Por Soledad Leal
[caption id="attachment_24017" align="alignright" width="165"]
Soledad Leal. Periodista, Coordinadora de Posgrados de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Autónoma del Caribe.[/caption]
Me detuve a pensar en mis tareas de vida, en lo que digo y en lo que hago. ¿Quien soy yo para ser tan dura y tan crítica con la ciudad y sus dirigentes? ¿Porqué no me voy a otra parte si no soy feliz aquí? Y la respuesta es muy simple: es que también soy responsable por aquello que critico; y lo critico y me duele y me indigna, porque me importa.
No nos duele lo que no nos importa. No criticamos lo que creemos que es imposible de cambiar. Simplemente nos resignamos y lo aceptamos.
No quiero irme de Barranquilla, me gusta su calor tropical húmedo, pegajoso, sus lluvias relámpago, sus temporadas de brisa y brisones, sus noches de luna grande y amarilla, sus infinitas posibilidades de tiempo para ir a ver cada vez que quiero el mar con su tranquilizante ir y venir incesante de las olas, o un privilegiado punto como Bocas de Ceniza, donde puedo ver y sentir un gran río arrojarse a los brazos de un mar a veces gris, a veces azuloso, a veces verde, a veces marrón indeterminado.
Me gusta que aquí exista un perenne “Narcobollo” –siempre lleno- para degustar una comida verdaderamente nuestra, a despecho de dietas, colesterol, triglicéridos, y todos esos fantasmas. Me gusta que en cada esquina de la ciudad me pueda comer un perro caliente barranquillero (no un hot dog insaboro), una mazorca desgranada y una picada bestial.
Me gusta que exista “la Troja” con todo lo mejor y lo peor en un mismo espacio sincrónico y diacrónico; me encanta ver en cualquier calle de barrio a una señora -o un señor- ancianos bailando inopinadamente, solos, simplemente porque la música suena, y no están allí sentadas encopetas, vestidas de calle y maquilladas, para ser vistas por amigas que parecen fabricadas en serie.
Amo el sonido de “aguacate, aguacate”, “alegríiia”, “peto”, y toda la batería de frutas y verduras que pasan diariamente por el frente de la casa, frutas frescas, olorosas, en mi propia puerta.
En fin, son muchos momentos y muchas cosas las que amo de Barranquilla. Y por eso me duele y no me resigno. Y me siento con el derecho ciudadano y con el derecho que me dan las tecnologías de ser replicada, de señalar aquello que no queremos ver, aquello que nos sentimos impotentes para cambiar. Quiero ser la voz disidente en medio de un pensamiento complaciente.
No estoy para que todos me quieran, no estoy pa’caerle bien a todos. Tengo educación, trabajo, oportunidades, soy una ciudadana que exige sus derechos, y quiero que todos tengan exactamente las mismas oportunidades. Esa es la simetría social, sin exclusiones, sin “usted no sabe quién soy yo”, sin falsos positivos de un “progreso” que es tercamente excluyente. Por eso considero mi deber ser la piedrita en el zapato, ser el personaje mítico que siempre esperaba ser decapitado por recordarle al César omnipotente: “eres mortal”.
Mi lista de cosas amadas
Para que no digan que soy “amargada” anexo la lista de todas las cosas de mi vida que me hacen feliz casi a diario. Es recomendable copiarse muchas de ellas.
Las cosas que me hacen feliz:
1. Vivir con mi hija y mirarla florecer, desarrollarse como profesional y como persona, observar cómo descubre la alegría de dar de sí a los demás.
2. Abrir temprano el Facebook y encontrar detalles, posts, fotos, comentarios, de mi hija que vive fuera. Es “verla” cada día.
3. Estar al lado de un hombre que me respeta y me ama. En ese orden.
4. Escuchar música que me relaja y distensiona. Pararme a bailar porque oí algo irresistible: al Joe Arroyo.
5. Dar clases. Escuchar a un alumno hacer una reflexión o conexión que me enseña algo nuevo.
6. La sensación que me queda cuando he hecho algo útil para otra persona, cuando le he ayudado en alguna forma.
7. Ir a trabajar todos los días. Saludar a los porteros y llegar alegre a mi oficina.
8. Mirar la luz rosa-naranja del amanecer por la ventana del pasillo de mi pequeño apartamento.
9. Que el delicioso olor a café que mi esposo hace en la cocina se cuele por debajo de la puerta del cuarto y me despierte.
10. Llegar extenuada a casa y encontrar un rico refrigerio esperándome y una estupenda música de fondo.
11. Sentarme en el balcón y sentir una brisa fresca, mientras veo la gente y los carros en la calle. Siento la ciudad viva.
12. Leer algo que me “captura” y me enseña una nueva perspectiva. Es delicioso aprender!!!!!
13. Ver el río Magdalena y el mar Caribe allí, al alcance de la mano, cuando voy en el carro.
14. Re-pensarse, Re-formularse, Re-inventarse.
15. Tener abierta la puerta en Lacháchara.co y LaCháchara radio. Compartir con una familia ejemplar.
]]>











