Queriendo lo contrario, Manuel Duque hizo que la ciencia del conocimiento y del vivir saliera un momento de la oscuridad en la que se encuentra en los colegios.
Por Jorge Sarmiento Figueroa
¿Es ignorante o estúpido el alcalde de Cartagena al afirmar en público que a los niños y jóvenes no deberían enseñarles filosofía en los colegios porque según él eso no les sirve de nada?
Albert Einstein decía que al fin de cuentas todos somos ignorantes porque todos ignoramos algo siempre. Platón decía que él lo que no sabía tampoco creía saberlo. Y de su maestro, Sócrates, es la célebre «Solo sé que nada sé».
El alcalde Manuel Duque decidió ignorar la utilidad de la filosofía, con lo cual me hizo traer a presente la gratitud que siento por los seres humanos que se tomaron el tiempo para detenerse y pensar. Ellos, Einstein, Platón, Sócrates y muchos otros, dedicaban mucho tiempo a no hacer nada, en apariencia, solo a sentir e interpretar cómo funcionan esas cosas que llamamos universo, vida, ser humano, sociedad. Con la filosofía sucede como con el agua, que son tan necesarias y cotidianas para la vida humana que dejamos de verles la importancia y la utilidad. Y así doy gracias también a quienes se dedicaron a que las preguntas de esos pensadores llegaran a mí.
Hoy, miles de niños y jóvenes de Cartagena asisten, sin proponérselo y sin poder participar, a una enorme discusión nacional sobre eso que en sus colegios llaman filosofía y que aparece como una útil guía para el resto de sus vidas o como un oscuro sinsentido.
Esa discusión nacional que sucedió este fin de semana vino con lapidaciones sociales contra el alcalde, ya que ese es el ciclo: odiamos lo que no conocemos o lo que va en contra de lo que creemos conocer, y por tanto reaccionamos con la misma violencia, o con una peor, ante cualquier acción que afecte nuestro modo de pensar. Por eso se ven ataques y defensas etiquetados que hacen fácil señalar la ignorancia ajena y olvidar de momento la propia. Y como no hay piedra que sea lanzada sin ignorancia, es posible que las preguntas sobre el ser humano, sobre el universo, sobre la vida, sobre la sociedad, que de repente habían remozado su protagonismo este fin de semana, pronto terminen de nuevo sepultadas bajo el inmenso ruido de egos de las redes sociales.
Con lo cual, en vez de crear una nueva ola de reflexión social sobre la importancia y utilidad de la filosofía, las palabras del alcalde terminarán como empezaron, inútiles, porque la filosofía se percibe hoy tan ajena a nuestra vida cotidiana que no hace falta rematarla con un oscurantismo firmado por decreto popular.












Miro desde el balcón con mi taza de café en la mano
Los primeros rayos de luz rompen el negro celeste
Un hombre de tez oscura trapea los bordes de una piscina
La abuela de tinte rubio pasea al perrito, lo lleva al parque
Su pelaje es tan brillante, tal vez sea feliz
O esté harto de mimos
Escultural, una pareja corre hacia el mismo parque
Dos obreros de tensa musculatura la cruzan
El fitness se toma sus cuerpos a golpe de mona
La dieta no es voluntaria
Esta tarde, fumarán marihuana en los bancos del boulevard
Reirán con ganas, hablarán fuerte
Puede que al llegar a casa
Aún tengan aliento para ese sexo que es más recompensa que deber
Enfrente, un hombre de amplia cintura entrado en años
Abre el garaje para que el carro del patrón salga
Los que sirven no se pensionan
Cuidan otras casas, crían hijos de otros.
Estas cabañas tienen aire de resort
Algunos viven de vacaciones
Cuando ponen sus pies fuera de la cama
La limpieza está hecha y el desayuno servido
Una mujer robusta con delantal barre la terraza
Se persigna, agradece barrer
Para que sus niños coman, vayan a la escuela
Tal vez a la universidad
Si lo hacen, puede que no tengan que limpiar
El alcalde dijo que no hay que estudiar filosofía
Los hijos de los siervos no deben mirar desde el balcón