Trump saca las tropas sanguinarias a las calles de todas las ciudades envalentonas, por presunta ‘conspiración’ comunista. ¿Cuál comunismo? ¡Será el calvinismo! Por qué el policía de Minneapolis pudo matar de un modo tan frío.El racismo norteamericano es un diamante puro y duro.
Por Chachareros/Sergio Kiernan/AFP/BBC/Reuters
Les dicen Karen, un nombre que indica cierta edad y que, en el contexto norteamericano, avisa que es blanca. La Karen más famosa de estos días es una mujer que el lunes paseaba el perro por Central Park sin correa, como es obligatorio. Un negro que andaba por ahí con binoculares le pidió que le pusiera la correa. La Karen no dudó, le dijo que de ninguna manera, sacó el celular y llamó a la policía. El negro, mientras, la filmaba.
Como si fuera un artista, la mujer agregó la línea fatal: «les voy a decir que un negro me está amenazando». Resultó que el hombre, Christian Cooper, era politólogo graduado en Harvard, estaba impecablemente vestido y se explicó con facilidad a los agentes, simplemente mostrando el video de la discusión. La mujer no fue arrestada, pero le tomaron los datos y puede ser acusada por falsa denuncia. El video se hizo viral y para el martes la echaban de su puesto en una financiera.
Las Karen son la nueva versión del viejo personaje que siempre ve a los negros, marrones y amarillos como peligrosos. En otros estados estas señoras hasta abren fuego contra los peligrosos, o llaman al marido para que venga con el AR-15 automático.
Las Karen (esas mismas ‘Karen’ que en Colombia, Cuba, y Haití les dicen ‘las comemierda’), son señoras que además se creen que pueden llamar a la policía para que les haga ganar cualquier discusión. Es que las Karen saben algo, saben que son blancas y que en Estados Unidos los blancos tienen razón. Lo raro del incidente en Central Park es que por una vez, le salió mal.
Esta Karen sin armas y urbana recibió críticas y burlas, y hasta tuvo que devolver el perro a la sociedad protectora de animales, porque se está yendo de Nueva York. En infinitos programas de radio y televisión la analizaron sin parar, hasta que aliviados de tener algo de qué hablar que no fuera el coronavirus. Se habló de racismo, de la altivez de la clase media, de tantas cosas.
Hasta que apareció el video en el que, ese mismo lunes, un policía de Minneapolis mataba casi sin querer, casi sin notar lo que hacía, al también negro George Floyd. Estados Unidos empezó a arder.
Las protestas violentas son una vieja tradición norteamericana y cada ciudad del país está marcada por el recuerdo de vastos incendios furiosos. Detroit y Newark ardieron por la muerte de Martin Luther King, arrancando el período moderno de este tipo de protesta en 1967. Por algo el lúcido James Baldwin tituló uno de sus ensayos más duros «La próxima vez, el fuego». Baldwin sabía, su libro es de 1963.
Y también sabía que el racismo, el antinegro en particular, es el diamante inalterable que parece estar en el centro de la identidad norteamericana. Se puede ser racista, se puede ser antirracista, se puede estar harto del tema, pero no se puede ser indiferente.
Es una de las primeras lecciones al inmigrante, que de acuerdo a su color tiene que aprender su lugar. Los africanos miran con desconcierto la situación en que se encuentran al pasar la estatua de la libertad: de golpe son de segunda, cuestionables, peligrosos, mal vistos o invisibles. El blanco tiene que aprender que es blanco, lo que parece una tontera, pero implica tanto que uno recibe el resentimiento de algunos como el poder de ser una Karen, si querés.
Te lo demuestran hasta en el aeropuerto, donde uno ve filas inmóviles de morenos, asiáticos y centroamericanos que son revisados con lupa, mientras los blancos de clase media pasan con un par de preguntas formales. Si se trata de más que unas vacaciones, el mensaje es claro: adaptate, tomá tu lugar.
