Hablar del maestro puede resultar difícil, por las diferentes aristas que el hombre tiene.
Por: Jorge Sierra Quintero
Desde que recuerdo a José Sierra, lo he visto así: como un profesor, un maestro que no sabe distinguir en sus acciones, la vida normal de la enseñanza. Él siempre está enseñando. Sus lecciones vienen plagadas de las dudas que ha tratado de siempre resolver. Por eso lo defino así, como un “eterno hesitante”.
Dueño de una cultura general vasta y completa, forjada por él mismo, resulta a veces deslumbrante escucharlo hilar uno tras otro los conceptos desde disímiles escuelas. Puede que para explicar la historia del arte empiece hablando de boxeo. Porque esa es otra. No conozco a nadie más versado en la historia del boxeo mundial que José Sierra. Y no solo de estadísticas y nombres, sino de todo lo que se cuece, representa, significa o proyecta el mundo del noble arte. Lo he oído predecir con exactitud de relojero el desenlace de un combate meses antes de su ejecución. Y es que José Sierra sabe de entrenamientos, de estrategias, de pesos, de balances.
Lo recuerdo desde niño con esa duda que lo carcome por conocerlo todo, y que lo lleva a una generosidad sin par. Siempre está tratando de estimular al otro, de ayudarlo, de apoyarlo en cualquier inquietud que ronde por su cabeza. Y creyendo en sus sueños – en los de él y los de los otros – por extravagantes o inverosímiles que parezcan al principio.
El Maestro José Sierra lo ha intentado todo en la vida sin apartarse un ápice de su integridad sin par, su honestidad intelectual, su férrea posición a no dejarse comprar por nada ni por nadie, ni de su única vocación clarísima: Ser pintor.
Y es que este Maestro ha sido arreglador de cajitas de madera, vendedor de camisas de contrabando, pintor de casetas de carnaval, ilustrador en empresas de publicidad, boxeador aficionado, soldado de la República dado de baja por “soplo al corazón”, marinero de agua dulce y salada, obrero en una empresa licorera, vendedor de fritos, profesor de arte y perspectiva para jóvenes de barrios marginales, guía de todos sus hermanos que siguieron su ruta de pintores, cineasta de cámara de calle, dibujante e historiador de trabajos con Premios Nacionales de Periodismo, locutor, editor de revistas de boxeo, apoderado y promotor boxístico, enarbolador y líder del único movimiento que se dio en la Universidad del Atlántico para evitar que hoy en día su hermosa facultad de Artes estuviera convertida en un vergonzoso Hotel y hasta expositor de su arte cinético y muralista en varios países.
Me faltan más cosas pero ahí la dejo porque todo eso lo llevó y lo ha llevado a lo único que tiene que hacer cada día: Pintar. De allí su título otorgado por la Universidad del Atlántico: Maestro en Artes Plásticas.
Amigo de sus amigos, José Sierra los tiene por doquier a donde quiera que vaya. Caminar con él por las calles de Barranquilla, Puerto Colombia o Salgar, es estar dispuesto a pararse cada dos minutos a esperarlo pues se ha encontrado con uno. Los tiene de todas las profesiones y pelambres: obreros, ex boxeadores, entrenadores, periodistas, pintores, poetas, carpinteros, enmarcadores de cuadros, locutores, políticos, deportistas, por decir algunos. Todos lo tratan de Maestro, y con cada uno tiene temas pendientes por hablar así hayan pasado años desde la última vez que se vieron.
Yo lo recuerdo estimulándome con mis primeras lecturas de Dostoiesky, Gorki, José Eustasio Rivera, Vargas Vila, así no fuera él aficionado a esos escritores. Lo hacía por el puro placer de motivarme a que le recitara las partes que me aprendía de memoria. Porque esa es una de sus más excelsas cualidades. Hacer sentir al otro único, capaz, triunfador. Un maestro inigualable, sin duda alguna es José Sierra.
Y generoso como el que más en todo, en la palabra, en el conocimiento, en lo material. Una anécdota, entre muchas, lo retrata de cuerpo entero: Cuando juró en el puerto de Amberes, en Bélgica, en el mismísimo museo de Rubens, su Maestro, que al regresar a Colombia desembarcaría para ser Pintor, – lo único a lo que su alma lo empujaba- no olvidó – eso creo yo – pasar de regreso al barco por un almacén de deportes y comprarme un balón de fútbol que yo le había pedido me trajera de regalo. Era la alegría más grande que yo sentía en esa mi preadolescencia: andar tras un balón todo el día en una cancha de fútbol.
Cuando lo fui a buscar al barco que estaba fondeado en Salgar, salió con el balón y puestas unas botas francesas preciosísimas. Recibí emocionado mi redondeado regalo pero no pude dejar de mostrarle mi admiración por sus botas. Ahí mismo se las quitó diciéndome, “tómalas, son tuyas”. Y se devolvió a su camarote a ver qué se ponía. No hubo baile entonces a los que fuera en los que mis amigos no me las pidieran prestadas para exhibirlas bailando a las muchachas que nos gustaban. Así es el maestro José Sierra, sin apasionamiento ninguno por las cosas materiales de la vida.
La duda que lo carcome, y que plasmó desde muy niño en un cuadro que pintó en acuarela, donde Santo Tomás hundía sus dedos en el cuerpo de Jesús, lo ha llevado a buscar su propia expresión, a una manera particular de manifestar su arte. Y esos son sus deslumbrantes cuadros cinéticos. Sin olvidar su incesante búsqueda de desentrañar el pasado de su tierra, Barranquilla, que le permita a las nuevas generaciones pararse sobre la misma a forjar un futuro más pletórico para esta ciudad.
Debería decir más del Maestro José Sierra pero temo perderme en el laberinto de todas sus inquietudes: Que también es un apasionado investigador de Simón Bolívar, un buscador incansable de nuevas metodologías para acercar el arte a los jóvenes, un hombre que añora sacar los museos a los parques públicos, un soñador y creyente fervoroso en que América latina debe transitar por el ideal bolivariano. ¿Lo ven? Difícil hablar en su totalidad del Maestro Sierra. Máxime para mí, que no puedo despojarme de la admiración y el amor que le profeso por ser el hermano con el que nunca se cansa uno de conversar, ni se termina de aprender.













