Por: Francisco Figueroa Turcios
Desde 2 de marzo 2019, Edgardo Bauza enfrenta el rival más silencioso y despiadado de todos: el alzhéimer.
A los 68 años, el jugador que alguna vez impuso respeto en las áreas rivales, hoy libra una batalla distinta, lejos de los estadios y del estruendo de la tribuna.
El ‘Patón’ Bauza, aquel zaguero férreo que parecía anticiparse a cada delantero, ahora vive en un territorio donde las palabras se desvanecen y los recuerdos se fragmentan.
La guardiana de la memoria

Maritza Gallardo custodia cada paso de su esposo con la misma firmeza con la que él vigilaba a los atacantes contrarios cuando él jugaba en el Junior, Rosario Central, Independiente y en Veracruz, de México.
La escena conmueve: ya no se comunican verbalmente, pero los ojos de Bauza brillan cuando se cruzan con los de su familia. Hay un lenguaje que el alzhéimer no ha podido arrebatar: el de la emoción.
Él, que organizaba defensas y levantaba la voz en la zaga, hoy se limita a contemplar a su núcleo familiar. En ese silencio hay dolor, pero también una ternura profunda. El amor, a veces, habla mejor sin palabras.
El sueño pendiente: dirigir al Junior

A Bauza lo sorprendió la enfermedad cuando aún guardaba un anhelo intacto: dirigir al Junior de Barranquilla.
Siempre fue su sueño regresar a Barranquilla, esta vez como entrenador. Entre 1983 y 1985 defendió la camiseta rojiblanca con jerarquía. En aquellas temporadas dejó huella no solo por su solvencia defensiva, sino por su sorprendente capacidad goleadora para un zaguero central.
Siempre mantuvimos contacto: construimos una amistad desde el año 1983, cuando Bauza jugó en Junior y yo laboraba en Diario del Caribe. En reiteradas oportunidades me confesó que no perdía la esperanza de regresar a Barranquilla, esta vez en calidad de Técnico de Junior. Recordemos que ´El Patón´ Bauza, jugó en Junior entre 1983 y 1985. Desde hacían ocho años, me causaba curiosidad que no me respondía los mensajes. El alzhéimer ya había hecho mella en él..
El estratega de las hazañas eternas

Como entrenador, Bauza escribió páginas doradas en el continente. Con la Liga Deportiva Universitaria de Quito conquistó la histórica Copa Libertadores en 2008 —la única del club— y levantó la Recopa Sudamericana en 2010.
En 2014 llevó a San Lorenzo de Almagro a ganar su primera Libertadores, una hazaña que lo consagró como uno de los técnicos más influyentes del fútbol sudamericano.
También dirigió a Rosario Central y dejó su impronta en el fútbol mexicano con el Club Veracruz. Pero entre todos sus sueños, había uno que seguía latiendo: hacer historia con Junior. El destino, sin embargo, decidió otra cosa.
El defensa que también era goleador

Bauza está entre los mejores zagueros centrales que han pasado por Junior. Javier Castell lo define con precisión: no solo era un gran tiempista que compensaba su falta de velocidad física con inteligencia táctica, sino que exprimía su estatura y su poderoso cabezazo para anotar una cifra sorprendente de goles. Un defensa goleador. Un líder natural que ordenaba desde el fondo.
Pedro Blanco confesó que la noticia de su enfermedad le partió el corazón en mil pedazos. William Knight, por su parte, elevó una invitación a la oración colectiva, confiando en que la ciencia y la fe puedan mejorar su calidad de vida.
La noticia entristeció a quienes compartieron camerino con él entre 1983 y 1985. No era solo un futbolista; era un referente dentro y fuera de la cancha.
El ‘Patón’ Bauza reconoció que los mejores momentos de su carrera futbolística los vivió en Colombia con el Junior. » Mis mejores años de fútbol fueron en el Junior porque había un excelentes equipo y realizamos buenas campañas (Carlos Babington, Daniel Carnevalli, Omar Alfredo Galvan, Carlos Ischia, Roberto Gasparini, Dulio Miranda, Alexis Mendoza, Fernando Fiorillo, Didi Valderrama, Juan Carlos Abello y Javier Castell)», enfatizó en su momento El Patón Bauza
El partido más importante

Edgardo Bauza disputa el encuentro más difícil de su existencia. No hay estadio lleno ni transmisión radial. No hay trofeos ni vueltas olímpicas. Hay silencios largos, miradas profundas y abrazos que sostienen.
El ‘Patón’ que supo anticiparse a los delanteros ahora enfrenta un adversario invisible que no se marca con la pierna fuerte ni se neutraliza con un cabezazo salvador.
Pero si algo enseñó Bauza en su carrera fue a no rendirse jamás. Y aunque el alzhéimer intente borrar los recuerdos, hay algo que permanece intacto: la huella imborrable que dejó en el fútbol y en el corazón de quienes lo vieron defender, liderar y soñar.
Porque hay partidos que no se ganan con goles, sino con dignidad.
Hoy, Edgardo Bauza no ordena la línea de cuatro ni levanta los brazos para marcar el fuera de lugar. Hoy su equipo es otro. Es íntimo. Es pequeño. Es invencible.

En la tribuna de su vida no hay cánticos multitudinarios, pero sí una hinchada irreductible: su esposa, sus hijos, sus afectos más cercanos. Ellos lo rodean como antes él rodeaba a sus compañeros para ajustar marcas y sostener el resultado. Ahora son ellos quienes le hablan al oído, quienes le toman la mano, quienes lo abrazan cuando el silencio se hace más espeso.
El ‘Patón’ fue líder desde el fondo, guía táctico, voz de mando. Supo proteger arcos y sostener equipos enteros en momentos de tormenta. Hoy es su familia la que defiende su memoria, la que resguarda su dignidad, la que se convierte en muralla frente al avance implacable del alzhéimer.
Porque si algo nos enseña esta historia es que ningún ser humano debería jugar solo el partido más difícil de su existencia.
El fútbol le dio gloria, trofeos y noches eternas. Pero es el amor —ese que no entiende de títulos ni estadísticas— el que hoy marca la diferencia. El acompañamiento familiar se vuelve estrategia, contención, abrazo táctico. Se vuelve resistencia.
Y aunque la memoria se nuble, aunque las palabras se pierdan en el aire, queda lo esencial: la presencia. La mano que no se suelta. La mirada que reconoce. El cariño que no necesita explicación.
Porque hay victorias que no aparecen en los libros de historia, pero que sostienen al mundo en silencio.
Y en ese partido, el ‘Patón’ no está solo.











