Este martes falleció en Valledupar uno de los mejores reporteros gráficos de Colombia. El hombre que plasmó para siempre la foto histórica del día en que nació el Festival de la Leyenda Vallenata. Paz en su tumba.
Por Rafael Sarmiento Coley

Es muy difícil encontrar hoy un fotógrafo que amerite el calificativo de tropero. Hoy es un rara avis, que, entre mil dedicados a este oficio, pueden ostentar ese honroso distintivo dos, cuando mucho tres.
En la época cruenta de la marihuana que salía de La Guajira en aviones y avionetas de todos los tamaños repletas de la mejor Cannabis que en ese momento se cultivaba en el Mundo — la de la Sierra Nevada colombiana–, y que para los insaciables consumidores de Estados Unidos y varios países europeos era oro en polvo un gigantesco avión repleto de la ‘yerba maldita’, hizo escala en Maicao para recoger un dinero y combustible de repuesto.

A pocos minutos de decolar, la tripulación y los pocos ocupantes del avión (que viajaba sin silletería para mayor espacio para la marihuana), empezaron a sentir el tenue olor a humo, que luego se hizo más intenso, tanto así, que casi todos los ocupantes terminaron “Trabaos” por lo que al estrellarse el aparato en las estribaciones de la Serranía del Perijá, ni siquiera se dieron cuenta que iban a morir.
“¡Váyanse en un chárter, ya!”
En aquellos años Gustavo era el jefe de la oficina y fotógrafo de El Tiempo para Barranquilla y la Costa, y este servidor era cronista de El Tiempo en Bogotá. Se consiguió el vuelo chárter desde Bogotá, en Barranquilla esperaba Gustavo y a las 5 de la tarde estábamos en Riohacha, con la intención de conseguirnos un par de indios wayuu que nos sirvieran de guía, alquilar un campero y meternos de inmediato a la selva.
Conseguimos los dos guías, quienes de inmediato, en coro y casi a gritos, nos dijeron que por ninguna plata del mundo se metían a esa zona que ya estaba llena de matones de los dueños de la mercancía para ver si rescataban un dinero y un oro en barras que iba en el cargamento. Además, nos aconsejaron, casi que con súplicas, que de inmediato fuéramos al comando de la Policía, porque corríamos peligro.
Fuimos al Comando. Y nos llevaron casi arrastras ante el comandante, un tolimense de un carácter de mulo cerrero. “¡No, no, no, usted no se mueven de aquí, ni de vainas! Será para que me echen la culpa de la muerte de dos periodistas de El Tiempo por no brindarles protección”.

Esa noche dormimos en camarotes al lado de los oficiales armados hasta los dientes. Época en que los capos de la marimba era quienes mandaban en La Guajira. La Fuerza Pública estaba allí de manera simbólica, en acuartelamiento de primer grado, y resguardando a reporteros incautos que llegaban ignorantes de todo.
Por la madrugada nos levantaron, tipo militar, nos hicieron bañar con totuma porque no había acueducto. Desayunamos papa rucha con una carne que parecía de burro. Y a las 10 de la mañana nos prestaron unas mulas para los dos y tres oficiales de guardaespaldas. Llegamos en mula hasta donde lo escabroso del terreno lo permitió- De ahí en adelante fue a pie y a pata como la garrapata.
Un personaje y dos fotógrafos


Gustavo Vásquez, por ser el más canillón, era quien más sufría con la malea, las lianas o bejucos llenos de puya, en una de las cuales quedó enganchado el reloj de Vásquez que su amigo Gabriel García Márquez le había traído de Paris. Lloró a moco tendido la pérdida del regalo de Gabo.
Los oficiales nos apresuraron, pues si no encontrábamos el avión siniestrado, regresaríamos antes de que oscureciera, de lo contrario seríamos hombres muertos. Precisamente en esos instantes empezamos a sentir un tenue olor a carne asada. Luego el olor fue más intenso, hasta convertirse en fétido a carne revuelta con gasolina, azufre, carne humana a medio asar. El vómito no se hizo esperar. Sin que por ello paráramos la marcha, hasta encontrarnos con ese cuadro dantesco de cuerpos ensartados en restos del avión que todavía tenía partes en llama.
Vásquez hizo su trabajo con la rapidez de siempre. Tomamos algunos datos, Y de regreso a toda marcha porque ya el sol se estaba ocultando. Cuando llegamos al comando, nos aguantamos un señor regaño de casi media hora del comandante que no nos bajó d irresponsables, pendejos, idiotas.
Lo importante fue que durante tres días ‘mojamos’ primera página en El Tiempo con el caso del misterioso accidente del avión marimbero.
El mejor amigo y colega

