“El señor negro” era en aquel instante mediático un esclavo liberado de las cadenas y al azote, ahora llevaba sobre sus sienes la corona de España, una manera champetua y vacilable de burlarse de un estandarte que nunca mereció reverencia alguna. 

Por Lady Better (Invitada incógnita)

El reciente matrimonio entre el cantante de champeta, Mr Black, y su compañera de vida, Yuranis León, ha causado todo tipo de reacciones. Algunas personas se refieren al suceso como “el evento de más fina corronchería del que se tengan noticias en Colombia en los últimos años”. Otros consideran todo un logro y hazaña que un chico salido de las calles destapadas de la Cartagena marginal se haya tomado sin prejuicio lugares icónicos de la ciudad, como el Teatro Adolfo Mejía, lugar de la recepción, y la Iglesia Santo Domingo, en donde la pareja recibió oficialmente “la bendición de Dios”, después de su matrimonio civil en 2016.

Particularmente, pienso que toda arandela matrimonial es un espectáculo de pésimo gusto. Desde las uniones más humildes en que la parentela se endeuda hasta el cuello para que el vecindario entero diga que ellos son de mejor familia, hasta las pomposas bodas del Jet Set nacional con sus novios circunspectos, ponqués de cien pisos tan soberbios y barrocos como la iglesia, pálidas damas de honor Therassimente uniformadas, señoras de Carulla (Robo el término a Carolina Sanín) peinadas y enlacadas al mejor estilo Norbertiano, fotógrafos de Caras conocidas, entre otros especímenes que se mueven en estos rutilantes eventos sociales.

Volviendo al Sr. Black, un detalle que llamó especialmente la atención fue la corona que usó como parte de su ajuar. Se ha especulado que era de oro macizo, de plástico, de hora loca, de “Caballito» (casquitos de papaya azucarados) entre otros materiales. De lo que haya sido, era una corona, y quien ciñe una, así sea por un instante, es miembro momentáneo de la realeza, en este caso un soberano de la champeta.

Pero creo que el uso de esta corona iba más allá al hecho de autoproclamarse como representante absoluto de un género musical. Lo de Mr. Black fue más una sátira festiva en esa Cartagena que se amuralla para sus clases más populares. El arriesgado performance del cantante llevaba, a mi parecer, un mensaje explícito.

“El señor negro” era en aquMr black 2el instante mediático un esclavo liberado de las cadenas y al azote, ahora llevaba sobre sus sienes la corona de España, una manera champetua y vacilable de burlarse de un estandarte que nunca mereció reverencia alguna. Ahora, Black era quien se mofaba de aquellos que un día pusieron la bota del conquistador sobre la espalda de los suyos. Pudo haber elegido un traje negro como su tez, pero no, optó por uno blanco inmaculado para cubrir su cuerpo negro, su cuerpo de raza pura, su cuerpo africano templado como un cuero de tambora, con ese traje también cubriría por una noche todos los cuerpos castigados por la esclavitud, el costoso traje no era más que un accesorio de denuncia, la piel metafórica que recubre a la supremacía blanca y racista de Cartagena. Traje que luego el rey de la champeta se quitaría transpirado y un poco mancillado.

Felicidades a Mr. Black por su boda, de corazón le deseamos toda la felicidad de este mundo y parafraseando una conocida champeta, ojalá “nunca le falté una tabla en la cama”.

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