabajador que ha dedicado buena parte de su existencia a ganarse la vida honradamente. No es un humorista que haya abandonado su oficio para vivir de los aplausos. Puyo Mendoza ha mantenido su actividad como conductor, demostrando que el talento artístico y el trabajo cotidiano pueden convivir en una misma persona.
Durante cinco décadas ha tenido pasajeros en su vehículo, pero también ha transportado historias, recuerdos y experiencias que alimentan ese repertorio de situaciones que después terminan convertidas en humor.
Quizás allí se encuentre uno de los secretos de su espontaneidad: Puyo ha sido un observador privilegiado de la vida. En medio de sus recorridos ha conocido personas, escuchado conversaciones y presenciado episodios que, en manos de alguien con su imaginación, pueden transformarse en auténticas piezas de comedia.
Su historia también es un reconocimiento a esos personajes autóctonos que conservan la identidad cultural de los pueblos. Hombres que no necesariamente aparecen en las grandes carteleras del espectáculo, pero que tienen un lugar especial en la memoria colectiva de sus comunidades.
En tiempos en los que el entretenimiento parece depender de grandes producciones, Puyo Mendoza representa otra manera de hacer reír: la del humor nacido de la calle, de la experiencia, de la palabra y de la imaginación popular.
Y es que hay una riqueza extraordinaria en esos personajes que, sin proponérselo, terminan convirtiéndose en embajadores de la cultura de sus pueblos.
Puyo es uno de ellos. Su nombre está ligado a San Juan de Betulia, pero sus ocurrencias han comenzado a recorrer otros territorios gracias a las posibilidades de comunicación que ofrecen las redes sociales.
El hombre, el personaje y su legado…
Detrás del personaje popular está Pulio Cèsar Mendoza, un hombre que ha sabido hacer de su manera de ser una forma de relacionarse con la gente.
En los pueblos de nuestra geografía existen personajes que terminan convirtiéndose en parte del patrimonio sentimental de sus comunidades. No aparecen necesariamente en los libros de historia ni ocupan grandes titulares, pero permanecen en la memoria colectiva porque representan una manera de hablar, de vivir, de contar y de entender el mundo. El Puyo Mendoza pertenece a esa categoría.
La historia de Pulio Cèsar Mendoza, tiene el valor de quienes han construido su camino sin perder la conexión con sus raíces. Medio siglo de trabajo como conductor y una trayectoria reconocida por su particular talento para el humor son dos caras de una misma vida: la de un hombre que ha sabido transitar por las dificultades sin renunciar a la sonrisa.
El miércoles 4 de noviembre, cuando El Puyo Mendoza, cumpla 74 años, tendrá motivos suficientes para mirar por el espejo retrovisor de la existencia y contemplar un recorrido lleno de experiencias. Cincuenta años conduciendo por las carreteras y caminos de la región, y muchos más llevando el humor como una especie de equipaje inseparable.











