Por Jorge Guebely
Bastan los acontecimientos bochornosos de Tierra Alta para constatar el peligro de ser pobre en Colombia. Nacer con el peor enemigo incorporado: el Estado. Ese artificio jurídico creado por las élites para las élites. Para favorecer a poderosos banqueros, grandes terratenientes, potentes empresarios y adláteres. Para deprimir más al deprimido, del campo o la ciudad, de la clase media o baja.
Institución anclada en la premodernidad, renuente a cualquier reforma agraria, a cualquier paso a la modernidad. Prefiere las hambrunas populares, las mezquinas guerras, los ejércitos ilegales, los conciertos criminales, con tal de desvalijar más al desvalijado.
Estado centralista, proyecto conservador para abandonar la periferia. Regiones arrasadas por el olvido, la miseria, sin educación ni salud, expuestas al mejor postor delincuencial.
Estado criminal. Tan criminal su ejército como las guerrillas, las bandas de narcotraficantes, las pandillas delinquiendo desde las cárceles. Ninguna diferencia entre el Mono Jojoy y el general Mario Montoya. Lo mismo las víctimas de Bojayá que las de los falsos positivos. Asesinos en nombre de una patria corrompida, encarnizada contra la inerme población popular, abandonada por un Estado criminal.
Estado clasista. Vergonzosa su indolencia con los pobres, con sus derechos permanentemente vulnerados. Solo mendrugos sobre sus mesas, los desechos de las élites. Solo miserias sobre sus hombros para inflar la opulencia de los eupátridas.
Estado racista. Siempre el color negro inferior al blanco, el indígena inferior al europeo. Valores coloniales, vivos en plena República del siglo xxi.
Estado machista. Solo la fuerza bruta: el macho sobre la mujer, el chimpancé sobre el ciudadano. Si un joven reclama cupo universitario, la policía le saca un ojo y lo declaran delincuente. Si un campesino pide justicia, le envían paramilitares y le despojan su parcela. Si una comunidad de campesinos pide salud, le envían el ejército nacional, el mismo de Tierra Alta, el mismo de los falsos positivos; el mismo que, por orden del general, llenaba tancados de sangre popular.
Estado incondicionalmente servil a los Estados Unidos, origen de nuestros peores males, según Bolívar. Por allí se perdió Panamá y nos llegó la masacre de las bananeras. Por ellos, muchos colombianos asesinados para satisfacer el consumo de droga en las calles de New York. Sin embargo, ni una voz digna contra el mal vecino del norte.
Estado poblado de hipócritas. Sus políticos mayores proclaman la paz, pero fomentan la guerra; exhortan la equidad, pero aman la desigualdad; predican la solidaridad, pero practican los odios de clase. Razón tenía Molière cuando, uno de sus personajes, afirmaba: “La hipocresía es el colmo de todas las maldades”.











