Barranquilla no es la única. Y no es solo por estar en Carnavales. Es la desidia en Colombia y la peste difundida de que si uno protesta es comunista.
Por Jorge Sarmiento Figueroa – Fotos: Pacho Manrique
Desde los tiempos de la juventud rebelde que se extendió por el mundo con el peace and love y que luego se dejó apagar a punta de LSD, parece haber quedado la sensación de que los que protestan en las calles y hacen algo por defender sus derechos son comunistas, o su expresión más extrema y muy colombianizada: «esa marcha la organiza la guerrilla. El que está ahí es porque es guerrillero».
Esa noción cada sociedad la ha ido acomodando en su propia vida. En los Estados Unidos cualquier asomo de protesta hace que miles de Robocop salgan en nombre de la democracia con derecho a matar a quien proteste. En España fue promulgada en 2015 una ley de seguridad ciudadana que prohíbe a los ciudadanos manifestarse en edificios o monumentos, frente al Congreso o el Senado, resistirse a la policía, entorpecer operaciones de desahucio, o incluso subir a internet fotografías de la policía en acción. O sea, no se puede protestar. En China o Rusia ya es bien conocida la costumbre de que el que sale a protestar es un suicida. Y en la Europa rica de Inglaterra hay tantas cámaras que cualquier encapuchado es presa fácil de la tecnología.
En Latinoamerica nos hemos quedado con el eufemismo de revueltas, para destacar en los noticieros que la policía tiene que enfrentarse a unos revoltosos, así estos últimos sean madres de familias campesinas que salen a la carretera a no dejar morir de hambre a sus hijos. En las imágenes vemos dos o tres encapuchados tirando piedras y atrás no se define la multitud. El discurso termina por construir la realidad.
En Colombia hoy solo existe un tipo de protesta legítima: todos contra la guerrilla (así sea con su antónimo aparente: todos en favor de la paz). El resto de protestas que se puedan hacer: contra la miseria de salario mínimo, contra los TLC y el abandono del campo, contra la corrupción inmisericorde de los políticos de turno y de siempre, contra las oligarquías de Sarmiento Angulo, Santo Domingo, Ardila Lülle y otros muy pocos magnates, contra el daño al medio ambiente, contra el exterminio de los Wayúu, contra la venta de las empresas nacionales, contra la mala educación y el maltrato estatal a los profesores, contra el pésimo servicio de salud….
Estas manifestaciones parece que no son legítimas; estas solo las hacen los guerrilleros, que son comunistas y que en las ciudades solo son apoyados por marihuaneros y maricas. Pero esta no es una afirmación que salga de boca de un gobierno nacional o local, por lo menos no después de que a Uribe lo bajaron del trono. Ni siquiera es la voz de un general de la policía o del ejército. Estas afirmaciones se pueden escuchar comunes y silvestres en las más simpáticas casas de familia. «Mijo, usted de esta casa no sale a esa vaina. Allá lo que va es puro….».
La prueba fehaciente es que el domingo 24 de enero en Barranquilla, a pesar de que Raimundo y todo el mundo estaba convocado, solo se reunieron en la Plaza de la paz los de la Juco (Juventud Comunista), los sindicalistas y unos cuantos de otros submundos de la izquierda o la intelectualidad que no alcanzaron a emborracharse después del Carnaval de las Artes y el Garabato.
Pero los derechos que defendían estas personas y las razones de estas protestas no son cosas que representan en exclusiva a ellos. Al contrario, son las cosas más importantes para todos. Por ejemplo: el salario mínimo, que es el que devenga la inmensa mayoría de colombianos. A nadie parece haberle importado que solo subiera un 7% mientras que la inflación, la especulación y la escasez hayan subido por los cielos. Otro ejemplo: Isagen. No se trata de nacionalismo anacrónico, sino que Colombia cada día vende más sus recursos naturales a empresarios extranjeros con las consecuencias evidentes de la destrucción de nuestros ecosistemas y por ende su gran impacto en la seguridad ambiental, social, económica y alimentaria.
Hasta ahí, el síntoma. «Solo salen a protestar los guerrilleros comunistas». Pero la enfermedad, la que no se ve ni se dice, sino que se tapa con excusas (las mías entre las primeras), es que la mayoría de los afectados, que somos casi todos los colombianos (un muy pequeño porcentaje se escapa: los ricos muy ricos y los políticos mendigos), hemos caído en la desidia y la desesperanza, en el yoismo, el escepticismo y el importaculismo. Hemos terminado por aceptar que los votos los pongamos nosotros pero los cuente otro, que el trabajo lo pongamos nosotros pero el dinero se lo gane otro. Y así sucesivamente hasta llegar al peor de los mundos: que la guerra y la corrupción la organicen otros, pero que la muerte y la pobreza la pongamos nosotros.
Llegará un día en que despertemos y recordemos el tremendo país que recibimos. A nosotros también nos caerá la hermosa primavera que vivió Libia, Egipto y que ahora está atravesando Siria. Pero será demasiado tarde.












