La construcción de cualquier paz exige, a las élites del país, más sinceridad y menos discurso político. No sirve el matoneo lingüístico o militar contra quienes claman justicia. Opinión del profesor Jorge Guebely.
Por Jorge Guebely
Acallar voces con armas y epítetos es fácil y no oculta los orígenes de la guerra. La sinceridad les permitiría aceptar que más del 80% de colombianos somos víctimas de un Estado inoperante. Imposible la paz en donde conviven cómodamente el político inmoral con el magistrado corrupto, el banquero voraz con la multinacional insaciable, la injusticia social con la humillante iniquidad.
Pareciera que todos estamos obligados a ser inmorales. No es posible la paz con desempleo o empleo mediocre, con extorsión urbana y asesinatos callejeros, con elevados salarios de congresistas y magistrados frente a ejércitos de desocupados. Vivimos la apoteosis permanente de un país colapsado que se sostiene en pie por los capitales internacionales y la carencia de una alternativa creíble. Víctimas somos casi todos, incluyendo las Farc que optaron el horrendo mecanismo de victimizar porque fueron victimizados. Aterradora dinámica de la venganza.
Con sinceridad, la aristocracia criolla prescindiría del discurso falaz y optarían por la sensatez. Ridículo pedirle a las Farc su rendición si no la han vencido militarmente, el abandono de su terrorífica guerra si decidieron negociar en el conflicto, la dejación de las armas si los están bombardeando. Inmoral sentirse patriótico cuando ‘dan de baja’ a un guerrillero y molesto cuando secuestran a un general. Ruin pontificar en pro o en contra de la guerra cuando usufructúan sus dividendos políticos y económicos. El inmoral maniqueísmo de buenos y malos no existe en las confrontaciones bélicas porque ellas son el producto de la estupidez generalizada. Su persistencia la debemos a una mezquina y miope aristocracia criolla.
Con sinceridad y honestidad, las élites colombianas y sus áulicos reconocerían, en los diálogos de paz, una negociación para exigir y también para dar. Es mucho lo que deben dar y poco lo que deben pedir. Lo que las Farc reclaman con balas, los ciudadanos comunes lo hacen con votos y tampoco lo consiguen. No es terrorismo pedir productividad en tantos latifundios improductivos, ni considerar la vida como un derecho inalienable, ni pedir educación de calidad, ni anhelar una paz con justicia social, ni aspirar a una salud más humana… Con sinceridad, la retórica vería su fin. Al proceso de paz le falta mucha honestidad y menos política porque en política hay excesos de perfidia y escasez de sinceridad. La doble moral es lo que más indigna en el simulacro estatal.













