ActualidadLocalesNacionalesOpinión

La marihuana del pueblo

Por Jorge Guebely

Absurdo querer sanear una democracia podrida a través de un voto contaminado: derribar políticos corruptos, destruir estructuras consolidadas, recomponer el país… En el remolino de la descomposición, todo voto se convierte en gota de podredumbre.

De nada sirve soñar con el poder de la papeleta: su capacidad de generar justicia, su potencia para crear paz. No sirve, tan inútil y tan peligroso como un ibuprofeno envenenado: alivia, pero no cura la putrefacción; la empeora.

En toda democracia corrompida, sus elecciones solo sirven para drogar votantes, adormecer descontentos, alimentar esperanzas, perpetuar la descomposición. Como la marihuana, sus promesas electorales solo crean alucinaciones.

Únicamente el drogado políticamente sufre distorsiones mentales: intenta elegir algo distinto, pero elige siempre a los mismos: a los promotores de la desigualdad social y el hambre nacional, quienes apagan manifestaciones con balas y resuelven asuntos nacionales con guerras. Intenta elegir políticos de bien, pero siempre elige a los peores humanamente.

Solo drogado políticamente se puede elegir a Char en Barranquilla, Barreto en Tolima, Gnecco en Valle de Upar, Uribe en Antioquia; a los Ñoños, a los Turbay y Dilian Francisca. Drogado, se eligen a los depredadores del fisco nacional.

Solo los drogados políticamente creen en los corruptos. Se ciegan ante la concentración de riquezas, la infame distribución de tierras, el saqueo al erario, la inseguridad, el 28% de colombianos comiendo una vez al día… Drogados con las alucinantes promesas electorales, la publicidad mediática, las necesidades económicas, los intereses personales… terminan por cohonestar con tantos exabruptos nacionales.

Las promesas electorales drogan, alucinan. Crean futuros paraísos para evadir infiernos presentes. De droga electoral, Colombia agoniza entre drogas electorales.       

Como la religión, la corrupta democracia también es droga. Ambas distorsionaron su horizonte original, se convirtieron en poder de mercaderes, en mercados de ilusiones. Una, trafica con las miserias del espíritu; la otra, con las miserias materiales. Una, especula con paraísos celestiales; la otra, con paraísos terrenales. Una, crea mafias comerciales llamadas iglesias; la otra, las nombra partidos políticos. Una, la orientan pastores torcidos; la otra, políticos corrompidos.

Predican a favor del pueblo, solo para enriquecerse a sí mismo. También a sus mentores, poderosos señores, grandes capitales. Organizaciones ideológicas donde dios y la democracia solo son mercancías, parapetos para el lucro.

Si la democracia colombiana fuese sana, no habría tanta desigualdad, ni tanta miseria, ni tanto racismo, ni tanto sufrimiento, ni tanta insensibilidad. Si fuese sana, Colombia estaría llena de mejores seres humanos.

Marx afirma: “La religión es el opio del pueblo”, y yo confirmo: una democracia corrupta es la marihuana del pueblo.

jguebelyo@gmail.com

Noticias relacionadas
Acción socialActualidadCrónicasPolítica

Del tambor a las urnas: Estefanel Gutiérrez con la votación más alta de la historia a la Cámara por el Atlántico

ActualidadCrónicasDenuncia CiudadanaLocalesNacionalesReflexión

Una lucha contra todo

ActualidadArte y CulturaCrónicas

Cuando respirar era una batalla: la niñez que forjó a Moisés Angulo

Acción socialActualidadCrónicasPolítica

Estefanel Gutiérrez: el niño que creció entre las polvorientas calles del barrio La Manga y la tiza de los sueños

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *