Anti-entrevista con uno de los más destacados escritores latinoamericanos de la actualidad.
Por Luisa Samper Cadavid
Cubrimiento especial del Carnaval de las Artes, alianza Periódico El Punto y La Cháchara
Frank Báez habla comiéndose algunas letras y con un tumbao’ casi melódico, así como que narra uno de sus poemas. Si lo miras fijamente mientras conversan hasta le puedes contar los dientes que tiene en la boca. Va con frescas camisas de botones, los primeros los usa abiertos, y esto combinado con el sonido del agua de la piscina, el Joe Arroyo muy muy atrás y un imprudente rayito de sol en la cara hasta te puede transportar. Y es que la imprudencia del sol es lo de menos cuando se habla con el hijo de la antipoesía.
Noche de viernes de salsa rosada
Lo encuentro el viernes fascinándose con Hansel y Raúl; a su lado, un amigo mío que casualmente le está presentando a todos y, como si fuese una fila, me presenta a mí también. Estando frente a frente tuve que mirar hacia arriba. “Si eres amiga de éste, eres hermana mía”, y le alcanzo a contar 16 dientes, contagiada también le sonrío. Rápidamente le presento mi idea y… ¿18? ¿19? Ya ni sé. Me despido teniendo su número en mis contactos y en mis manos la promesa de que el domingo nos veremos en La Cueva.
Mañana de domingo en La Cueva
Estoy temprano en el lugar, tengo otras cosas que hacer antes. Salgo buscando comida y oxígeno y allí está él: de brazos cruzados, piernas estiradas y sentado en una de las sillas de plástico mirando la pantalla con cierta concentración. Me ve y nos saludamos. Está esperando porque aún no sabe cómo van a acomodar a los músicos en el escenario, es que ahora quiere fusionar la poesía (o antipoesía) y la música. Le recuerdo la cita, pero por el escaso tiempo me invita al hotel donde se hospeda, porque “allá van a estar los muchachos y podemos hablar mejor”. ¿2? ¿3? Dos y media está bien.
Llega la hora de su presentación y lo único que alcanzo a vislumbrar es una gran cantidad de gente entrando, más de cincuenta personas. Frank ya está sentado y al final sí pudieron instalar a los músicos. Me quedo afuera y observo atentamente. Como lo prometido es deuda, Son de la Cueva le armoniza los versos a Frank (que ya de por sí vienen armonizados) y el poeta Miguel Iriarte le pregunta acerca de cada poema porque definitivamente manejamos “la reflexión como espectáculo”. Aunque con Frank no sabes cuál es el verdadero espectáculo porque el simple hecho de oírlo hablar de tijeras como pájaros sobre la cabeza de su padre que aletean y esbozan un canto fúnebre y de muerte, o de cómo él se despierta entre la incertidumbre de ser DJ o poeta, ya es un total espectáculo.

Frank Báez conversa con Miguel Iriarte – Foto cortesía M7 Producción y Logística de Eventos
Tarde de domingo en la piscina
En la recepción me preguntan que a quién voy a ver y lo primero que veo es a Frank, me saluda y lo saludo, he perdido la cuenta de los dientes ya, imagino deben de ser 32. Caminamos y me pregunta mirando desde unas escalerillas que dónde me quiero sentar, me pongo a su lado y trato de ver lo que ve. “Donde te sientas cómodo”. Baja las escalerillas y voy tras él, mira las sillas al lado de la piscina. “Aquí está bien”. Nos sentamos y empezamos a hablar. Como alumna y maestro, quizá casi como amigos, Frank me empieza a contar su vida por medio de las preguntas que le hago. Se detiene en ciertas palabras y sabe de lo que habla, como quien tiene ya experiencia en lo que hace. Y entonces ahí sé que Frank Báez no es Frank Báez sin su biblioteca, y también que cuando las cosas no le salen, pues las deja “en remojo” y más tarde vuelve a ellas con otra perspectiva. Mira a la piscina como acordándose de República Dominicana, del sol y del mar. ¡Ay, qué bello es Santo Domingo!
¿Cómo puede Frank ver poesía en la cotidianidad? Los magos tienen ases bajo la manga y Frank Báez tiene misterio. Y es que nunca sabes con qué locura va a salir, pero como si fuese poco tampoco sabes cómo te va a hacer sentir. Vas a llorar, pero al final te vas a querer reír… ¿Sabes por qué? Porque te vas a identificar, y es imposible que no. ¿Pero dónde está el misterio? Ahora viene lo bueno, porque tampoco vas a saber qué te hizo llorar y que te hizo reír; sólo vas a querer hacerlo, y ese es el fenómeno que causa Báez. Frank deja de tratar de rozar lo divino y escarba lo cotidiano. Abre su ventana y mira lo que hay. Puede ser la ventana de su casa, o la ventana de su alma. Incluso un poco de ambas. Y aquí entra la antipoesía.
De la Antipoesía con A mayúscula
La antipoesía tomó forma cuando Nicanor Parra quiso dársela. Atreviéndose a contrariar muchas concepciones divinizantes de la época reflejadas en la poesía. Definía la antipoesía, entre muchas otras cosas, como la antítesis de la poesía clásica con sus orígenes en la Antigua Grecia, la misma que busca divinizar las situaciones y se alejaba de lo humano y del ser mismo. Incluso, la sociedad del siglo XXI aún tiene arraigada esta idea donde la poesía sólo puede ser contada en verso, con rimas y desde el ojo de lo celestial. Sin embargo, Parra, el Padre, nos regaló esta idea donde finalmente ya todo se vuelve digno de poesía y cualquiera con el don puede escribir de ello.
“No creemos en ninfas ni tritones. La poesía tiene que ser esto: Una muchacha rodeada de espigas O no ser absolutamente nada”. Ese es el mensaje de Nicanor, el Padre de la Antipoesía. Y como todo buen hijo, Frank no se aleja del Padre, sino que se reinventa en ello rechazando lo divino, volviéndose al padre perdido por última vez en la barbería, a Jesús y sus doce apóstoles con cigarros y toda la comitiva que vino antes, o a un travesti dominicano que sueña con ser la Marylin Monroe de Santodomingo.
Todavía guardo una frase que fiel a la irreverente Antipoesía, Frank me dice:
“Yo escribo de lo que me dé mi gana”.
Y qué satisfacción al decirlo.