Esta enfermedad norteamericana, como la llamaron más de uno, ganó un valor notable por su viabilidad política. En cualquier país que no sea perfectamente homogéneo el racismo es cosa de todos los días.
Es lo que hace que nuestras policías consideren correcto y funcional levantar a los vendedores ambulantes con cualquier grado de violencia ya que son africanos o morochos de por acá. Y es lo que hace que tantos resuelvan la menor discusión con un «negro de mierda», que exista la categoría ontológica de «negrada» -un sinónimo es «cosa de villeros»- y que violar chicas pobres se llame «chinitear». El racismo es muy concreto y se basa en memorias reales, que en Estados Unidos unos fueron esclavos de los otros, y que aquí unos cayeron bajo el Remington y otros metieron bala.
La diferencia es que en Estados Unidos alguien juntó en 1910 un millón de afiliados para una organización flamante llamada El Imperio Invisible de los Caballeros del Ku Klux Klan, dedicada exclusivamente a poner a los negros en «su lugar». ¿Qué lugar? El que tenían antes de la guerra civil, de esclavos, de propiedad mueble, de no-gente. En 1787, los flamantísimos Estados Unidos convinieron a nivel legal que un negro, libre o esclavo, equivalía a «tres quintas partes de un hombre» a fines del primer censo, en 1790. A los negros esto no les iba ni venía, a menos que alguien les contara que en el texto de la ley se decía que «aunque degradados en su estación de vida, son humanos». Este segundo Klan -el primero fue una guerrilla sureña- terminó siendo una formidable fuerza política en el sur y el oeste, atornillando racistas probados en gobiernos, legislaturas y jefaturas de policía. Lo que descubrieron era que el racismo era una herramienta electoral.
Política, prejuicio, identidad se entrelazan y crean algo perdurable, difícil de cambiar. Algo que, y esto es lo que da miedo, resulta natural, habitual. Lo más tenebroso del video que muestra cómo el oficial de policía blanco Derek Chauvin mató al sospechoso negro George Floyd es la falta de toda pasión. Floyd se deja esposar, resiste pasivamente, no empuja, no se enoja, simplemente se deja caer al suelo para que no lo metan en el patrullero.
Lo reducen, lo tiran al piso boca abajo, Chauvin le pone la rodilla en el cuello y lo ignora. Floyd avisa que se asfixia, ruega que lo liberen, llama a su mamá. Chauvin ni lo registra, está en otra, no se enoja, no le pega, no le grita. Todo es rutina y para cuando se dan cuenta que se murió Chauvin está tan instalado que no levanta la rodilla por tres minutos más. Sus colegas le tienen que avisar que el detenido está muerto para que levante la pierna.
Esta banalidad en el mal es paralizante. Chauvin fue inmediatamente despedido y lo acusaron penalmente de homicidio en tercer grado. Es una descripción meridiana de lo que pasó, una muerte sin premeditación, con negligencia, con descaso. Que es exactamnte como se trata a alguien que no es del todo un ser humano, que es tres quintas partes de un ser humano, alguien a quien cuesta tomarse en serio como un par. Chauvin, nacido y criado en Estados Unidos, aprendió bien las lecciones que se le enseñan a todos los inmigrantes.
A todo esto, Minnesota es un estado progre, demócrata, y el intendente de Minneapolis es insospechable de ser un racista. De hecho, la derecha que al principio se quedó callada por la frialdad indefendible del video, ya lo está acusando de incitar la violencia en las calles por su rigor con los policías involucrados. Esto del racismo es mucho más duro que una simple cuestión de republicanos y demócratas.
«Trump está haciendo todo lo posible para empeorar las cosas»
Trump aseguró después que no conocía el origen de la polémica frase. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, enfureció a sus críticos al plantear la posibilidad del uso de armas contra una revuelta en Minneapolis por la muerte de un afroestadounidense detenido por la policía.
«Cuando comienzan los saqueos, comienzan los disparos», tuiteó Trump en la madrugada de este viernes, en respuesta a las protestas que incluyeron el incendio de una comisaría de policía en Minneapolis.
