En la primera disputa, que aún no termina, recuerda que Silvia Gette le dijo: “Ahora aquí mando yo, no importa que tú seas la hija única del rector”.
“Tuve una niñez feliz. Por ser hija única, era la niña de los ojos de mi papá. Fui una niña muy mimada. Me daban todo de lo que me antojara. Mi padre me idolatraba. Mi mamá Idalith Pardo (una hermosa mujer llanera) me rodeaba de todo el amor que una madre puede prodigar a su hija única”.
Esos son los primeros recuerdos de María Paulina Ceballos Pardo. Está fresca, tranquila, en una mañana de brisa suave en su finca cerca de Sabanalarga. Detrás de la acogedora casa hay un tupido quiosco en donde numerosos soldados al mando de un capitán se refrescan con gaseosas. Ellos son los responsables de la seguridad de María Paulina y de su hija María Fernanda Cepeda Ceballos, a quien ella llama cariñosamente ‘Mafe’. Es una niña hermosa de 17 años. Tiene un rostro bien formado, con un par de ojos negros, redondos y grandes. Es el pechiche de su madre.
María Paulina recuerda que de niña vivió en la carrera 43 con calle 79. Todo marchaba como en un cuento de hadas, hasta cuando sus padres se separaron. De todas maneras una separación no deja de ser traumática para una jovencita. “Mi papá (quien fue Magistrado del Tribunal del Atlántico durante 23 años) y yo nos fuimos a vivir con mi abuela, Priscila Araújo de Ceballos, la inolvidable ‘Mamá Lola’. Mi abuela era tía de Álvaro Araújo Noguera. Cuando él fue a estudiar a Santa Marta vivía donde mi abuela. Todo eso me lo contaba ella conmigo entre las piernas”.
El primer matrimonio
Luego de terminar su primaria, de inmediato pasó al bachillerato. Su papá quería que estudiara abogacía. Para que siguiera sus pasos. Pudo más el amor en aquella joven de 20 años, llena de sueños y apasionada. “En 1980 me enamoré perdidamente del entonces oficial de la armada Gustavo Duarte. (El matrimonio fue en la catedral de Barranquilla y el sacerdote que ofició la boda fue monseñor Luis Vargas Ripoll, tío de Fernando Cepeda Vargas, con quien se casaría dos décadas después). Yo era una jovencita. Tal vez por eso el matrimonio apenas duró cinco años. Tuvimos dos hijos: Juan David (31 años), ingeniero de sistema vinculado en un alto cargo de una multinacional, y Jorge Mario (30), quien estudió relaciones internacionales y trabaja para otra multinacional en Bogotá”.
Su padre Mario Ceballos nunca la descuidaba. Siempre estaba pendiente de ella y de sus dos hijos. Cuando se separó de Gustavo Duarte, su papá se hizo cargo de ella y de sus dos hijos. Fue como un segundo padre para ellos.
Durante 18 años ella vivió una soltería tranquila. Ayudándole a su padre en algunos menesteres en la administración de la Universidad Autónoma, institución que él, con otros tres amigos, entre ellos José ‘Pepe’ Stevenson, fundaron en 1963. “Siempre viví sola, con mis hijos, y, de vez en cuando, con mi papá que se quedaba con nosotros. Mi trabajo era ayudarle en algunos asuntos en la universidad, muchas veces allá desayunaba y almorzaba, porque la institución demandaba mucha atención”.
El segundo flechazo de Cupido
De repente se le dio por organizar eventos de belleza y colaborar con reinados. Fue cuando apareció en su vida el ganadero y modisto sabanalarguero Fernando Cepeda Vargas. Ella quedó impactada porque era un tipo guapo, de rostro fino, nariz fileña, pero sus ojos reflejaban una tristeza. Cuando se hicieron amigos, supo que aquella mirada nostálgica de Fernando no era gratuita. Era el rescoldo de un reciente secuestro dramático, durante el cual fue maltratado y humillado. En esa ocasión por poco lo asesinan por primera vez. Ella tenía entonces 36 años y él 42.