Este martes, a los 85 años -28 de ellos dedicados a la reportería gráfica, y de vez en cuando al modelaje de las nuevas líneas de vestidos Vanytor de Casa Vagas y de las camisas Van Housen—se nos fue el mejor compañero y amigo que hemos tenido en este oficio.
Un hombre ejemplar. Servicial, buen conversador, y un amor puro por su querida esposa, Sarita Cotes Núñez (una de ‘los tres monitos, que Escalona en sus nostalgias, describió con gran maestría’, canción-poesía-proyecto de novela- titulada ‘Tiempos idos’, de la autoría del catedrático, literato y músico nacido en Chimichagua, egresado de la Normal Superior de Varones de Barranquilla, Alfonso ‘Poncho’ Cotes Queruz. Los otros dos ‘monitos’ son Fausto y Sofía.
Gustavo y Sarita se conocieron y casaron en Barranquilla, en donde vivieron largos años. Sarita, educadora egresada de la Universidad del Atlántico, montó su muy afamado colegio infantil ‘Wald Disney’, actividad que combinaba con la elaboración de lo mejor de la culinaria vallenata, en especial los pasteles. Y Gustavo repartía su tiempo entre la reportería gráfica, el reparto de los escolares de Sarita, y la entrega de los cotizados vestidos de novia que elaboraba su progenitora la exReina del Carnaval de Barranquilla Toña Vengoechea.
Las ingratitudes de la vida

Gustavo Vásquez Vengoechea, después de 29 años como corresponsal gráfico de El Tiempo, recibió el adiós, de la manera más ingrata, sin despedida, sin pensión, sin siquiera tener la posibilidad de recuperar su valioso archivo de fotos originales, entre ellas la de la casona del doctor Molina, que le ha dado la vuelta al mundo, en la mayoría de las veces sin que se sepa quién es el autor.
Por fortuna Gustavo se casó con una excelente mujer, con quien tuvo dos maravillosos hijos, Gustavo Adolfo y José Alfonso, ambos exitosos ingenieros civiles, a quienes les ha ido muy bien en Valledupar y desde hace años le construyeron una mansión a sus padres, quienes de inmediato la estrenaron.
Allí murió Gustavo este martes, por problemas pulmonares (toda la vida fue un fumador empedernido), a lo que se le vino encima un accidente doméstico, al caerse en el patio de su casa y sufrir fracturas óseas en una de sus piernas, lo que lo redujo a vivir acostado el mayor tiempo.
Eso lo afectó mucho, porque él nunca dejó de vivir de sus negocios particulares. Vendía joyas, finos perfumes.
La foto histórica

Dos historias con características diferentes. Y una hermosa coincidencia, el Festival de la Leyenda Vallenata, que hoy orienta con éxito Rodolfo Molina Araujo, nieto del célebre doctor Molina Maestre. Para su fortuna, Rodolfo es uno de los pocos miembros de esa dinastía que ha escapado al infortunio y a las acciones equívocas, haciendo honor a la heredad del legendario dueño de la casona en donde se “hospedaba” la gente de importancia que llegaba a Valledupar.
Fue allí, precisamente en el patio de la casona del famoso ‘Doctor Molina Maestre’ que Escalona menciona en ‘La patillalera’, donde Gustavo Vásquez Vengoechea fue testigo del nacimiento del Festival Vallenato, que fue inaugurado al año siguiente (1968, con Alejo Durán como el Primer Rey Vallenato).
Ocurrió que Gabriel García Márquez regresó a Colombia feliz de la vida porque su recién publicada novela ‘Cien años de soledad’, en muy poco tiempo, se había convertido en un auténtico boom literario mundial.

Como Gabo tuvo dos grandes amores: Mercedes Barcha de García Márquez y la música vallenata, lo primero que buscó fue a sus amigos parranderos y vallenateros como él Clemente Quintero, Álvaro ‘El Nne’ Cepeda Samudio, Roberto Pavajeau, Hernando Molina Maestre y, por supuesto, Rafael Escalona.
Y Gustavo, quien formaba parte de esa patota y nunca dejaba en casa su cámara fotográfica, tomó aquella foto histórica que le ha dado la vuelta al mundo como referencia de la afición de Gabo por el Vallenato, su contribución al nacimiento de dicho Festival. Sin duda, el Festival de la Leyenda Vallenata le quedó debiendo ese homenaje a Gustavo Vásquez Vengoechea. No está demás que se lo hagan en el próximo evento. Por lo pronto, nuestro querido e inolvidable Gustavo Adolfo, Paz en Su Tumba. Usted siempre vivirá en nuestros corazones. Y nuestro más sentido pésame para Sarita, Gustavo Adolfo y José Alfonso Vásquez Cotes.