Aunque más tarde aseguró que no sabía que la frase provenía de un policía blanco encargado de reprimir las protestas de los afroestadounidenses en su lucha por los derechos civiles en los años 60.
«No sé de dónde salió, pero es muy precisa en el sentido de que cuando hay saqueos hay gente a la que le disparan y muere», afirmó hormas más tarde.
En su tuit, que fue ocultado por Twitter por «glorificar la violencia», también llamó de «delincuentes» a los manifestantes.
Entrevista con la autora de “la doctrina del shock”
Naomi Klein: Las élites utilizan la crisis del COVID-19 para avanzar en su excluyente hoja de ruta
Por Diana Moreno. Entrevista con Naomi Klein, en un encuentro virtual, la periodista y autora de La doctrina del shock habla sobre cómo las elites están utilizando la crisis del coronavirus como excusa para avanzar en su excluyente hoja de ruta. “La gente habla sobre cuándo se volverá a la normalidad, pero la normalidad era la crisis”.

La periodista y autora del libro ‘La doctrina del shock’, Naomi Klein. (Foto: Adolfo Luján)
En situaciones de crisis como desastres o pandemias, la ciudadanía puede perder mucho: las élites aprovechan esos momentos para aprobar reformas impopulares que agravan las divisiones económicas y sociales. Pero también suponen una oportunidad de cambio. Es lo que la periodista Naomi Klein denomina la “doctrina del shock” o “capitalismo de la catástrofe”.
La canadiense ofreció un encuentro virtual el pasado 26 de marzo desde su casa en New Jersey, en el que compartió su visión de la crisis del coronavirus y la situación de aislamiento que vive gran parte del planeta: “Esta es una crisis global que no respeta fronteras. Por desgracia, los líderes en todo el mundo están buscando la forma de explotarla. Así que nosotros también debemos intercambiar estrategias”, señaló.
“Creo en el distanciamiento social, necesitamos quedarnos en casa. Y una de las razones es que nuestros líderes no prestaron atención a las señales de advertencia e impusieron una brutal austeridad económica en el sistema público de salud, dejándolo en los huesos y sin la capacidad de lidiar con este tipo de situación que estaban viendo”, opina Klein.
Recuerda que el sur de Europa fue la “zona cero de las políticas de austeridad más sádicas” después de la crisis financiera de 2008. “¿Sorprende que sus hospitales, a pesar de tener atención médica pública, se encuentren tan mal equipados para enfrentar esta crisis?”, se pregunta.
Para recordar en qué malas manos está la gestión de esta crisis sociosanitaria, Klein pone el ejemplo estadounidense: el vicepresidente Mike Pence, al que Klein considera artífice del saqueo de Nueva Orleans tras el Huracán Katrina, es ahora la persona designada por Trump para dar respuesta a la crisis del coronavirus.
Y el banquero y actual secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, encargado del plan de rescate para hacer frente a la pandemia, estuvo entre quienes más se enriquecieron durante la crisis de 2008. “Hay una tendencia a poner el foco solo en Donald Trump, pero es importante comprender que está rodeado de este gabinete de exdirectores ejecutivos y políticos con un largo historial de servicio a los intereses de las corporaciones”, señala Klein.
Un modelo económico sangriento
El sistema capitalista “siempre ha estado dispuesto a sacrificar la vida a gran escala en aras de la ganancia”, señala. Le dan la razón algunos millonarios estadounidenses que recientemente han pedido que los trabajadores vuelvan a los puestos de trabajo para salvar la economía, aunque la pandemia se cobre vidas.
“Esa es la historia del colonialismo, de la trata transatlántica de esclavos, de las intervenciones estadounidenses por el mundo. Es un modelo económico empapado en sangre”, denuncia la autora. Y ahora la gente empieza a darse cuenta: “Las personas que antes no lo veían están encendiendo la televisión y viendo a los comentaristas y políticos de Fox News decir que tal vez deberían sacrificar a sus abuelos para que podamos subir los precios de las acciones. Y se pregunta, ¿qué tipo de sistema es este?”.
