NacionalesOpiniónPolítica

La lealtad invertida: La paradoja entre Petro y Duque

Por Néstor De León

¿Qué pasa cuando la izquierda aplica austeridad y la derecha abre fronteras? Un análisis sobre la lealtad invertida en los gobiernos de Petro y Duque en Colombia.

Si a mitad de la noche escucháramos ladrar a un gato y maullar a un perro, la sorpresa sería mayúscula.

Nos cuesta concebir que los roles y las promesas vocales de uno y otro se intercambien, a pesar de que la realidad (a veces inquietante, últimamente delirante) pone a prueba constantemente los límites de lo posible y me sorprende la indiferencia general ante un fenómeno que define nuestra actualidad política: la extraña facilidad con la que a los gobiernos de izquierda se les permite tomar decisiones de derecha, y a los de derecha ejecutar maniobras que teóricamente pertenecerían a la izquierda.

Entre las locuras propias de este enero de 2026, es fascinante y hasta terapéutico observar cómo las administraciones de Gustavo Petro e Iván Duque, supuestamente antípodas, convergen en un punto ciego: la indulgencia de sus bases más radicales cuando el líder decide actuar en contra de su propia naturaleza.

En mi franca ignorancia histórica y buscando precedentes que explicaran este fenómeno, me topé con la teoría de Nixon en China. La historia política sugiere que solo un anticomunista acérrimo como Richard Nixon tenía la autoridad moral (ante los ojos de su tribu) para estrechar la mano de Mao Zedong sin ser tildado de traidor. Si un presidente demócrata hubiera intentado lo mismo, habría sido despedazado por blando, por traidor, por izquierdista, por pro comunista, por ciego, por débil y etcétera.

No puedo quitarme de la cabeza a Trump, con rostro de ensueño cada vez que miraba a los ojos a Kim Jong Un durante su primer gobierno y como cada día parece más evidente, que en el Dictador norcoreano veía la figura en el que se quería convertir.

En Colombia, esta dinámica opera bajo una especie de coartada de lealtad invertida: la marca ideológica del gobernante no dicta sus acciones, sino que sirve, paradójicamente, como un salvoconducto para ejecutar lo impensable.

Veamos el escenario presente. Gustavo Petro, el primer presidente que casi unánimamente podríamos considerar de izquierda en el país, ejecutó recién elegido un ajuste fiscal eliminando los subsidios a la gasolina que haría que cualquier neoliberal se sonrojara.

 Yo recuerdo cuando en el 2021 el país se incendió por la reforma tributaria que intentó imponer Carrasquilla bajo el gobierno de Duque; las calles ardían ante la sola mención de tocar el bolsillo de la clase media. Sin embargo, cuando el actual gobierno decidió extraer billones de la economía subiendo los combustibles, la reacción entre seguidores y fieles al proyecto fue más cercana a un silencio administrativo que a un grito de protesta.

¿Cuál es la diferencia? La narrativa. Al enmarcarlo como una cruzada de «justicia social y climática» contra los privilegios de los dueños de camionetas, la base social aceptó el sacrificio sin casi chistar; Petro posee una inmunidad ante la sospecha de neoliberalismo que la derecha jamás tendrá.

Esta flexibilidad ofrece un reflejo especular en el pasado reciente. Fue Iván Duque, elegido bajo las banderas de la seguridad democrática, quien implementó el Estatuto Temporal de Protección para Migrantes Venezolanos. ¿Acaso alguien cree que la oposición conservadora habría permanecido tranquila si un presidente de izquierda hubiera propuesto regularizar a casi dos millones de extranjeros? La pregunta es irónica porque la respuesta es obvia. Duque pudo abrir las puertas porque su reputación de «mano dura» le permitía vender la medida como una estrategia de seguridad nacional y control biométrico, desactivando los instintos nacionalistas de muchos de los uribistas más acérrimos

La prueba reina de esta locura racional es la imagen de Gustavo Petro firmando acuerdos de tierras con José Félix Lafaurie, el líder de los ganaderos y antagonista histórico de la izquierda. En un gobierno de centro, esto sería «claudicación»; en manos de Petro, se vendió como pragmatismo revolucionario.La pureza ideológica es entonces una fantasía de campaña que se desmorona al contacto con el poder. No parecemos aún capaces de asimilar, comprender, o siquiera reconocer, que la gobernabilidad en tiempos de polarización no parece depender de la coherencia, sino de la capacidad de usar la propia identidad política como un escudo para hacer lo necesario, aunque sea contradictorio. Quizás la lección más dura es que, para lograr cambios estructurales, necesitamos líderes dispuestos a traicionar su estética para cumplir con la realidad.

Noticias relacionadas
OpiniónReflexión

Oscuros cascarones humanos 

CrónicasEspecialesLocalesNacionalesSalud

El compás de una enfermedad rara*

OpiniónReflexión

Delincuencia neocolonial

Opinión

Patologías electorales

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *