Por Jorge Guebely
La vida es para vivirla, no para dilapidarla en una hilera de condenados por la burocracia. Esa «maquinaria gigantesca manejada por pigmeos», según Balzac.
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Hay que tener corazón de hierro para ver a pacientes de todas las edades esperando atención hospitalaria.[/caption]
Detestables las infames colas de cualquier EPS. He visto morir personas esperando la autorización para un medicamento no incluido en el Pos. Gente que se levanta a media noche con la esperanza de un turno de los cincuentas por días. En comparación, el infierno de Dante resulta una delicada anécdota literaria.
No construyen paz esas instituciones, sólo desmejoran la salud de sus afiliados mientras sus propietarios fortalecen cínicamente sus finanzas. Sólo promueven las guerras nacionales. Sus atrocidades, avaladas por los gobiernos, resultan más letales y frecuentes que las de las guerrillas.
¿Y las de los bancos?
Indignan las filas de los bancos. Detestables porque en ellas se evidencia la mezquindad infinita de los banqueros. Ningún respeto por el tiempo de sus clientes. Usufructúan el negocio más rentable sobre las necesidades, reales o ficticias, de la gente. La avaricia les impide un buen servicio. Sus empleados, generalmente mal pagos, pero bien vestidos, escasean en las ventanillas promoviendo largas esperas por donde se diluye la existencia. Ninguna sensibilidad humana se espera de un banquero, pero se le debiera controlar tanto ensañamiento civilizado contra los ciudadanos.
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No hay cosa que decepciones más con el Estado que la inmovilidad que genera la burocracia.[/caption]
Aborrecibles las filas de las oficinas públicas. Hasta el mismo Mussolini las veía como estrategia para ‘aplastar el espíritu’. Aberrante el trabajo de muchos funcionarios que llevan en la mirada el sello de ‘lagarto’. Oscilan entre el indignante agradecimiento con su jefe político y la voracidad de cobrar prebendas para cumplir con su deber. Son los primeros rostros de un Estado colapsado.
En realidad, vivimos un Estado colapsado. No es liberal ni conservador, simplemente es un simulacro de los dos. Aquí casi nada funciona bien. Mucho menos la clase política que oscila entre la corrupción, la inanidad y la fiebre electoral. Origen de los males administrativos. Nadie controla las entidades públicas o privadas. Ni siquiera las encargadas de hacerlo por estar infectadas de política.
Un verdadero Estado, aún liberal, no permitiría tanta vejación con sus ciudadanos. Basta mirar uno para darse cuenta de que esas filas infernales no existen. Basta sentir la erosión humana en las oficinas, públicas o privadas, para concluir que el simulacro ha sido nuestra bandera nacional. Ningún respeto por la dignidad de las personas. Por eso somos presas fáciles de las infértiles filas infernales de cada día.
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