
Ricardo ´Mochuelo´Torres
– “Alístense vamos a comprar un balón”- fueron las palabras de Pedro Miguel Morales a dos niños de diez años, hace mucho tiempo en las polvorientas calles de Magangué. – “Yo salí entusiasmado porque al fin iba a tener mi primer balón”- relata el mochuelo. Cuando los dos infantes llegaron al sitio indicado, en lugar de balón, un puñado de niños como ellos corrían alrededor de un cuadrilátero; otros le pegaban enloquecidos golpes a enormes sacos de lona. “Esa primera imagen me deslumbró para siempre” El ojo clínico y el olfato de tiburón del entrenador Manuel Vargas se posó sobre el asustadizo niño que solo quería que le compraran un balón. Desde ese día jamás quiso quitarse los guantes porque quería ser grande…
Campeón del mundo. Comenzaba el año de 1978 y la fiebre del futbol hervía por todos los rincones del ¿planeta. A miles de kilómetros de distancia de Magangué en la Argentina de Borges un joven lloraba desconsolado porque no fue convocado para hacer parte de la selección albiceleste. Carlos salvador Bilardo le había apostado a la experiencia de Burruchaga, descartando a un chico poco conocido al que le apodaban el “pelusa” Maradona. Lo mismo le pasó al mochuelo Torres con escasos trece años de edad fue descartado para ir al campeonato nacional de boxeo. “Ese día fue muy duro para mí, lloré toda una noche” recuerda con nostalgia el “mochuelo”. Era cuestión de esperar, el trono estaba, solo faltaba el rey y el rey llegó… mira a su hermano que ha cambiado el canal de televisión y escucha extasiado “I Like It”, de tito Nieves. Los gallos de pelea, satisfechos se
acicalan las pocas plumas que le quedan sobre la rojiza piel.
Se escucha por potentes altavoces la voz en english de un hombre vestido de manera ridícula parecido a un pingüino anunciando la velada de esa noche. Afuera los copos de nieve caen perpetuamente, el coliseo de las Vegas Nevada, la ciudad que nunca duerme hierve, miles de voces corean a Mike Arnautis el campeón del mundo, la algarabía es semejante al rugido de un monstruo enfurecido. Las apuestas están diez contra uno en contra del mochuelo. La noche cae, en un pequeño camerino de 4x 4 parecido al de un gran artista. El entrenador, hombre macilento hace las veces de un embalsamador egipcio, le envuelve con una venda blanca las manos a su pupilo que en silencio ya no escucha las palabras de aliento de su maestro, porque tiene grabado en su mente el cinturón dorado de las 140. A esa hora en un pequeño rancho de tabla en la calurosa Magangué doña Rosa María Tafur rezaba por su hijo. Y ese hijo también se arrodillaba antes de salir al enloquecido coliseo de nevada. Suena la campana… Fue una batalla pactada a doce asaltos, al final, el pingüino le alzó el brazo derecho al hijo de la niña Rosa María declarándolo campeón mundial súper ligero por unanimidad.
Los cables de televisión, internet, radio, vomitaron la información que en las 140 libras había un nuevo monarca. Después del combate vio pasar en la distancia al venerado Don King con la nieve de los años sobre sus eléctricos cabellos, convertido en una especie de figura totémica para cualquier boxeador, el rey midas del boxeo que todo lo que tocaba lo convertía en oro. – ¿Qué sensación tuviste al verlo? – “Algo raro que no se definir” puntualizó el hijo
de Magangué. Que ahora observa a la improvisada manicurista de la enorme raíz cambiar el dial en la chicharra.
– ¿Que sientes en un momento de esos, en tierra extraña, con el público en contra? Fue mi pregunta. Esbozóunasonrisa:““sesiente unpocodenervios”,“danganasde ir albañoa cada rato” la ansiedad es mucha” pero cuando tienes el público en contra, te haces sentir más grande” remata el hijo de Pedro Miguel Morales.
Las vegas EEUU. Donde siempre es de día, en sus calles se ven celebridades del cine, televisión, Magnates, despampanantes rubias saliendo de lujosas limusinas, Todas esa pléyades de famosos y anónimos que parasitan en los casinos. Ahí puso los pies el humilde niño de Magangué y dijo: – “ahora quien me va a decir que no estuve en las vegas”-. Miraba extasiado las enloquecidas y eternas luces de neón, pensó en aquel televisor a blanco y negro donde miraba con sus hermanos la guerra de las galaxias.
Sobre un improvisado cuadrilátero un par de boxeadores aficionados intercambian golpes, sus brazos parecen demoledoras aspas de molinos. En una silla, mochuelo torres los observa, una lágrima le corre por su atezada mejilla. Fue uno de los momentos más doloroso de su vida.
Una delicada operación al menisco izquierdo lo deja por fuera del rin 8 meses. “Pensé que mi carrera se acababa”” hoy gracias a Dios todo salió bien” En aquellos tiempos en Sincelejo en una improvisada lona se reunía un entrenador con varios muchachos al que les colocaba un apodo. – “a memin Julio porque había sido gamincito”- al pegoño Mendoza porque tenía dos dedos del pie pegados. Cuando irrumpió Ricardo Torres el entrenador lo quedó mirando y preguntó: -¿a este como le llamamos?- Memin respondió: llamémoslo “el mocho”. Lo dijo porque el dedo índice derecho de Ricardo torres se lo había cortado y tragado una iguana en una de esas cacerías furtivas. Llamémoslo el mochuelo porque viene de mocho – mochuelo.
Sentenció el pegoño Mendoza. Ricardo levantó lo que quedaba de su pulgar y remató: llámeme “el mochuelo” porque voy a volar muy alto. Y así quedó para siempre. El mochuelo Torres. Va terminando la entrevista con el ex campeón y su hermano el “canario” que siguió sus pasos me muestra un jab de izquierda. Por su teléfono suena la cavernosa voz de su apoderado para saber cómo andaba su pupilo.
– ¿A qué boxeador admira más?:- fue mi pregunta-.
– Su respuesta después de un largo silencio sonó de aquí a Méjico, – a Oscar de la hoya-.
Ubaldo Manuel Díaz,*sacerdote. Premio nacional de cuento y poesía ciudad Floridablanca.
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