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La última crónica para Carlos Sourdis, el querido ‘Cocho’

Fausto Pérez Villarreal evoca, desde la amistad y el oficio compartido, la vida del periodista Carlos Sourdis Pinedo. Esta crónica es un homenaje íntimo a un reportero apasionado, un compañero de redacción y un amigo cuya memoria permanecerá en quienes compartieron con él el periodismo y la vida.

Por Fausto Pérez Villarreal

La muerte tiene la extraña costumbre de recordarnos, sin pedir permiso, la fragilidad, la fugacidad y la vulnerabilidad de nuestra existencia. Llega de improviso y nos obliga a detener el paso para mirar hacia atrás, recorrer los caminos compartidos y comprender que, al final, lo único que verdaderamente permanece es la memoria de quienes hicieron más digno nuestro tránsito por la vida.

Esta mañana del 7 de agosto de 2026, mediante un mensaje de WhatsApp de mi hermano del alma Ricardo Bustamante, recibí la noticia del fallecimiento de mi muy querido colega, amigo y excompañero de labores Carlos Sourdis Pinedo. Muchos lo conocían como ‘Capeto’. Nunca pude llamarlo así. Por una similitud en su fisonomía con mi entrañable amigo Germán Augusto Cristóbal, a quien cariñosamente le dicen ‘Cocho’ desde niño, yo le decía ‘Cocho’ a Sourdis. Y él, con esa complicidad que solo nace de los años y el afecto, también me llamaba ‘Cocho’.

A veces, entre bromas, le decía Robert Downey Jr., actor con quien también le hallé cierto parecido cuando interpretó a Charlie Chaplin y por cuyo papel fue nominado al premio Óscar en 1993.

En la edad de los sueños

Nos conocimos en la primera mitad de la década de los noventa, en la sala de redacción de El Heraldo. Allí descubrí a un periodista de prosa recursiva, un poco descuidada, pero brillante; de esas que saben contar sin estridencias. Yo escribía de deportes y él, de locales. Era la época de los sueños, de las ilusiones y de los ideales compartidos con la complicidad de su musa, Tatiana Paola.

Fui varias veces a su casa materna, cerca del Instituto Pestalozzi, una amplia y vieja casona del barrio Bellavista, en la localidad Norte-Centro Histórico de Barranquilla. Siempre iba a los mediodías, a almorzar. En el patio reinaba su recordado perro Bob: negro, enorme. “Eres feliz con los lengüetazos de Bob”, le decía a Sourdis, y él se reía. “Eres un coprófago”, me respondía con esa sonrisa tan suya.

Sourdis era amante de la música de la agrupación estadounidense Guns N’ Roses. Yo le mamaba gallo por eso. Le decía que su gran sueño era asistir a un concierto en primera fila y bañarse con el orín de uno de los integrantes de la banda. Él celebraba aquella ocurrencia. Tatiana, Víctor Maiguel, Celso Alfonso, Roberto Llanos y José Granados se desternillaban de la risa.

El oficio volvió a reunirnos años después en El Tiempo Caribe, cuando el periódico funcionaba en el barrio Abajo, bajo la dirección de Orlando Gamboa. Compartimos entonces la redacción con grandes colegas: Roberto Llanos —con quien nos reencontramos—, Estewil Quesada, Nistar Romero, Javier Franco Altamar y Carlos Capella, entre otros.

También compartimos incontables jornadas de reportería a bordo del campero rojo que conducían ‘El Negro’ Manotas o Fortich. Recorrimos corregimientos, entre ellos La Peña (ver fotografía que ilustra esta crónica), siempre tras la huella de historias, con la pasión que solo conocen quienes hicieron del periodismo una razón de vida.

Fausto Pérez sentado en compañía de Carlos Sourdis, de pie. Foto archivo personal

Sourdis poseía, además, una fina intuición para la fotografía. Asimismo, compartimos páginas en La Ola Caribe, esa notable revista que dirige nuestra muy querida colega, amiga y hermana Loor Naissir.

Recuerdo con alegría el día en que obtuvo un premio de periodismo en Cartagena. Lo felicité con el orgullo que se siente cuando un compañero recibe la distinción que merece.

El tiempo siguió su curso y, una vez más, volvimos a coincidir en El Heraldo, el periódico donde ambos comenzamos a escribir buena parte de nuestra historia profesional.

Hoy, al enterarme de que la Policía halló su cuerpo sin vida el 6 de agosto en aquella vieja casona, me conmueve hasta el fondo su partida. Se marcha un periodista íntegro, un narrador de relieve, un reportero de raza y, sobre todo, un hermano cuya impronta quedará sellada para siempre en las páginas invisibles de mis recuerdos.

Con mis 61 años a cuestas, yo le llevaba ventaja en el almanaque. Murió joven, con un universo entero aún por escribir.

Descansa en paz, querido ‘Cocho’. Que la tierra te sea leve y que la gratitud de quienes tuvimos el privilegio de conocerte acompañe sin pausa tu memoria.

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