Por: Francisco Figueroa Turcios
Durante buena parte de su vida, Mario Miranda Marañón aprendió que sobre el cuadrilátero los sueños se defienden a golpes.
Fue un hombre acostumbrado a recibir castigo, levantarse de la lona y volver a la pelea con la convicción de que ningún combate termina mientras exista voluntad. Sin embargo, la vida le tenía reservado un adversario imposible de estudiar, un rival silencioso que apareció cuando estaba dispuesto a librar una batalla completamente distinta: el Alzheimer.
La música fue la asignatura pendiente que Mario Miranda siempre quiso cristalizar. Después de haber recorrido el mundo con los guantes puestos, soñaba con hacerlo ahora acompañado de melodías y letras nacidas de su propia inspiración. Pero cuando tenía entre ceja y ceja el proyecto de grabar un disco con composiciones de su autoría, el Alzheimer lo sorprendió y lo derribó con un nocaut fulminante, interrumpiendo una ilusión que apenas comenzaba a tomar forma.
Mario Miranda nació en Barranquilla el 13 de mayo de 1960. Su nombre quedó inscrito en la historia del deporte colombiano cuando, con apenas 22 años, se convirtió en el segundo boxeador barranquillero en disputar un campeonato mundial. La cita fue el miércoles 15 de septiembre de 1982 frente al puertorriqueño Juan Laporte. Aquella noche cayó por nocaut técnico en el décimo asalto, pero su valentía le abrió un espacio permanente entre los grandes exponentes del boxeo de la Capital del Atlàntico..
Proyecto musical que quedó en remojo..

Terminada la intensidad de los cuadriláteros, Mario Miranda, comenzó a escuchar con mayor claridad una voz que siempre había estado presente en su interior. Esa pasión no nació por casualidad. La heredó de su madre, Cándida Rosa Marañón, quien convirtió el canto en la banda sonora permanente de su hogar.
«Desde que tuve uso de razón, recuerdo que mi mamá, Cándida Rosa Marañón, vivía en todo momento cantando. Siempre están latentes los recuerdos de mi madre. Por estar sumergido en el mundo del boxeo no tenía tiempo para dedicarle espacio a mi pasión por la música. Ahora tengo el tiempo para dedicárselo a la música», confesó Mario Miranda al portal La Cháchara.
Con esa motivación, Mario Miranda, comenzó a escribir y preparar un repertorio propio. Entre sus composiciones sobresalían El Balsero, El Mentiroso y Persevera, canciones que reflejaban vivencias, esperanzas y enseñanzas de una existencia marcada por el sacrificio. Eran letras nacidas de un hombre que había conocido tanto la gloria como las derrotas, y que ahora quería cambiar los aplausos de un escenario deportivo por los de un escenario musical.

Foto: Francisco Figueroa Turcios y Mario Miranda
Mario Miranda, quería demostrar que también podía vencer con la sensibilidad de las palabras y el ritmo de las canciones. Ya no buscaba cinturones ni títulos mundiales; anhelaba conquistar el corazón del público desde otra esquina, aquella donde los golpes son reemplazados por acordes y las victorias se celebran con aplausos.
Pero el destino volvió a sonar la campana antes de tiempo. La enfermedad apareció como ese rival inesperado que no respeta preparación, experiencia ni coraje. El disco quedó sin grabarse y muchas de aquellas canciones permanecieron guardadas, esperando una oportunidad que nunca llegó.

Foto: Mario Miranda y Diometh Tejada
Quizá esa sea una de las ironías más profundas de la vida de Mario Miranda. El hombre que desafió a los mejores boxeadores del mundo terminó dejando inconcluso el combate que más ilusión le despertaba: convertir la herencia musical de su madre en un legado propio.
Los guantes le dieron reconocimiento; las canciones buscaban darle paz al alma. Aunque la enfermedad bajó el telón antes del estreno, sus melodías siguen existiendo en el recuerdo de quienes conocieron ese sueño, porque hay derrotas que no consiguen apagar la grandeza de un hombre. Algunas canciones, como algunos campeones, permanecen invictas en la memoria.












Que bien que a través de tu estilo periodístico, nos hagas recordar a esas glorias del deporte. Un abrazo.