Fue amor a primera vista y el viejo Mario Ceballos Araújo volvió a emocionarse cuando apadrinó las segundas nupcias de su hija única y poco después hizo una fiesta enorme con música cubana con sus amigos porque María Paulina le iba a dar el tercer nieto, que salió nieta. María Fernanda.
Apareció la bailarina argentina
Pero no hay felicidad que dure 100 años. De repente apareció por Barranquilla una desmirriada compañía de teatro, con bailarinas que poco a poco, al compás de una melodía insinuante, se iban quitando las prendas con movimientos sensuales. Era el grupo de Pepe Bronce, un argentino carretudo que andaba del timbo al tambo. De Barranquilla siguió a Cartagena. Pero una de sus ‘estrellas’ se quedó aquí.
Algo presentía. Algo intuyó. Y, en efecto, una de esas noches durante un show en solitario conoció al magistrado Mario Ceballos Araújo. Él quedó locamente impresionado por la dama y su seductor cantadito bonaerense.
En un abrir y cerrar de ojos el respetable magistrado terminó compartiendo cobijas con la despampanante Silvia Gette Ponce. Y ella asumió con brío y decisión su papel de dama consorte, con don de mando en la Universidad.
El poder total
En la Universidad pronto empezaron a suceder cambios. Silvia Gette Ponce licitó y obtuvo un programa que ella presentaba y dirigía, ‘Risas y Lentejuelas’ (la Autónoma ya tenía un programa institucional por Telecaribe denominado ‘Caribe Alegre y Tropical’). Abrió una escuela de artes, que ella dirigía. Montó otro programa de televisión para ella. Fue entonces cuando María Paulina la encaró.
“’Bueno, ¡¿y tú qué te has creído, que puedes hacer lo que te venga en gana sin pedirle permiso a nadie?!’ Sentí que había llegado el momento fatídico. Ella empezó a sacar las uñas. Y yo saqué mi casta. La paré en seco. Pero no contaba que con ello me iba a enfrentar a mi propio padre, que era lo que yo más quería. Y eso me dolía muchísimo”.
Silvia le ripostó: “Por si no lo sabías, de aquí en adelante la que manda soy yo y a quien no le guste, ahí está la puerta de salida”.
Un ganadero amigo de Fernando Cepeda Vargas cuenta, con el compromiso de no revelar su nombre, que “aquello fue un asunto feo. Muy doloroso para María Paulina, imagínese, hija única, mimada siempre por su padre. Y de repente tenía una rival que a los pocos meses ya tenía a su servicio una red de espionaje en la Universidad, con una agencia de asistencia en seguridad y servicios (Asis)”.
Ese enfrentamiento enrareció por completo el ambiente universitario. Empezaron a divulgarse pasquines, pasacalles y grafitis.
Silvia Gette acusó a María Paulina Ceballos, a su esposo Fernando Cepeda Vargas y al vicerrector de la Uniautónoma, Antonio Vallejo Morales, de encabezar un complot para destruirla a ella. Los señaló como responsables de los pasquines y pasacalles en su contra. Los acusó de subversivos y, con los propios fondos de la universidad, contrató detectives para conseguir pruebas y testigos. El caso llegó a manos de la togada Ilba Crespo, quien ordenó capturar a los tres implicados. El caso pasó a Medellín y el expediente fue archivado por falta de sustento probatorio.
La universidad en manos de extraños
Aunque recuerda ese episodio como un fuerte trance porque acababa de ser madre de una niña, a quien todavía le daba senos, María Paulina ha dejado de llorar.
Caen las primeras sombras de la tarde del jueves, le pide al mayordomo que le sirva un whisky seco. “Estoy más tranquila, porque ahora se está haciendo justicia. Y todo se va a aclarar. Ya pedí la exhumación del cadáver de mi padre. Murió de 74 años. Estaba entero. Se cuidó en todo. No tenía enfermedades catastróficas. Cuando cayó enfermo, nadie más lo pudo ver. Nadie informaba sobre el médico que lo atendía. Solo podía entrar ella (Silvia Gette). Traté de ir a visitarlo varias veces y me lo impedían. Ni siquiera daban información sobre los resultados de los exámenes, el cuadro clínico. Nada. Todo era un misterio”.