No es algo nuevo, señala Klein, pero lo más radical es la escala del sacrificio: “Ahora, debido a nuestra profunda crisis ecológica, debido al cambio climático, es la habitabilidad del planeta lo que se está sacrificando. Es por eso que debemos pensar qué tipo de respuesta vamos a exigir, y esta tiene que estar basada en los principios de una economía verdaderamente regenerativa, basada en el cuidado y la reparación”, subraya.
La ‘distopía de Silicon Valley’
La periodista asegura que hay momentos en que cree vivir lo que llama la distopía de Silicon Valley. “El hecho de que estemos distanciados significa que ahora muchos de nosotros estamos pasando nuestras vidas pegados a las pantallas. Nuestras relaciones sociales están mediadas por plataformas corporativas como YouTube [plataforma a través de la que ofreció el encuentro online], Twitter, Facebook, etc. Nuestra ingesta calórica diaria nos la entrega Amazon Prime. Y las personas que están haciendo ese trabajo son increíblemente vulnerables”.
Klein supone que para aquellos que más se benefician con esto, como Jeff Bezos, la única debilidad de este sistema es que sean los humanos los que tienen que entregarnos la comida y los paquetes: “Preferirían que fueran drones o robots que no pudieran enfermar”.
Así que estamos viendo el mundo que querría Silicon Valley, señala Klein. Y es una visión muy sombría: “Esta no es la forma en que queremos vivir. Deberíamos ver una oportunidad en el rechazo a ese futuro, en la forma en que salimos de esta crisis”.
Se habla continuamente de la vuelta a la normalidad. «Lo normal es mortal. La ‘normalidad’ es una inmensa crisis. Necesitamos catalizar una transformación masiva hacia una economía basada en la protección de la vida”, dice Klein
“Cuando la gente habla sobre cuándo las cosas volverán a la normalidad, debemos recordar que la normalidad era la crisis”, advierte. “¿Es normal que Australia ardiera hace un par de meses? ¿Es normal que el Amazonas ardiera un par de meses antes? ¿Es normal que a millones de personas en California se les haya cortado la electricidad repentinamente porque su proveedor privado cree que esa sería una buena manera de prevenir otro incendio forestal? Lo normal es mortal. La ‘normalidad’ es una inmensa crisis. Necesitamos catalizar una transformación masiva hacia una economía basada en la protección de la vida”.
La necesidad de estar indignados
Para Klein, por lo tanto, se cumple el dicho de que los momentos de crisis lo son también de oportunidad para avanzar hacia la sociedad que queremos, hacia esa transformación. “La buena noticia es que estamos en una mejor posición que en 2008 y 2009. Hemos trabajado mucho en los movimientos sociales durante estos años para crear plataformas de personas”, señala.
“Ha habido estrategias asombrosas que las personas han ideado para usar la tecnología para ayuda mutua”, dice. Alaba las protestas de enfermeras que se han dado desde que comenzó la crisis sociosanitaria, las reivindicaciones de trabajadores por sus derechos, las huelgas de alquiler o las caceroladas en Brasil contra Bolsonaro.
“Necesitamos desarrollar nuevas herramientas de desobediencia civil que nos permitan actuar a distancia”, dice. “Estoy muy esperanzada por las formas que tienen las personas para colaborar en estos momentos, y eso conlleva una ironía, porque es cierto que nunca hemos estado tan distanciados físicamente, pero tal vez es debido a la distancia física que estamos tan decididos a llegar uno hacia el otro”.
Klein opina que los gobiernos deberían caer por lo que está pasando. “Necesitamos estar indignados, muy indignados. Necesitamos inspirarnos por el tipo de movimientos de masas que han derrocado a los gobiernos en momentos de crisis anteriores”, sugiere, y se muestra convencida de que no vamos a alcanzar la seguridad a menos que peleemos por ello. “No es un lugar al que podamos volver: es un lugar que tenemos que construir juntos y un lugar por el que tenemos que luchar”, concluye.