María Paulina lamenta que, desde cuando Gette Ponce agarró las riendas de la universidad, ella jamás volvió a pisar esa institución. Y Gette alineó a todos los miembros de la sala de junta y del consejo directivo en su contra.
“‘El que no esté conmigo, que salga por esa puerta’, gritaba con voz temeraria”, dice uno de los últimos abogados leales a Mario Ceballos.
La misma fuente asegura que hoy todos los miembros de la sala de junta y del consejo directivo son serviles. No la contradicen en nada. El abogado asegura que se ha sabido que el actual Rector, Ramses Vargas Lamadrid, hijo de uno de los veteranos miembros directivos de la universidad, Eduardo Vargas Osorio, fue varias veces a la cárcel en busca del visto bueno de Gette para asumir el cargo.
“Seguramente – dice María Paula Ceballos, ahora com Rector, Ramsés Vargas se ha dado cuenta de todas las barbaridades que se estaban haciendo ahí, se aterró y empezó a hacer correctivos. A lo mejor es un buen muchacho, si se decidió a enfrentar el problema”.
El padre de Ramsés Vargas entró en 1974 de docente y pasó al área administrativa en 1979, lo mismo que Tamid Turbay.
“En realidad da tristeza que la universidad hoy esté en manos de extraños. Mi papá fue quien la fundó. Pero Silvia Gette llegó y cambió los estatutos. Era una entidad sin ánimo de lucro y ella la convirtió en una fuente inagotable de riqueza. Para ella y su parentela. Y pensar que llegó con una mano adelante y la otra atrás. ¿De dónde se convirtió de la noche a la mañana en multimillonaria?”.
Luz al final del túnel
María Paulina reacciona y cambia de pensamiento. “A mí lo que me interesa es que se esclarezcan los asesinatos de Fernando y de mi papá. Ya están declarando la verdad los involucrados”.
Cree mucho en su abogado, el consagrado penalista Abelardo De la Espriella. Está pensando en traer médicos de Miami, expertos en exhumación de cadáveres, médicos forenses para que realicen un dictamen que no admita duda.
Con una sonrisa socarrona recuerda que, en los días en que se dieron las declaraciones culpando a Gette del homicidio de Cepeda Vargas, numerosos abogados fueron a ofrecerle sus servicios con las propuestas más insólitas. Uno le dijo que le entregaba cuatro carros último modelo y que le dejara el caso a él, sin pagarle cinco centavos, ganara o perdiera el pleito. Otro le propuso que de ese negocio podrían sacársele a Gette y su combo unos 10 mil millones de pesos. De esa plata $2 mil millones eran para el abogado y $8 mil para María Paulina. Ella no aceptó ninguna de esas propuestas. Porque lo único que le interesaba era que se hiciera justicia.
Hasta cuando apareció De la Espriella. “Me pareció un muchacho serio. Y mire que no me equivoqué. Lo que no hizo ningún abogado en 10 años lo logró él en nueve meses”.
Recuerda que en la primera conversación con el abogado Abelardo De la Espriella, tras escucharla, le dijo con mucha seguridad: “este caso es mío. No te preocupes, que yo este caso lo voy a ganar”.
Pero María Paulina no está tranquila del todo, a pesar de que la investigación se ha esclarecido. Con el segundo whisky María Paulina no puede aguantar las lágrimas. “Fueron dos golpes en menos de dos meses, que acabaron con mi vida. El 22 de agosto de 2003 me matan a Fernando y el 25 octubre de ese mismo año muere mi papá de una muerte extraña que me hizo recordar a aquel emperador romano, Augusto César, envenenado por su esposa de la manera más sencilla e insospechable: como al emperador le gustaban bastante los higos frescos que él mismo arrancaba del huerto, ella le inyectaba el veneno a los higos que iban madurando. Así lo fue envenenando lentamente. Yo sufrí mucho esas dos muertes. Tenía dolor de madre, de hija, de esposa en mi alma. Para nosotros nunca más hubo una navidad, un día del padre, todo eso se acabó para nosotros”.













